Dicen algunos, que a cierta edad, después de los cuarenta, nos hacemos invisibles, que nuestro protagonismo en la escena de la vida declina, y que nos volvemos inexistentes para un mundo en el que sólo cabe el ímpetu de los años jóvenes.
A mi edad, seguramente hace rato me hice invisible para el mundo.
Pero nunca como hoy fui tan consciente de mi existencia, nunca me sentí tan protagonista de mi vida, y nunca disfruté tanto de cada momento como ahora.
Hoy me reconozco una mujer, capaz de amar con la sinceridad del corazón. Sé que puedo dar sin esperar nada, pero también se que no tengo que hacer nada, ni dar nada, que no me haga sentir bien. He descubierto al ser humano que sencillamente soy, con mis aciertos y mis errores.
Cuando me miro al espejo, ya no busco a la que fui en el pasado,… sonrío a la que soy hoy, me alegro del camino andado, y agradezco a Dios el habérmelo permitido