- ¿Cuál es, realmente, ésa que se llama la Gran Pregunta?
- La Gran Pregunta es: “¿Quién soy, de dónde vengo, adónde voy,
por qué, para qué, qué se espera de mí y cómo debo hacerlo?”
- ¿Y ha de planteársela todo el mundo?
- Tarde o temprano, todo el mundo. En esta vida o en otra futura,
pero todos hemos de llegar a ella.
- ¿Y qué ocurre mientras uno no se hace la Pregunta?
- Si a uno no le preocupa el más allá porque no se lo ha planteado
nunca en serio, puede vivir "feliz" desde el nacimiento hasta la muerte.
Y digo "feliz" porque, por muchas desgracias, por muchos problemas,
por muchas zozobras que llenen su vida, nada serán, comparadas con la
permanente insatisfacción que acompaña a quienes ya se han formulado
esa cuestión que, realmente, constituye como una frontera que divide la
evolución de cada hombre en dos partes totalmente diferentes y nunca
intercambiables.
- ¿Por qué?
- Porque si uno, por ejemplo, como nos ha enseñado la doctrina
tradicional cristiana en que los occidentales hemos sido criados, está
convencido de que, después de la muerte viene, no la nada, sino otra
vida, cualquiera que sea, siempre condicionada por la actual existencia,
pronto llega a la conclusión de que el asunto es de lo más importante
pues, por mucho que su vida terrena se prolongue, no pasará
excesivamente del siglo y, en cambio, lo que viene después, la eternidad,
según se nos dice, es algo, no por inconcebible menos impresionante. Y,
entonces, no puede por menos de preguntarse: ¿Vale la pena jugarse
toda la eternidad por un único siglo? ¿Es inteligente, eliminando
cualquier otra motivación, arriesgar una vida eterna de tormentos a
cambio de unos años con algún placer? Por supuesto que no.
- Pero eso, yo creo que no se lo plantea hoy ya casi nadie, ¿no?
- No. Porque lo que parece ocurrir es que la mayor parte de la gente
no cree sinceramente las "verdades" de la religión que dice o cree
profesar y que nunca ha estudiado con mente lógica. Y luego, claro,
cuando llega el momento, sufre las consecuencias.
- ¿Y qué ocurre con los que se enfrentan a la Gran Pregunta?
- Los que se la plantean, generalmente lo hacen después de haber
vivido una desgracia o pérdida familiar o un accidente o una situación
extraordinaria que les ha producido una sacudida espiritual y han sentido
aquello tan conocido de ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Y, desde ese
momento, tratan de encontrar una respuesta lógica y lo pasan mal, muy
mal. Podrán estudiar, trabajar, casarse, tener hijos y sacarlos adelante;
podrán aparentemente ser completamente "normales", podrán tener
alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, ilusiones y desengaños, como
todos. Pero por dentro, por dentro es distinto. Por dentro sienten,
permanentemente, una angustia que aumenta cada día que pasa sin hallar
esa respuesta a la Gran Pregunta, como si (cosa que, por otra parte, es
cierta) ese día fuese uno más, perdido e irrecuperable. Es una angustia
que, allá en el fondo, contiene, sin embargo, un poso, muy pequeño pero
real, de confianza, de seguridad, de certeza de que esa respuesta existe y
se encontrará. Y, quizá sea esa certeza indefinida y a veces ni percibida
conscientemente, pero real, la que nos reprocha, a su manera
(produciendo sensaciones de angustia y de vaciedad) cada día
transcurrido sin hallarla.
- ¿Y eso cuánto dura?
- Hasta que, en un momento determinado, se produce el milagro y
el espíritu pronuncia el jubiloso “eureka”, el “lo encontré”, que supone
el fin de todas las zozobras, la tranquilidad, la paz interior y el tan
anhelado reposo. Y ello da lugar a tal satisfacción, tal relajamiento, tal
sentimiento de plenitud, de pisar fuerte, de liberación que,
inevitablemente, el cambio interior trasciende a la vida externa.
- Pero, ¿en qué consiste ese chispazo que tú has dicho, qué es lo
que produce ese momento maravilloso, a partir del cual todo es distinto?
- Unas veces es un libro, otras una frase, un pensamiento, un
suceso, un recuerdo o cualquier otro estímulo que, a guisa de espoleta,
entra en ignición y desencadena el proceso que culmina en un empezar a
comprender, como si se levantase un telón y, desde ese instante, la vida
cobrase sentido y las piezas del puzzle que es la existencia, fueran
pudiendo ser colocadas en su sitio, y te permitiesen comprender mucho y
presentir mucho más, y te incitasen a seguir la búsqueda. Pero esa
búsqueda, una vez traspasada la frontera que supone el haber empezado
a vislumbrar la respuesta, ya es una búsqueda relajada aunque intensa,
emocionante aunque racional, imperativa aunque voluntaria.
