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Era una bella noche ilustrada por luciérnagas, cruzando un puente de piedras grises, se dividía el jardín trasero del castillo lúgubre, por el lago donde se bañaba la luna, entre un lado de eucaliptos y un lado de árboles que sobresaltaban sus cortes de cabello afrodisíaco otoñal, que dibujaba una tonalidad tan clara como su misma agua en las mañanas, por lo que la noche le pintaba un agua asustada, temblorosa, marina, azulada y oscurecida, pero la luz al final del camino era coloreada por los rizos de la luna que se iba en las noches a ese lago para ganar espacio entre tantas hadas azuladas y brillantes que también se veían en ese tan natural espejo acuífero.
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