Se diría que las redes fomentan cierto nivel de necedad y frenesí hasta en el cerebro del más templado, de la misma manera que ponernos al volante de un coche suele volvernos algo más furibundos de lo que solemos ser. Es como si la inmediatez y la falsa intimidad de Internet nos confundiera sobre la repercusión y la responsabilidad de nuestras palabras.
Yo misma, al principio de mi uso de las redes, retuiteé un par de veces contenidos a los que apenas había echado una ojeada, un error garrafal del que aprendí. Pero hay gente que se instala en ese terreno gris y persevera en comportamientos inmorales que quizá jamás tendría en su vida normal. Hace tres meses, el juez británico Jason Dunn-Shaw, de 51 años, fue destituido por tuitear comentarios rabiosos (y anónimos) sobre sus propios casos. El anonimato sacó lo peor de él. Sacó al energúmeno.
Autora : Rosa Montero