“Para alcanzar algo que nunca has tenido, tendrás que hacer algo que nunca hiciste”. Cuando Dios te quita aquello que tenías agarrado, El no está castigándote, sino simplemente abriendo tus manos para recibir algo mejor. Concéntrate en esta frase… “La Voluntad de Dios no te llevará donde la Gracia de Dios no te proteja”.
No siempre las decisiones que tomamos complacen a los demás. En muchas ocasiones esos, los demás, no están capacitados para juzgarlas, y por otro lado ni siquiera tienen derecho a ello ya que no les competen ni afectan en medida alguna. En estos últimos días, he tomado decisiones personales que me han hecho merecedora de cierto distanciamiento de quienes me rodean. Familiares, amigos y por supuesto hijos, quizá tengan permiso para reproches o juicios de valor. Simples conocidos o incluso gente intrascendente, jamás les permitiré su opinión.
La madurez, la de verdad, exige honestidad, ser firme, ver más allá de versiones parciales, intuir lo que no se ve o dudar de lo que parece evidente, y sobre todo, tratar a quienes te rodean en función de cómo lo hagan contigo, y no por caprichos, conceptos preconcebidos o parciales e incluso sesgos de lo que se cuenta de los demás.
Por otro lado, existen obligaciones que no terminan: ser madre, por ejemplo, es una de ellas, y hacerlo desde la entrega y generosidad más absoluta. Ser un hijo o hermano respetuoso y querer desde siempre, sin condiciones, y quizá mantener una condición de ciudadano normal y bajo una normativa respetada con naturalidad. El resto es modificable, y existen multitud de caminos personales, emocionales y vitales que podemos y a veces debemos transitar, sin que ello suponga ningún tipo de menosprecio o intromisión de aquellos que, renuentes al cambio, felices o amargados, que nunca se sabe, se conviertan en portadores universales de la varita de lo normal o lo correcto, de lo bueno y lo malo.
Padres, esposo, hermanos, amig@s o vecinos perfectos "de boca", o eso aparentan en público, se tornan en impresentables, dañinos, cínicos o retorcidos por detrás de la puerta, siempre escudados en el escondrijo del chisme más ruin.
Aquellos que de verdad son intachables (¿existen?), debieran culminar ese "status” con el respeto a las decisiones ajenas. Durante todo este tiempo, me he bebido más veces de la cuenta un poema clásico, un catalogo de normas que me han servido para encontrar cierta paz:
EL SILENCIO
“No digas nada, no preguntes nada.
Cuando quieras hablar, quédate mudo:
que un silencio sin fin sea tu escudo
y al mismo tiempo tu perfecta espada.
No llames si la puerta está cerrada,
no llores si el dolor es más agudo,
no interrogues sino con la mirada.
Y en la calma profunda y transparente
que poco a poco y silenciosamente
inundara tu pecho de este modo,
sentirás el latido enamorado
con que tu corazón recuperado
te ira diciendo todo, todo, todo.
Y esa “calma profunda y transparente” que describe el texto, me ha hecho regresar con serenidad y sin rencor de un oasis extraño donde muy pocos han estado a la altura de una situación que solo afecta a los míos, y posiblemente a quienes giran a mi alrededor. Dicen que la madurez es “el arte de vivir en paz con lo que no se puede cambiar”. No creo que jamás cambie la crueldad de algunos intelectuales, ni que las decepciones en personas que tratamos disminuyan en forma gradual e inmisericorde. Quienes quieran acercarse a mí sin prejuicios y con sinceridad, serán bienvenidos. Aquellos cuyos ojos engañen, serán tratados de la misma forma, con bondad, pero dejaran unos pozos de tristeza que he aprendido a incinerar en silencio.
Soy feliz. Estoy en paz con casi todo, y esos pozos de dolor o retazos de felicidad que dejé, los manejo, conservo o destruyo como mejor me parezca. Sin jueces externos, sin miradas escrutadoras no solicitadas. Punto. Seguiré tomando mis decisiones, seguirán mirando, Sin más. Seguirá inundándome un sentimiento de paz. La vida es corta. Los días largos. Trato a todos con guante de seda, “fortiter in re, suaviter in modo” (“Con valor, en realidad, en la forma más dulce”). Quizá debieran haber hecho lo mismo conmigo. Pero ya no importa.
Un nuevo sol me baña y cobija con su calor y mi alma recibe caricias nuevas renaciendo en mí la fuerza de mi Espíritu indomable. Como siempre…solo YO SOY.