Morena por el sol de la alegría, mirada por la luz de la promesa, jardín donde la sangre vuela y pesa; inmaculada Tú, Virgen María!
¿Qué arroyo te ha enseñado la armonía de tu paso sencillo, qué sorpresa de vuelo arrepentido y nieve ilesa, junta tus manos en el alba fría?
¿Qué viento turba el momento y lo conmueve?
Canta su gozo el alba desposada, calma su angustia el mar, antiguo y bueno. La Virgen, a mirarle no se atreve, y el vuelo de su voz arrodillada canta al Señor, que llora sobre el heno.
Venid, alba, venid; ved el lucero de miel, casi morena, que trasmana un rubor silencioso de milgrana en copa de granado placentero. La frente como sal en el estero, la mano amiga como luz cercana, y el labio en que despunta la mañana con sonrisa de almendro tempranero.
¡Venid, alba, venid; y el mundo sea heno que cobra resplandor y brío en su mirar de alondra transparente, aurora donde el cielo se recrea! ¡Aurora Tú, que fuiste como un río, y Dios puso la mano en la corriente!
De cómo estaba la luz, ensimismada
en su creador, cuando los hombres le adoraron, el sueño como un pájaro crecía de luz a luz borrando la mirada; tranquila y por los ángeles llevada, la nieve entre las alas descendía.
El cielo deshojaba su alegría, mira la luz el niño, ensimismada, con la tímida sangre desatada del corazón, la Virgen sonreía.
Cuando ven los pastores su ventura, ya era un dosel el vuelo innumerable sobre el testuz del toro soñoliento; y perdieron sus ojos la hermosura, sintiendo, entre lo cierto y lo inefable, la luz del corazón sin movimiento.