Riad, 1 may (EFE).- Poco a poco, de forma casi imperceptible, el miedo al contagio por el coronavirus se ha colado en los hogares y los trabajos de Arabia Saudí, donde la compra de mascarillas se ha disparado y las autoridades no ocultan ya su preocupación.
Apenas se sabe todavía cómo se transmite el llamado síndrome respiratorio de Oriente Medio por coronavirus (MERS-CoV), y ese desconocimiento es lo que ha hecho que cualquier precaución parezca insuficiente.
A la espera de una vacuna o de que el Gobierno saudí lo declare oficialmente como epidemia, hay quienes han decidido cortar por lo sano.
La semana pasada, la preocupada madre de un novio que contraerá matrimonio en la ciudad de Tabuk (norte) añadió a mano un mensaje conminatorio en las invitaciones de boda: "Sin que se molesten, se ruega a las mujeres no darse la mano ni dar besos".
Por si las moscas, la futura suegra telefoneó uno por uno a los invitados para advertirles de que si no cumplían esa condición, no podrían asistir al enlace.
"La mascarilla es incómoda y antiestética, pero no quiero correr ningún riesgo", dice a Efe el funcionario Abdala Taez antes de entrar en un supermercado.
La adquisición de máscaras protectoras se ha duplicado en los últimos días, así como la de vitaminas, según explicó Fahat Bateryi, del comité farmacéutico de la Cámara de Comercio de Yeda, en declaraciones al diario "Arab News".
Esto ha llevado a una escasez de hasta el 30 por ciento en algunos productos, denunció el responsable de ventas de una compañía farmacéutica a ese mismo periódico, aunque aseguró que las empresas están capacitadas para cubrir la demanda.
Nada más llegar al aeropuerto de Riad, la amenaza del MERS se hace evidente.
Policías y guardas fronterizos cubren sus vías respiratorias con máscaras, pese a que la incidencia de la enfermedad es aún relativamente baja, con 361 casos oficiales registrados hasta ahora.
Sin embargo, la alta tasa de mortalidad -107 fallecimientos, prácticamente uno de cada tres infectados- mantiene en vilo a las autoridades, que investigan la posibilidad de que el coronavirus se transmita al ser humano a partir de los camellos.
Esa sospecha, todavía por confirmar, ha sumido en la zozobra a los vendedores de leche de camella.
Arabia Saudí no se caracteriza precisamente por la transparencia informativa, y ahora muchos ciudadanos consideran que no se conoce toda la realidad sobre el alcance de la infección.
"Me sorprende que con solo 300 casos hayan muerto más de cien personas. Creo que no se ha dicho la verdad completa, y que se ocultan cosas importantes", dice a Efe un ciudadano saudí que prefiere mantenerse en el anonimato.
Pese a ello, los diarios abren todos los días sus portadas con algún asunto relacionado con el MERS, y el Ministerio de Sanidad difunde a diestro y siniestro sus consejos para evitar el contagio, como taparse la boca con la manga de la chilaba al toser, en lugar de usar las manos.
La crisis se ha llevado ya por delante al ministro de Sanidad, Abdalá al Rabiah, destituido por el rey Abdalá por las críticas a su gestión y reemplazado por el hasta ahora titular de Trabajo, Adel Faqih.
Este último ha anunciado la creación de tres centros médicos especializados en diferentes partes del país y la formación de un consejo asesor integrado por expertos.
Pero, a la vez que se llama a la calma, el país se prepara para el hipotético estallido de una epidemia.
Más de 34.000 escuelas en todo el país deberán habilitar salas especiales de cuarentena para aislar a los alumnos que puedan presentar síntomas, antes de trasladarlos a un centro hospitalario o a sus casas.
Las habitaciones tendrán que estar equipadas con máscaras faciales, guantes profilácticos y termómetros.
La preocupación crece conforme se acerca la próxima peregrinación anual a la Meca, el Hach, que este año se celebrará a comienzos de octubre.