El amor es una experiencia casi mística.
Tan antigua y generalizada que el 87 por ciento de las 168 variadas
sociedades que pueblan nuestro planeta, se enamora con la misma
pasión e igual romanticismo.
Reproducirse es el objetivo básico de todo ser vivo.
Primero fue la atracción instintiva y animal para garantizar la cópula
y la reproducción. El ser humano le agregó sentimientos,
cultura, pero sin perder su motivación primitiva.
Para ello, la naturaleza teje sus redes y garantiza que dos
-aquellos más compatibles- se encuentren.
Y que el deseo los lleve a estar juntos y a amarse.
¿Por qué con uno sí y no con el otro?
¿Qué misteriosa fuerza nos empuja a los brazos de Pedro
y no a los de Juan, que parece igualmente deseable?
Según John Money -reconocido estudioso de las conductas amorosas-,
lo que motiva a los enamorados a elegirse está grabado
en su "mapa amoroso": un identikit de códigos cerebrales
que determinan qué aspectos de la persona enamoran a cada uno.
Estos aspectos no son sólo recuerdos tangibles;
también quedan en la memoria experiencias vividas o imaginadas.
Alrededor de los ocho años el patrón de nuestra pareja ideal
ya ha comenzado a formarse en nuestro cerebro.
Y la madre -nuestro primer amor- es un modelo esencial
que nos invita a repetirlo en la adultez.
Si ella es dulce y proveedora, buscaremos esas características
al crecer y enamorarnos.
Así como las características maternas modelan qué nos atraerá
de la otra persona, es el padre quien más influenciará en cómo
nos relacionamos con el sexo opuesto.
Y así vamos construyendo un mapa con los vínculos que nos rodean:
la relación amorosa de nuestros padres entre sí y con nosotros.
Sus características amorosas, variados momentos
de nuestra historia personal,
forman un molde que se consolida en la adolescencia.
Un mapa amoroso del que tenemos una conciencia relativa.
Cuando nos encontramos con la persona que encaja en ese molde -por sus características físicas, su personalidad, o por alguna
circunstancia que ni alcanzamos a definir
- se disparan aquellos sentimientos intensos y esa persona
se adueña de nuestro corazón y de nuestra mente.
Además de los mapas del amor, factores más visibles
-como coincidencias ideológicas, socioeconómicas, credos,
rasgos de personalidad, familiaridad de costumbres-,
influyen en la elección de la persona que nos enamora.
Tal parecería que elegimos a un igual para formar nuestra pareja.
¿Acaso no existen parejas desiguales?
Absolutamente sí. Según Robert Winch, experto sociólogo
de Northwestern University, también se atraen aquellas personas
que se complementan.
El hablador buscará alguien silencioso, que escuche;
el de personalidad agresiva, alguien pasivo.
El balance entre semejanzas y diferencias es también la clave
de un sólido y perdurable romance.
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