"¡A mi no me toca!" Seguramente esta salida esquiva nos sacudió en alguna oportunidad. Y para no dar más vueltas ¿qué les parece si utilizamos una fábula para referirnos al tema?
Dice la fábula africana, que un día un gato vio a un ratón merodeando por la casa. Verlo y perseguirlo fue todo uno. El dueño del hogar dormía plácidamente la siesta. El ratón hambriento y alterado, en vez de buscar refugio, le hizo frente al felino, valiéndose de varias escaramuzas. En medio de este batuque interviene el perro, tratando de calmar a los contendientes, pero no lo consiguió.
Entonces decidió pedir ayuda a los demás moradores del corral. Se dirigió al gallo, y éste le respondió: - A mí me echan cada vez que entro allí, que se arreglen ellos.
Entonces pidió auxilio al caballo. Este le dijo: - No salgo nunca de aquí y no seré yo quien entre en una casa a separar a dos locos.
El perro se entrevistó con el chivo, quien fríamente le replicó: - Yo estoy en esta zona y no pienso meterme en lo que pase fuera de aquí.
El perro salió del patio, se metió en el potrero y jadeando se dirigió al buey que le respondió: - Yo nunca me metí en el patio, así que no veo motivo para ir ahora, con tanta calor.
El perro, afligido y desilusionado, regresó a la casa; la lucha violenta continuaba entre corridas y zigzag. Lo más grave aparecía ante sus ojos: el dueño respiraba moribundo en la cama; un jarrón de adorno le había caído sobre la cabeza, consecuencias de la riña descomunal. Decidido, el perro corrió al ratón, que buscó refugio en los matorrales y el gato trepó a un árbol.
A la mañana siguiente se organizaron los funerales, y lo primero que hicieron fue avisar al jefe del poblado. Pero, como no se puede llegar hasta él con las manos vacías, tomaron al gallo y se lo ofrecieron como regalo. El perro quedó muy afectado al ver al gallo cabeza abajo y escuchar que éste le decía: - Todo esto por culpa del gato y ese ratón hambriento. - Si me hubieras ayudado -repuso el perro-, no estaríamos viviendo esta aflicción.
Luego, hubo que avisar a la gente que vivía lejos y dieron el caballo a un joven para cumplir con esta tarea, que por los nervios y el apuro, casi lo muele a golpes. La costumbre exige que se mate un chivo cuando muere un jefe de familia, y esta vez corrió esa suerte el animalito que se había quedado pastando tranquilamente, desentendiéndose del problema.
Es tradición celebrar con cánticos y comida, regada con vino de palmera, los funerales por un jefe de familia, y le tocó el turno al buey, que fue sacrificado.
Hasta aquí la fábula africana, con su consabida moraleja: cuando alguien con sus medios y presencia puede remediar problemas de otros y no lo hace, tarde o temprano su egoísmo se volverá contra él.
Concluimos la reflexión de hoy con un consejo que San Pedro dicta en una de sus cartas: "Tengan todos ustedes un mismo sentir; compartan las preocupaciones de los demás con amor fraternal, sean compasivos y humildes" (1 Pedro 3,8). Como exclama el Abbé Pierre: "Que los que tienen hambre, tengan pan y los que tienen pan, sientan hambre y sed de justicia y de amor".
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