- Ay, pobre cautiva. Ay, pobre de mí.
Ése era mi lamento diario en aquella habitación que era ahora mi morada. Un año hace ya que permanezco en este lugar y hasta el momento nadie se ha preocupado de mí. Los que me mantienen presa ignoran mi existencia y aquellos que un día fueron mi família parecen haberme olvidado como se olvida a las hojas que el viento arrastra hasta algun lugar lejano.
Los días pasan solitarios y vacíos en esta celda de oro. Y la vida transcurre en el exterior ajena a mi desdicha.
Provengo de una ilustre familia. Mi antepasado fue Sulaymán ibn Hud al- Mustain, rey de la taifa de Lérida y de Zaragoza, fundador de la dinastía Hudí. Ya desde muy joven destacó por su destreza y capacidad de liderazgo, sirviendo a las órdenes de aquel poderoso caudillo llamado Almanzor.
Su hijo, Abú Yafar Áhmar ibn Salaymán al-Muqtadir Billah llevó a Saraqusta a su máximo esplendor. Fue él quien mandó construir el más hermoso palacio que se haya visto nunca en estas tierras, el "Qars al- Surur", Palacio de la Alegría.
Desde entonces las cosas han cambiado mucho para los míos y los cristianos han ido ganando terreno y apoderándose de nuestros dominios.
Hace dos años el rey de León intentó el asedio de Cáceres. No consiguió rendir la ciudad pero en aquella campaña hizo algunos prisioneros. Yo soy una de ellas pero llegué antes que otros. Un poco antes.
Mi familia era ilustre pero el tiempo ha ido diluyendo su influencia. Mi padre era primo del rey de la taifa de Cáceres. Luchó con fiereza en la batalla de las Navas de Tolosa hace doce años, codo con codo con el califa almohade Muhammad an-Nasir. Murió dos días más tarde por culpa de la infección de sus heridas. Desde entonces, sin padre ni padre, he vivido en el harén del palacio. Hasta que cometí un error fatal, uno que podía haberme costado la vida y que me valió permanecer lejos de los míos. Quise salir.
Escapar de los muros de un harén no es fàcil y más si está fuertemente custodiado. Sin embargo, desde las celosías, había ido estudiando todos y cada uno de los movimientos de los sirvientes y de la guardia. También había conseguido sobornar a una de las siervas para que me contara aquello que yo no alcanzaba a vislumbrar.
Pasé meses planeando mi modo de escape. Sólo pretendía salir un día, unas horas, campar a mis anchas por aquelles tierras extremeñas y gozar de la sensación de la libertad. Mucho esfuerzo para unas horas pero habría dedicado una vida entera para ello. Menos de haber sabido lo que iba a pasarme.
Conseguí ropas de hombre y de un modo que aún no comprendo pero más fàcil de lo esperado conseguí salir. Qué dicha cuando mis pies pudieron pisar por primera vez la hierba húmeda de rocío. Qué gran placer. Hasta que llegó él.
No pude esconderme a tiempo. Ya me había visto.
Me persiguió a lomos de su caballo hasta darme alcance y cuando llegó a mi lado, por el susto, caí al suelo. El hombre descabalgó y se agachó, con un cuchillo en la mano. Chillé y al hacerlo él descubrió mi condición de mujer.
- ¡Una hembra!- exclamó. No le entendí. No comprendía lo que decían.
Era un sujeto extraño, barbado, con una cicatriz que le atrevasaba el ojo derecho. Y olía mal. Y olor reconcentrado de sudor, vino y algun otro que no supe identificar.
Me arrastró detrás de unos matorrales poniéndome su manaza maloliente en la boca para impedirme gritar y cuando llegó a su destino me arrancó las ropas de hombre que llevaba, dejándome casi desnuda.
Intenté taparme con las manos, ocultar mi intimidad, que nunca había visto hombre alguno, pero él se limitó a burlarse de mí, con unas risas que retumbaron en mis oídos. Después se me aproximó. Yo me encogí, temiendo que fuera a hacerme daño, me cogió en brazos y me subió al caballo.
Aquel hombre era un siervo del rey de León que había acudido como espía a los alrededores del palacio de mi tío. Mi presencia en el campamento fue acogida con gritos y gestos obscenos, y eso a pesar que había conseguido cubrirme un poco. Me llevaron al hombre que mandaba allí, que no hablaba ni una palabra de mi lengua. Y al ver que no conseguíamos entendernos trajo a otro hombre que sí que me comprendía.
