Ya solo me queda apuntalar los vértices que definen las partes más importantes de aquello que no me atrevo a ver como algo que un día podría tener sentido, pero que hoy a duras penas me permite asomarme sin miedo a que se derrumbe si mis manos simplemente quieren sentir una vez más que, una fría tarde, no es solo lo que precede a una fría noche. Parece mentira que no me tenga aprendida la lección. Si solo con mirar un poco puedo empezar a intuir las grietas abriéndose camino por esta piel que no se que esconde, y a veces, como si fuera nuevo en esto, me lo pregunto. Las respuestas, las únicas que conozco, están ahora mismo pasando por delante de mí, aunque realmente son preguntas. En un nombre que no lo es, en una voz que es solo una posibilidad, en una mirada que es un absoluto misterio, en una serie de dudas que me formulo con la misma inocencia que el niño de esas fotografías que hacia tanto tiempo que no veía y que juguetea con un globo de un color imposible.
Hace tanto que no lo abro, que ignoro si tengo barrotes aquí, en este balcón cerrado, que puedan servirme de recordatorio acerca de lo que significa la palabra confianza. De la medida exacta de pasos que se pueden dar antes de que eches en falta esa frontera de metal que impide un final repentino. Que me separa de algo que ni siquiera se si es de verdad. Que me salva, o me condena, o me impide, o me resguarda, o simplemente me advierte que, después de todo, por muchas vueltas que le de, yo, no soy nadie en ti, y tú, ni siquiera se si eres tú.