- Y, ¿en qué consiste esa respuesta que produce en quien la recibe
tal serenidad, tal certeza y tal cambio interior y exterior?
- Para responderte será conveniente tratar antes algunos puntos que
han estado siempre implicados en el tema e, inconscientemente, nos han
influenciado más de lo que hemos percibido, hasta que esa gran
respuesta llega a nuestra mente y a nuestro corazón.
- ¿Y cuáles son esos puntos?
- Son éstos: Que no es posible creer seriamente en que después de
la muerte no haya nada. Nadie lo cree ni nadie lo puede creer, aunque así
lo asegure. Allá en el fondo de su alma, en un rinconcito ignorado,
quedará siempre el rescoldo de la inmortalidad, una certeza tenue,
mitigada, obnubilada si se quiere, disimulada, de que uno no dejará de
"ser", de que, de algún modo, seguirá existiendo en alguna parte. Los
demás puede que desaparezcan, pero uno mismo, no.
- Es verdad.
- Claro que lo es. Pero sigamos… El segundo punto se basa en que
no es lógico ni justo ni racional pensar que un Dios, que es todo amor, se
pueda ofender por los errores de Sus hijos, a los que Él ha creado como
son y hasta ha dotado de las facultades, tendencias y fallos que tienen.
- También eso es cierto. Sigue.
- El tercero afirma que es irracional que ese Padre Perfecto que es
Dios, todo amor, según se nos dice, como consecuencia de un error, de
un pecado de Sus hijos, no sólo se enoje, sino que los castigue al
tormento del infierno por toda la eternidad. No hay ninguna lógica,
ninguna proporcionalidad, ninguna justicia, ningún amor ni ninguna
comprensión en castigar para siempre, sin posibilidad de perdón ni de
rehabilitación, un acto momentáneo en una vida que, frente a la
eternidad, es infinitamente menor que una billonésima de segundo. El
razonamiento hace agua por todos lados: O Dios es Amor y, por tanto no
puede hacer tamaña barbaridad; o es un ser vengativo e irracional, en
cuyo caso no puede ser el Dios de la Justicia y del Amor.
- También eso está claro.
- Pues estos tres elementos están ahí, en el fondo del alma, como
hemos dicho, corroyendo irremisiblemente la fe que se nos exige (y que,
siguiendo con las contradicciones, se nos dice que la otorga Dios, a Su
arbitrio, a quien Él quiere) con el resultado de que unos, sin reflexionar
pero llevados de ese poso inconsciente, no se plantean más problemas,
no hacen demasiado caso de los dogmas y viven en la superficie de la
religión que aparentan profesar; y otros, más conscientes de esas
contradicciones y de otras muchas que van descubriendo, se plantean la
gran pregunta con la que iniciábamos estas líneas.
- ¿Y qué papel juegan las iglesias?
- Las iglesias, encerradas en sus dogmas, encorsetadas por sus
propias trayectorias históricas, más proclives a los intereses materiales
que a los del espíritu, han perdido sus conocimientos ocultos, aquellos
que, según la Escritura, impartía Cristo en privado a Sus discípulos,
mientras a la masa le hablaba en parábolas, y no tienen respuestas
racionales ni razonables para las preguntas que la gente va planteándose
y planteándoles. Su única respuesta es la necesidad de esa fe, repartida
por Dios desigualmente, con lo cual se cierra el círculo de la
irracionalidad. De ahí la desbandada de los llamados “creyentes” que,
precisamente por no serlo, dejan sus religiones tradicionales y buscan, a
ciegas, a quien pueda darles luz, con gran provecho de los
desaprensivos.
- Tienes razón. Pero, ¿qué ocurre con esos “creyentes” que ya no
creen y que buscan a ciegas?
- Aquí viene a cuento aquella cita del Evangelio (Mateo 7:7-8 y
Lucas 11.9-10), rigurosamente cierta en la práctica, y que dice: "Pedid y
recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque, todo el
que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre". Y,
ciertamente, todo el que se plantea la Gran Pregunta, “pide” una pista y
acaba por recibirla; y, una vez recibida, “busca” y acaba por encontrar
un mundo nuevo; y, cuando encuentra, "llama" y se le abre la puerta de
la evolución acelerada o Iniciación.
- Esto es interesantísimo. Ahora comprendo el contenido de esa
afirmación evangélica, que nunca había acabado de entender. Pero,
dime, ¿en qué consiste la respuesta a la Gran Pregunta?
Texto del libro