Él me preguntó mi nombre, me aseguró que no me haría daño... No sé cómo le creí. Se lo dije, le dije que mi tío era el rey, le dije muchas cosas y ahora me arrepiento porque pienso que lo poco que salió de mi boca pudo haber perdido a mi gente.
Al cabo de unos días me llevaron a León, donde me encerraron. Y cuando pasó un año, no sé por qué, aquel rey se cansó de mí y en lugar de enviarme a mi casa, a Cáceres, mandó que me trasladaran a Toledo.
No sé qué quieren hacer conmigo. Ni siquiera para qué me retienen. Pero ahora ya les entiendo. En este tiempo transcurrido he aprendido su modo de hablar aunque no deje de ser la mora cautiva.
Me llamo Hayaam ibn Hud al- Mustain.
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Un calabozo no era lugar para una mujer así. Eso es lo primero de lo que se dió cuenta cuando el carcelero abrió la puerta. Estaba sucia, olía fuerte. No hacía justicia a la mujer que había sido, o a la que podía ser. Madre de reyes, hija de reyes.
La fortuna es tornadiza, y los intereses en aquellas tierras mudaban con mayor rapidez que las cabalgadas de Almanzor. Él mismo era muestra de ello, al servir a dos señores, y en ocasiones, a tres si se terciaba. Se había hecho un nombre, aunque los fieles susurraran a sus espaldas, acusándole con el dedo. Fernando le había dado tres castillos en Baeza, con sus villas y rentas, y el rey de León le convirtió en su mayordomo. Él, sin embargo, ambicionaba que ambas coronas se unieran, convirtiéndose en un poder mucho mayor. La ventura de las Españas estaba hacia el sur, tomando las ricas tierras del Guadalquivir, en Murcia o Málaga, a orillas del Mediterráneo.
Por eso, él tenía sus propias ideas y objetivos. Su vida era una compleja red de alianzas, desde su matrimonio pactado con la heredera del condado de Urgell a las relaciones que mantenía con los reyes y reyezuelos que tapizaban la península. Solo con los almohades se mostraba implacable, pues con aquellos fanáticos no se podía pactar. Al menos no en favor de uno mismo.
-¿Es ésta? -dijo al hombre despreciable que la había traído allí.
-Si, excelencia -respondió.
Técnicamente, era una esclava. Y como tal, según la ley, podía comprarla para emplearla a su voluntad. Así que, sin más necesidad que un papel cambiando de manos juntos a unas monedas, se hizo cargo de ella.
El hombre se retiró, contando las monedas con satisfacción, mientras que él, acompañado por dos de sus escuderos, se acercaba a mirarla. Decían que sabía hablar castellano, y eso sería muy útil. Su señor el rey de León quería Cáceres, y esa ciudad, y el pequeño reino satélite de los almohades que representaba, engrosaría la lista de conquistas de la Cristiandad. Una conquista, que Dios mediante y sin hijos legítimos de última hora, heredería su otro señor, don Fernando.
-¿Me conocéis? -preguntó a la mujer.
Era de esperar que no, pero él si la había visto. En el palacio del rey Alfonso, en León. Aunque cuando la había visto, ni estaba vestida ni se había fijado mucho en él. Alfonso era un hombre fogoso, y gustaba de probar lo exótico. Él no tenía tanto apetito de carne, más de si poder. El poder es una droga más fuerte que el jugo de las amapolas.
-Soy Álvaro de Castro, vuestro nuevo amo -dijo, conciso, informándole de la situación- Puedo llevaros a Ál-Ándalus, o, al menos, cerca de su frontera.
Se quitó la capa de cuerdas, y la puso sobre sus hombros.
-Os daremos un atuendo más apropiado, y veremos de que os lavéis y se os den los afeites convenientes.
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Aquella mañana la había dedicado a lo mismo que la gran mayoría de mañanas desde que había sido apresada. A perder el tiempo pensando en mi familia, en las mujeres que había dejado en Cáceres y que eran ya amigas mías, a pesar de las rencillas que solían darse siempre en lugares pequeños donde muchas de mi sexo conviven juntas. Pero que yo supiera no sentían envidias hacia a mí y la mayoría sí un profundo afecto. Echaba de menos los atardeceres, cuando nos juntábamos en pequeños corrillos y contábamos cosas que a otros les parecerían nimiedades pero que a nosotras nos divertían.
