Nunca creíste en nadie. Siempre sospechaste en los demás la mentira y el interés. En cincuenta años, nunca pude convencerte de que trabajaba y me ganaba la vida. Esa desconfianza no iba dirigida sólo a mí. Era innata en ti. La huerfanita de cinco años que vivía sola con su madre no podía creer en los milagros, pero yo era el objeto principal de dicha desconfianza.
Por lejos que me remonte en el pasado, es decir, desde mi más tierna infancia, nunca comprendí esa desconfianza casi innata que tenías respecto a mí y que probablemente contribuyese a alzar una especie de barrera entre nosotros. Parecía como si me creyeses siempre capaz de las peores fechorías y, si mi hermano Christian, tres años menor que yo, se echaba a llorar, te volvías hacia mí y preguntabas:
-¿Qué le has hecho otra vez?
Yo no le había hecho nada. Lloraba por una razón ajena a mí. Ahora me pregunto si no sería necesario que hubiese un villano en la familia y que ese villano fuese yo.
En mi memoria hay recuerdos buenos y malos, como, supongo, en todas las memorias, y es probable que en tu habitación del hospital de Bavière hubiese momentos en que tú también pensaras que, en el fondo, tal vez yo no fuera tan «malo» como habías imaginado.
Mi padre, Désiré Simenon, era un sentimental pero nunca se mostró expansivo. Recuerdo un día, en un momento de desánimo, le dijiste:
-Cuando pienso, Désiré, que nunca me has dicho «te quiero».
Y mi padre respondió con los ojos húmedos, estoy convencido de ello:
-Pero estás aquí.
¿Sería esto lo que te endureció?
Pasé diecinueve años contigo y casi tantos con Désiré. Tú trabajabas mucho. Él, también. La suerte no os reservó muchas alegrías.
Hoy comprendo que una pareja con hijos ya no es sólo una pareja. Y a veces lo olvida. En la casa, cerca de ellos, hay ojos de niños, casi siempre presentes, que los miran, que los juzgan con el rasero de su joven inteligencia. Creemos ser simplemente padre y madre. No es verdad. Somos dos individuos cuyos gustos, palabras y miradas se ven sometidos a un juicio despiadado.
Estamos solos nosotros dos, afrontándonos en cierto modo. Tú tienes noventa y un años, pero, para mí, no has envejecido. Siempre has tenido ese rostro fino, esa tez mate, esos labios que a veces se estiran. Yo tengo unos setenta años. Nos separan cincuenta años, cincuenta años de los que yo apenas sé nada en lo que a ti respecta y menos aún sobre los años que los han precedido. He tenido que llegar a los setenta años y superarlos para darme cuenta de que todo mi pasado, todo el tuyo y el de tu padre, que tanta importancia tuvieron en la formación de mi personalidad, son como una pared blanca.
Hace cuatro años, te invité a pasar una temporada en mi casa de Epalinges. Te preparamos una alcoba en la sala de televisión de los niños. Instalamos, entre otras cosas, un armario bastante ligero. Un día no te despertaste a la hora habitual ni siquiera media hora más tarde. La doncella acabó entreabriendo despacio la puerta. Te encontró sentada en una silla, con sangre en el rostro y expresión de dolor, pese a la sonrisa que te esforzabas por ofrecer.
Aprovechando que estabas sola, te habías dirigido hacia el armario. Como eras demasiado pequeña para llegar al estante superior, te habías subido al pedestal y el armario había caído sobre ti. En lugar de llamar, en lugar de gritar, te habías arrastrado hasta la silla, te habías levantado, a saber cómo, y habías esperado, estoica, ahí, sin decir palabra, estrechando entre tus flacas manos el tesoro que habías ido a buscar.
Pues era un tesoro. Unas bolsitas con monedas de oro cada una de las cuales llevaba el nombre de uno de mis hijos. Habías trabajado toda tu vida para asegurar tu vejez y nos aportabas el fruto de tus ahorros, en oro. Aún no he distribuido esas bolsitas entre mis hijos. Espero a que sean todos mayores y estén todos instalados en la vida, a fin de que no derrochen tontamente lo que tanto esfuerzo te costó adquirir.
El mismo día tuviste otro gesto que, por un lado, me hirió mucho, pero, por otro, me obligó a admirarte. En mi despacho, me tendiste un sobre con todo el dinero que te había enviado, mes tras mes, durante más de cincuenta años. Querías ser pobre, querías asegurarte un fin digno, pero no querías deber nada a nadie, ni siquiera y menos aún a tu hijo.
