¿Te gusta competir? ¿Te gusta saborear la victoria? En el mundo actual, normalmente, estamos compitiendo y no siempre alcanzamos nuestros objetivos, pero necesitamos seguir adelante. Espiritualmente, no tenemos oportunidad de ganar la batalla con nuestros propios esfuerzos. Somos muy débiles y no triunfaremos jamás. Dios, sabiendo de esto, providenció la victoria. Él envió un “súper atleta” – Jesucristo. Él venció a la muerte al resucitar en el domingo y promete que todo el que confía en él no morirá, sino que vivirá eternamente. Confía en Él. Él no fracasó. Él venció a la muerte. Él es nuestra victoria. Amén.
Oremos: Amado Dios, gracias por la victoria que me das por medio de Jesús. Ayúdame a vivir diariamente con la certeza de que en Cristo yo soy más que vencedor. Amén.
“Tú, Señor, eres quien salva; ¡bendice, pues, a tu pueblo!” (Salmos 3:8)