La esposa principal de mi tío, Zoraida, era la más divertida de todas nosotras. Ante él se mostraba comedida, callando la mayoría del tiempo y mostrando una prudencia que ya quisieran para sí muchos cortesanos, pero cuando escapaba de aquellos ambientes que requerían de un protocolo estricto se mostraba alegre y vivaz. Había alcanzado ya la cuarentena pero seguía conservando un cutis terso y hermoso en el que destacaban dos enormes ojos negros que enamoraban a quien lo mirara. Pero lo que más destacaba en su cara era aquella boca sensual que su marido no dejaba que nadie tuviera el privilegio de ver más que él.
Había sido madre de dos hijos, un varón, que sería el heredero, y una hembra, Zaida, que apenas tenía cinco años y era tan hermosa como lo era su madre.
La vida en el harén era feliz y cuando podíamos salir al jardín gozábamos del olor de las flores y de los limoneros, acompañado del suave murmullo de las fuentes. Alguna de las mujeres tocaba un al-'ud, lo que en estas tierras se llamaría laúd, o un qanun, un tipo de cítara o un salterio, una caja con cuerdas que se tocaba apoyándola sobre las piernas y con dos púas de concha de tortuga, al tiempo que cantaban. Eran buenos tiempos, tiempos de reír y de cantar, de soñar y de no preocuparse por el mañana.
En cambio, en estas tierras de cristianos, a pesar de todo, nunca puedo estar del todo segura si ese mañana llegará. Yo, a pesar de mi condición de mujer, soy el enemigo, del mismo modo que ellos son el mío. Ambos pueblos se enfrentan y se matan. ¿Quién me asegura que mañana no vayan a hacer lo mismo conmigo?. O quizás hoy mismo. Nadie se lo impide y al parecer a los míos no les afectará porque no han venido a buscarme.
A menudo me digo que no lo han hecho porque no saben dónde encontrarme, porque Toledo está lejos de Cáceres. Sí, soy mujer, soy mora, pero también soy curiosa. Esa misma curiosidad que llevó a escapar y encontrarme en esta situación me hizo aprender lo máximo posible. Y de la misma manera que he aprendido a dominar su lengua también estoy aprendiendo sobre sus territorios y sus reyes.
A esos recuerdos dedicaba el tiempo cuando llegó una visita inesperada. De algún modo que no alcanzaba a comprender el hombre que me había atrapado a las afueras del qasar de mi tío entraba en el cuarto donde me tenían presa. Me estremecí al ver de nuevo su repulsivo rostro. La cicatriz de su cara parecía estar más marcada que aquella vez pero seguía oliendo igual de mal. ¿Cómo habría podido llegar hasta allí?. ¿Es que su rey, el leonés, había decidido arrancarme de la Corte de su hijo y entregarme a aquél que me cogió, como premio quizás, a sus servicios?. Temblé al pensar en esa idea abobinable. Antes que pertenecerle me mataría o, mejor aún, le mataría.
Pero detrás de él apareció otro hombre, algo más joven y que debía ostentar algún cargo de importancia ya que el otro le llamó "excelencia". El desconocido se refería a mí así que era él quien venía a buscarme y no el otro.
Sorprendida asistí a la entrega de unas monedas, que sin duda eran un pago por mí, y luego el de la cicatriz se retiró, dejándome a solas con el caballero.
No tenía un aspecto tan repulsivo y violento como el otro hombre pero por si acaso me mantendría alerta.
El hombre se dirigió a mí y me preguntó si le conocía. Dije que no con la cabeza. No le había visto nunca antes. Para bien o para mal gozaba de buena memoria y podría haber recordado aquella cara.
Entonces él me informó que me poseía, que era mi amo, y me dijo que le llevaría al Al-Andalus.
Mis ojos se iluminaron al escuchar de sus labios que podría regresar cerca de los míos. De ese modo podrían restacarme más fácilmente.
El hombre colocó sobre mis hombros una capa y pidió que me lavaran y arreglaran.
A su requerimiento llegó una mujer, vieja, gorda, que me condujo hasta una habitación pequeña. Una vez allí me quitó las ropas que llevaba, que no me había quitado en tiempo, y se dedicó a lavar todo mi cuerpo, incluidos mis larguísimos cabellos negros. Luego me obligó a tenderme en un jergón y me untó de aceite que olía a lavanda.
