MELANCOLÍA
¡Ah…, melancolía…!, tu delicadeza -con algo de duende… y algo de tristeza-, tiene la apariencia de una ensoñación que anda de puntillas por el corazón…
¿Sabes tú, mi amigo, por qué ella prefiere, para visitarte, los atardeceres…? ¡Porque tus afanes se vuelven minúsculos en la mortecina luz de los crepúsculos!
Y en ese momento de excelsa belleza, cuando hace una pausa la naturaleza…, y tú te recoges… y frenas tus pasos…, ¡ella suavemente te mece en sus brazos…!
Aunque también suele surgir, fantasmal, entre la hojarasca de un cielo otoñal…, pero sobre todo, se aparece, leve, en aquellas tardes en que llueve… y llueve…
Entonces te envuelve con su dulce manto… ¡y hasta algunas veces te sume en el llanto!, porque de repente, casi sin querer, ¡recuerdas los sueños que no habrán de ser…!
Y tu alma se escapa tras de lo infinito buscando el aroma de un jazmín marchito… ¡Más yo te conozco bien, melancolía!, y sé que no eres ni gris… ni sombría…
Y que estás tejida toda de añoranzas…, de nostalgias tenues… y de remembranzas de esas dimensiones bellas como el cielo…, ¡esas que se esconden por detrás del velo!
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