Dragó & Soseki: donde un trigre se oculta, nace un libro
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Soseki Inmortal y Tigre es un libro sencillo pero profundo, sentimental pero culto. Una historia dirigida al niño que todos llevamos dentro. La literatura sobre animales de compañía es un género poco conocido en España, país de maltratadores consuetudinarios. Dragó se interna en esa literatura por la puerta grande, en un rotundo cambio de estilo y quizá de personalidad.
Soseki es un ejercicio didáctico, pero también un ejercicio de meditación con el que el autor se enfrenta al espejismo de la muerte. Soseki es semilla de conocimiento para Caterina, la nieta del escritor que encarna el futuro, pero también es tradición y estoica reflexión del que sabe porque ha vivido.
Juntos, pero no revueltos, hemos querido entrevistar a Soseki y a Dragó. Poco importa que uno haya muerto y que otro esté vivo y coleando. Permitámonos, por una vez, transgredir el umbral de la certeza o la ignorancia que separa a los vivos de los muertos… Freud parafraseó el adagio latino para enseñarnos aquello de Si quieres la vida / prepara la muerte.
Fernando: nuestro caro Alejandro Jodorowsky, al conocer la muerte de Soseki, te escribió algo muy bello inspirado en un haiku: Murió tu gato, morirán los astros, desaparecerá el cosmos. Pero ahora, solo te queda aceptar y respetar ese dolor que te convierte en humano…
Es lo que he hecho al escribir el libro. Tal vez sea Alejandro la persona que mejor me comprende. Él perdió un hijo y tiene cinco gatos. La gente me dice que Soseki sólo era eso, un gato, y se equivoca. Era también hijo, y amigo, y compañero, y ejemplo, y maestro. A las pocas horas de morir Soseki escribí a Jodorowsky, convencido de que me entendería. Y lo hizo. Le pedía árnica, y me la dio. La belleza de ese haiku no enjugó mis lágrimas, pero les dio sentido. Me recordó algo que yo sabía, pero que en ese momento, ofuscado por la tragedia y por el sentimiento de culpa, se había escondido en el fondo de la conciencia: hay que aprovechar el impulso del dolor para transformarlo en amor.
Soseki, donde quiera que estés, no sé si esto te consuela o te parece una obviedad humana y pretenciosa. Sabemos que los elefantes realizan enterramientos y duelos, y quizá los gatos también sentís la muerte sin necesidad de ser humanos pero sí divinos…
Miau. Desde aquí puedo percibir todo el dolor que mi muerte causó a Fernando, pero no debería sufrir por ello, porque lo hice como un acto de amor y de generosidad. Los guerreros numantinos y los siete infantes de Lara, a los que conocí durante mis correrías por las Tierras Altas. Me habían enseñado el arte y el deber de la inmolación. No importa lo que nosotros esperamos de la vida, sino lo que la vida espera de nosotros. Él no lo vio, porque mi cabeza había desaparecido bajo el travesaño del montacargas, pero morí sonriendo y con una expresión de gratitud en la mirada. Todo, en ese instante, cobró sentido. ¡Por fin tenía alma! Fue mi salto a la eternidad.
Fernando: ¿tu nagual o animal interior es un gato, un toro, un escarabajo, un águila?
Veo que conoces bien la obra de Carlos Castaneda, pero no mi zoo interior. Mis animales totémicos son el gato, el lobo, el oso, el lagarto y el escarabajo. Libres todos y solitarios todos. Nunca voy en grupo. Mi héroe novelesco favorito es Sinuhé, el egipcio que pasó en soledad todos los años de su vida, lo que no le impidió mezclarse estrechamente con ella y apurarla hasta su último sorbo.
Y tú, Soseki, imagino que desearías ser un escritor, como el que te da nombre, ¿o piensas que eso no es más que vanidad? ¿Acaso hay algo que no sea vanidad en los humanos?
Miau. De hecho estaba aprendiendo a escribir a máquina. Al principio no sabía muy bien qué era aquel aparato que Fernando manejaba tan a menudo. Luego, con el paso de los días a su lado, me fui dando cuenta de que, cada vez que pulsaba una tecla, una varilla se desplazaba y marcaba una letra con tinta en la hoja de papel. Entonces comprendí que Fernando debía ser un gran escritor a tenor de lo mucho que escribía. Él siempre bromeaba con que, cuando él no pudiera hacerlo, yo podría sustituirlo y ser su negro. ¿Vanidad? No, porque la literatura y el arte empiezan en el momento en que vivir no basta para expresar la vida. Pero aquello, para mí, era un juego. Para Fernando, no. Era su vocación, desde la primera infancia, y la vocación es destino. No cabe sustraerse a él.