Somos dos, madre, mirándonos; tú me trajiste al mundo, yo salí de tu vientre, tú me diste mi primera leche y, sin embargo, yo te conozco tan poco como tú a mí. Estamos, en tu habitación del hospital, como dos extraños que hablan la misma lengua, hablamos poco, y desconfían el uno del otro. Sin embargo, créeme, yo te observo, reúno retazos de recuerdos y reflexiono para borrar las falsas ideas que haya podido haberme hecho sobre ti, para penetrar en la verdad de tu ser y quererte.
Me gustaría tanto saber, saber lo que piensas en este momento, en el hospital, las imágenes que te pasan por la cabeza. Unas veces pareces plácidamente adormilada y otras tienes una sonrisa casi burlona. Tal vez sea de la vida de lo que te burlas, de la vida que debe de verse de otro modo cuando se está a punto de perderla. Ahora que la muerte está, por así decirlo, rondando ya en tu habitación, no dices ni palabra. No pareces temerla. Supongo que la miras de frente y que a veces te impacientas un poco incluso, al ver que tarda mucho en llegar.
Recuerdo que con motivo de uno de mis escasos viajes a Lieja, me miraste largo rato, con una atención sostenida, y pronunciaste esta frase que no he podido olvidar:
-Qué pena, Georges, que fuera Christian el que muriese. Era tan tierno, tan afectuoso..
¿Acaso no quería decir eso que, a tu juicio, según tu corazón, era yo el primero que debería haber desaparecido? Seguramente yo no era tierno y afectuoso o procuraba no dar muestras de ello.
Madre, no tengo nada que reprocharte y no te reprocho nada. Seguiste el curso de tu vida con una fidelidad extraña, si no extrañísima, a tu objetivo. Lo has conseguido. Tal vez por eso, en tu cama del hospital, tu mirada es tan serena, por eso también pasa a veces por ella un destello de ironía.
Una noche, recibí una llamada telefónica del hospital en la que anunciaban que habías muerto. Te encontré con el rostro sereno, con una serenidad que no se tiene en vida. Te besé en la frente, como había besado a mi padre, y me senté a tu lado. La monja seguía allí, tan inmóvil como si nada hubiese ocurrido. Le pregunté si habías sufrido y me respondió que no.
Echaba de menos aquella semana que acabábamos de pasar juntos sin hablarnos. Me parecía que no había acabado, que el contacto no había sido completo. Seguí pensando. Seguí intentando comprenderte. Y comprendí que durante toda tu vida habías sido buena. No necesariamente para los otros, sino buena para ti, buena en el fondo de ti misma.
Tenías necesidad, siempre tuviste necesidad, de ser buena, de sentirte buena. Y, por eso, madre, pasaste tu vida sacrificándote. Te sacrificabas por el primer desdichado que pasaba, por las familias que se rompían, por los aislados, iba a decir por todos cuantos pasaran por la calle. Para todos tenías en tu corazón tesoros de ternura y paciencia. Nada te desalentaba. Al contrario, cuanto más difícil era la tarea con mayor ahínco te entregabas a ella.
¿Qué tiene de extraño que no te inclinaras, a tu alrededor, sobre aquéllos a los que considerabas los bienaventurados de este mundo? Éramos nosotros. No nos veías o nos colocabas en la categoría de los satisfechos.
Procedías de muy abajo, de los que no habían recibido nada, para quienes cada pequeña alegría era una conquista que se había de arrancar con la fuerza de los puños.
Entre nosotros, con nosotros, no era bondad, era el amor materno. Había de ser bondad. No sólo bondad para los demás. No esperabas agradecimientos ni reconocimiento. Era necesario, era indispensable, que te sintieras buena. Y, después de los ocho días que pasé en la habitación de tu agonía, creo que por fin lo descubrí.
De ti decían que eras un manojo de nervios. Eso quería decir que sentías intensamente las menores contradicciones, las más pequeñas contrariedades. Habías nacido, como tu padre, como la mayoría de tus hermanos y hermanas, con una tendencia a cierta morbidez, hoy se llamaría neurosis. Teníais, tanto unos como otros, una sensibilidad extrema. Todos intentaban en vano defenderse mediante el alcohol. La menor, que había asistido a aquella lucha de toda una familia, aquella decadencia progresiva de unos y otros, decidió, de muy joven, salvarse por sí misma.
¿Cómo podría guardarte rencor? Sé que durante la guerra escondías tus monedas de oro bajo el carbón. Se podría haber pensado que eran para ti, que era avaricia. Ahora bien, al mismo tiempo hacías bolsitas de ganchillo para cada uno de mis hijos. Yo te enviaba dinero para que vivieras desahogada. Llegó el día en que pudiste venir a devolverme todo aquel dinero.
Eres una de las personas más complejas que he conocido. Entre nosotros dos sólo había un hilo. Ese hilo era la voluntad feroz de ser buena, para los demás, pero tal vez, sobre todo, para ti.
Georges Simenon