Cuando nos colocamos ante un espejo y vemos nuestra imagen reflejada en él, podemos aceptarla o no. Quizás nos gustaría ser más altos, o más delgados. Quizás deseáramos tener un temperamento más fuerte o tener la virtud de callar a tiempo.
Esos deseos no importan, siempre que aceptemos que ser bajitos tiene sus ventajas o que nuestro genio es así y lo máximo que podemos hacer es tratar de controlarlo.