Fernando: Has hecho de esta muerte tu muerte, y de esta inmortalidad tu inmortalidad… Pareces un puro siete en el eneagrama, al que las muescas de la vida han tocado el corazón abriendo uno de sus nueve puntos que vigila lo sensitivo…
Al hombre se le mide por sus cicatrices. Quien no las tiene, ha vivido en vano. Ya conoces esa frase de Jung que cito a menudo y que también aparece en el libro: “la vida no vivida es una enfermedad de la que se puede morir”. Las cicatrices son el carnet de identidad y el certificado de garantía del samurái, del guerrero, del torero, de los discípulos de Dionisos y Siva, de quienes tienen a la muerte por compañera, la miran cara a cara y bailan siempre, felices, feroces y feraces, sobre el filo de la navaja . Y nadie sale indemne de esa danza. Ya lo dijo Miguel Hernández: Llego con tres heridas: / la del amor, / la de la muerte, / la de la vida. Soseki también era un guerrero, lo contrario de un soldado. Los soldados tienen soldada y oficiales. Los guerreros, no. Ni cobran ni obedecen.
Soseki: Tu amo (o quizá el superyó del escritor) te hizo cosas que no sé si querías que te hicieran. ¿Le perdonarás algún día tratar de domesticarte, castrarte y hacerte un poco pequeñoburgués…?
Por lo pronto, no era mi amo ni quería serlo. ¿Cómo va a ser amo de alguien quien nunca tuvo amo? Cuando Fernando hizo la mili, la mili de verdad, no la de milicias, dijo en su filiación que no sabía leer ni escribir para que no lo hiciesen cabo. Los gatos, por otra parte, jamás tenemos dueño. Somos nosotros los que elegimos a las personas con las que queremos vivir. Yo lo elegí a él y a su esposa, Naoko, porque me gustaba su forma de vida, su casa y el misterio que de ella manaba. No me domesticaron. Yo no lo habría permitido. El gato y el toro de lidia son los únicos mamíferos que no se dejan domar. Mi tiempo de aventuras, además, ya había pasado, aunque algunas veces me escapase para irme de botellón.. En mi infancia recorrí todas las Tierras Altas de Soria, conversé con los guerreros de Numancia, combatí contra brujas en sus aquelarres a la luz de la luna, incluso me las vi con el mismísimo diablo. Cuando Fernando me abrió la puerta de su coche, sabía que mi vida ya sólo permanecería ligada a su persona, a su familia y a su campamento. Respecto a los efectos de la castración, sólo puedo hablar de oídas, porque me emascularon antes de que me subiera la fiebre del celo. He oído las historias de Fernando en las que cuenta los líos en los que a lo largo de su vida se metió por culpa de las faldas, así que eso que me ahorré. La lujuria es mala consejera.
Fernando: ¿hay sentido de culpa en este libro?
La culpa, pese a que yo no la reconozca racionalmente por ser ésta legado del judeocristianismo, no deja de estar presente, al menos a nivel subconsciente, pues fui educado en el catolicismo y cargado al nacer con el peso del pecado original. Soseki murió por mi causa, por la generación de una larguísima cadena de acontecimientos de la cual yo fui artífice, involuntariamente, por supuesto. En el mundo no existe el bien ni el mal, sólo las reacciones y los efectos derivados de nuestros actos. La instalación del montacargas donde pereció Soseki partió de una orden mía hacia mis ayudantes. No me siento culpable, pero debo reconocer que este libro es, entre otras cosas, redoble y descargo de conciencia. La deuda está saldada. Nunca, que yo sepa, ha rendido nadie tamaño homenaje a un gato. ¡Imagínate! ¡Trescientas cincuenta páginas peleadas línea a línea! Es oración fúnebre e himno dedicado a un héroe.
¿Estás de acuerdo, Soseki?
¡Cómo no voy a estarlo! Alguien, después de leer la novela, la definió así: “un libro de un gato que es persona, un libro que enseña a las personas a ser un poco gatos y, por ello, más personas”. Fernando, además, abriga el propósito de fundar en Castilfrío un centro de acogida de gatos que llevará mi nombre. ¡Ojalá lo consiga, aunque vete tú a saber, porque para todo lo que sea gestión y organización mi no-amo es un desastre! Pero ya decía mi amigo Buda, el de la estatua del jardín, que lo que cuenta es la recta intención. Fernando lo tiene.
