SI TIENE TIEMPO.
A semejanza de la higuera, estamos llamados a producir frutos en abundancia. Preguntémonos si nuestra vida está llena de puro follaje y apariencia, como la higuera del Evangelio, o si podemos decir que estamos dando fruto. Para ello, hay que caer en el surco y morir. Pero esto no sucede en un momento determinado, el proceso de conversión dura toda la vida.
Pensemos que el viñador aflojó la tierra alrededor de la higuera y le echó abono para que diera más fruto.
Así pues, no nos extrañemos que para avanzar en nuestra madurez humana y espiritual tengamos que pasar por ciertas cruces o purificaciones.
No perdamos la fe cuando el Señor fecunde nuestra vida con el dolor. Recibamos estas pruebas con serenidad, sabiendo que todo conduce al bien de los que aman a Dios.
Para ello, necesitamos raíces profundas y bien arraigadas en Cristo.
Profundidad significa cultivar la vida interior, fomentar la vida de oración, alimentarnos con frecuencia de los sacramentos.
Arraigo en Jesucristo quiere decir tenerlo como criterio y modelo de todo nuestro actuar cotidiano.
Entonces, como ahora, hay muchas muertes de inocentes, cuyo desenlace no tiene siempre que ver con la vida que llevaban normalmente. Jesús hace una advertencia: el verdadero riesgo de malograr la vida, no está en un accidente desgraciado o en una revuelta represiva, sino en no convertirse, es decir, en vivir con la mirada y el corazón distraídos, descentrados: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera».
Unos mueren en la refriega, otros en el accidente. Todos igual de pecadores, dice Jesús. Él elogio es de quien ha vuelto su corazón y todo lo que en él cabe, hacia Dios. Lo que realmente cuenta para Jesús no es lo que se hace o lo que se deja de hacer, sino en nombre de quién y con cuál porqué.
Propone Jesús una parábola que llena de misericordia su invitación a convertirse. Ante la desproporción entre la vida a la que somos llamados y la realidad nuestra de cada día, podemos vernos reflejados en esa historia que cuenta Jesús de la viña que no daba el fruto esperado.
Es la imagen de nuestra torpeza y lejanía del designio de Dios.
Pero también Jesús es imagen del viñador bueno, con cuya paciencia llegará a salvar la vida de su viña.
Convertirse es aceptar ese cuidado, esa espera y esa atención.
Convertirse es dejarse llevar por Otro, hablar en su Nombre, continuar su Buena Noticia, dar la vida por, con y como Él. La conversión es tanto dejarse mirar, dejarse conducir, y asistir al milagro de que en la convivencia misericordiosa con Él, nuestra viña perdida, puede ser salvada, y dar el fruto debido.
Esta es la esperanza que nos anuncia Cristo y que en su Iglesia nos anida.
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