Cerré los ojos y recordé mi casa, aquel delicioso olor de los jardines.
Siguiendo las costumbres de mi gente, la mujer me quitó el vello del cuerpo, que en aquel tiempo había empezado a crecer como el de un hombre.
Luego me colocó una túnica blanca, propia de las mujeres de mi raza, de escote redondo y bastante pronunciado, larga hasta el suelo, de lino casi transparente y tan suave que sentí como me acariciaba la piel. En los pies me puso unos zapatos como los que solía llevar, de color dorado. Dorada era también la cinta que ceñía la ropa a mi cintura y sobre los cabellos me colocó un velo sujeto a la frente con una finísima cinta dorada.
Y así, habiéndome devuelto de nuevo la dignidad, me llevó ante el que se decía mi dueño.
- Aquí la tenéis.
Hayaam ibn Hud al- Mustain
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Los aposentos que ocupaba en Toledo se convertían cada más en algo que no podía catalogarse como "un hogar improvisado". Prefería, no obstante, su casa solariega en León, una ciudad que creía mucho más señorial y confortable. Toledo no era si no un tapiz de peligrosas cuestas empedradas, una roca circundada por un río, que olía a acero fundido y por la que resonaban los golpes de los martillos. El zoco era, según se mirara, un lugar de luz, pero también de tinieblas. Como todos los mercados de ese tipo, el olor a especias, carne, pescado y trigo, se mezclaba con las bostas de asnos y mulas, el olor fuerte del vino peleón que se consumía en las tabernas y mancebías se pegaba al paladar.
Por eso, siempre que podía, vivía un poco "a la mora". La cosa tenía sus ventajas. Cierta higiene, asunto que a decir de sus compatriotas "le obsesionaba" (muchos no se bañaban por inmersión si una vez al año, antes de la cuaresma) y que según los médicos cristianos no era saludable. Pero a él, sinceramente, le agradaba aquel orden, limpieza y educación. La vida ya es lo suficientemente brutal y corta como para no gozar, cuando se pueda, de lo sutil y lo bello.
El criado la dejó allí, sin saber muy bien si retirarse o no. La esclava acababa de salir de un calabozo, y no convenía fiarse demasiado. ¿Quien podría asegurar que no iba a rebanarle el pescuezo y huir al amparo de la noche?
Había comida servida en una fuente de metal, al estilo árabe. Una escudilla con caldo de ternera y garbanzos, acompañada por un trozo de queso y una oblea de pan. No era un manjar propio de reyes, pero comparado con la bazofia que había tenido durante gran parte de aquel viaje y su estancia en el calabozo, parecía un festín.
Le señaló la mesa con la palma de la mano, como un ofrecimiento.
-Imagino que tendréis hambre. No os preocupéis por mi, ya comí... con el rey.
Detalle importante, para dejar claro quien era quién. Ella le causaba curiosidad, y había muchas preguntas que quería hacerle. Todas, por supuesto, a su debido tiempo. Era innegable que "la que tuvo, retuvo". La belleza que la había convertido en una leyenda seguía viva en ella, a pesar de que el tiempo no pasaba en balde para nadie. Él tampoco era un jovencito, así que conocía el asunto de primera mano.
No le había dejado un cuchillo en la mesa, pues para comer aquello solo precisaba la cuchara y la mano. No convenía tentar a la suerte. No hasta que tuviera la certeza de que iban a llevarse bien.
-No me he presentado adecuadamente. Mi nombre completo es Álvaro Pérez de Castro, entre otros cargos mayordomo del rey de León y representante del de Castilla en ciertas plazas del adelantamiento de Baeza. Allí, si no me equivoco, gobierna un pariente vuestro. Aunque el parentesco siempre exista entre la realeza, y más entre los moros.
Sonrió, sirviéndose una copa de vino, al tiempo que se sentaba en una banqueta.
-Mi señor el rey Alfonso os trató mal, y puedo dar fe de ello. No habréis de temer en mi presencia trato semejante, ni persistencia en la odiosa condición de la esclavitud más allá de lo estrictamente necesario.
Tamborileó los dedos en el metal de la copa.
-Por que sois, si no me equivoco, Hayaan, hija de Hud de los Mustain. Madre de reyes, esposa de reyes.
Se llevó la mano al pecho con una reverencia que quedó algo burlona.