Fernando: sostienes que el gato simboliza ante todo la libertad, pero tal vez lo sea por puro instinto, y en el instinto no somos libres, sino liebres…
La libertad siempre ha sido un dilema paradójico en la historia de la filosofía. Ésta, además, se mide en términos humanos. No podemos saber cómo siente un gato su libertad. ¿Instinto? Todos los animales lo tienen, pero sólo el gato lleva la libertad hasta sus últimas consecuencias. No, no es instinto. Es voluntad, es decisión, es convicción, es sabiduría, acaso kármica. Si fuese instinto, los gatos se parecerían entre sí, cosa que no sucede. No hay dos gatos iguales.
Soseki: ¿es verdad el rumor bizarro de que quisiste acabar con esta vida o todo fue un accidente inesperado? Ahora que haces guardia junto a los luceros, ¿crees como Shakespeare, que las cosas suceden… como y cuando tienen que suceder?
Miau. Mi intención no era morir. Nadie quiere morir, y menos un gato, que es el animal con mayor instinto de supervivencia que existe. Sentí que mi obligación era llamar la atención de Fernando hacia el peligro que suponía ese Minotauro de fauces metálicas para su nieta Caterina, que planeaba jugar con él, y ―sin sospecharlo― con la muerte. Cuando, ese mismo día, Ayanta llamó para avisar a Fernando que llegarían ella y Caterina por la noche, supe que el momento había llegado. Acepté mi responsabilidad y me lancé a la boca del monstruo, sin saber si sobreviviría. Luego todo se volvió oscuro durante unos instantes… Las cosas suceden como y cuando tienen que suceder, en efecto. Mi destino no consistía en salir del laberinto, sino en perecer allí y pasar a formar parte de la casa de Kokoro ―que es como se llama―, guardando su entrada, nutriendo la tierra bajo el olivo bajo el que solía jugar, frente a la mirada serena de Buda. Lee el haiku de Alicia Mariño, madrina hoy de mi hermanillo Sensei, que figura en mi lápida: “Ser como tú / surcando el infinito / tigre de luz”.
Fernando: ¿Le pediste a Antonio (uno de los protagonistas de la historia) que durmiese en tu casa de Castilfrío para ver si aparecía el fantasma de Soseki? ¿Dónde crees que está Soseki? ¿Perturbará su alma la sosekimanía que se avecina?
Antonio Panza y Soseki llegaron a ser muy amigos cuando la historia del gato se echaba a andar, y luego, aquí, en mi casa de Castilfrío, se veían a menudo. Parte de ese sentimiento de culpa del que hablábamos antes también le alcanzó a él, al que se le había encargado clausurar el montacargas y no lo hizo. Pero no, no le pedí que viniera. Se muere a solas, y yo, aquella noche, descendí al abismo. Soseki seguía en la casa. Naoko, que tiene el olfato muy fino, percibía su olor. Tardó cuarenta y nueve días en irse, pero sigue en contacto conmigo. Me ha enviado varias cartas. No es broma. Dos de ellas están reproducidas en el libro. Desde la aparición de éste me han llegado otras dos. ¿Quién las escribe? No lo sé, aunque tenga mis sospechas, pero ahí están. Soseki está ahora en el cielo de los gatos, al otro lado del Puente del Arco Iris. Tengo ganas de reunirme con él, pero sin prisa, porque para eso tendré que morir y aún tengo varios libros por escribir y unos cuantos países por recorrer.
Soseki: Desde aquel lado de la vida, ¿qué consejo nos darías a Fernando y a todos los demás humanos? ¿Crees ahora que la bondad es superior a la inteligencia?
Lo he creído siempre. Todos los animales son buenos, aunque no todos sean tan inteligentes como los gatos. De poco sirve la inteligencia si no está al servicio de la bondad. Sólo los hombres pueden ser malos. Sé que mi muerte ha hecho a Fernando mejor persona, aunque ya lo era. Ha escrito un libro que es pura emoción, sonrisas, lágrimas, ternura y buenos sentimientos. Se ha enfrentado a la apuesta más alta de la literatura: la de escribir, por una parte, no sólo para los adultos, sino también para quienes no lo son, y la de hacerlo esgrimiendo sólo la bondad. He empezado ya a traducir su libro al idioma de los gatos.
Soseki: ¿Tendrás celos si Fernando y Naoko tienen, como anuncia en tu libro, un hijo? ¿Acaso no fuiste tú también su hijo adoptado?
No, todo lo contrario. Precisamente mi función habría sido la de guardar el sueño de ese niño cuando naciera. Ninguno de los dos le habría quitado su sitio al otro, puesto que cada cual habría sido amado por sí mismo. Y sí, durante esos dos años de inmensa felicidad que compartí con Fernando y Naoko, sentí que era para ellos como un hijo, y ellos, para mí, como mis verdaderos padres.