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General: LA GRAN PREGUNTA Y LA GRAN RESPUESTA...(I)
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Respuesta  Mensaje 1 de 3 en el tema 
De: moriajoan  (Mensaje original) Enviado: 25/10/2009 09:19

 

 

LA GRAN PREGUNTA Y LA GRAN RESPUESTA...(I)

Francisco-Manuel Nácher López

 

Mis labios te cantarán

alabanzas, si me explicas Tu ley.

Salmo 119: 171

 

- ¿Cuál es, realmente, ésa que se llama la Gran Pregunta?

- La Gran Pregunta es: “¿Quién soy, de dónde vengo, adónde voy,

por qué, para qué, qué se espera de mí y cómo debo hacerlo?”

- ¿Y ha de planteársela todo el mundo?

- Tarde o temprano, todo el mundo. En esta vida o en otra futura,

pero todos hemos de llegar a ella.

- ¿Y qué ocurre mientras uno no se hace la Pregunta?

- Si a uno no le preocupa el más allá porque no se lo ha planteado

nunca en serio, puede vivir "feliz" desde el nacimiento hasta la muerte.

Y digo "feliz" porque, por muchas desgracias, por muchos problemas,

por muchas zozobras que llenen su vida, nada serán, comparadas con la

permanente insatisfacción que acompaña a quienes ya se han formulado

esa cuestión que, realmente, constituye como una frontera que divide la

evolución de cada hombre en dos partes totalmente diferentes y nunca

intercambiables.

- ¿Por qué?

- Porque si uno, por ejemplo, como nos ha enseñado la doctrina

tradicional cristiana en que los occidentales hemos sido criados, está

convencido de que, después de la muerte viene, no la nada, sino otra

vida, cualquiera que sea, siempre condicionada por la actual existencia,

pronto llega a la conclusión de que el asunto es de lo más importante

pues, por mucho que su vida terrena se prolongue, no pasará

excesivamente del siglo y, en cambio, lo que viene después, la eternidad,

según se nos dice, es algo, no por inconcebible menos impresionante. Y,

entonces, no puede por menos de preguntarse: ¿Vale la pena jugarse

toda la eternidad por un único siglo? ¿Es inteligente, eliminando

cualquier otra motivación, arriesgar una vida eterna de tormentos a

cambio de unos años con algún placer? Por supuesto que no.

- Pero eso, yo creo que no se lo plantea hoy ya casi nadie, ¿no?

- No. Porque lo que parece ocurrir es que la mayor parte de la gente

no cree sinceramente las "verdades" de la religión que dice o cree

profesar y que nunca ha estudiado con mente lógica. Y luego, claro,

cuando llega el momento, sufre las consecuencias.

- ¿Y qué ocurre con los que se enfrentan a la Gran Pregunta?

- Los que se la plantean, generalmente lo hacen después de haber

vivido una desgracia o pérdida familiar o un accidente o una situación

extraordinaria que les ha producido una sacudida espiritual y han sentido

aquello tan conocido de ¿por qué yo?, ¿por qué a mí? Y, desde ese

momento, tratan de encontrar una respuesta lógica y lo pasan mal, muy

mal. Podrán estudiar, trabajar, casarse, tener hijos y sacarlos adelante;

podrán aparentemente ser completamente "normales", podrán tener

alegrías y tristezas, éxitos y fracasos, ilusiones y desengaños, como

todos. Pero por dentro, por dentro es distinto. Por dentro sienten,

permanentemente, una angustia que aumenta cada día que pasa sin hallar

esa respuesta a la Gran Pregunta, como si (cosa que, por otra parte, es

cierta) ese día fuese uno más, perdido e irrecuperable. Es una angustia

que, allá en el fondo, contiene, sin embargo, un poso, muy pequeño pero

real, de confianza, de seguridad, de certeza de que esa respuesta existe y

se encontrará. Y, quizá sea esa certeza indefinida y a veces ni percibida

conscientemente, pero real, la que nos reprocha, a su manera

(produciendo sensaciones de angustia y de vaciedad) cada día

transcurrido sin hallarla.

- ¿Y eso cuánto dura?

- Hasta que, en un momento determinado, se produce el milagro y

el espíritu pronuncia el jubiloso “eureka”, el “lo encontré”, que supone

el fin de todas las zozobras, la tranquilidad, la paz interior y el tan

anhelado reposo. Y ello da lugar a tal satisfacción, tal relajamiento, tal

sentimiento de plenitud, de pisar fuerte, de liberación que,

inevitablemente, el cambio interior trasciende a la vida externa.

- Pero, ¿en qué consiste ese chispazo que tú has dicho, qué es lo

que produce ese momento maravilloso, a partir del cual todo es distinto?

- Unas veces es un libro, otras una frase, un pensamiento, un

suceso, un recuerdo o cualquier otro estímulo que, a guisa de espoleta,

entra en ignición y desencadena el proceso que culmina en un empezar a

comprender, como si se levantase un telón y, desde ese instante, la vida

cobrase sentido y las piezas del puzzle que es la existencia, fueran

pudiendo ser colocadas en su sitio, y te permitiesen comprender mucho y

presentir mucho más, y te incitasen a seguir la búsqueda. Pero esa

búsqueda, una vez traspasada la frontera que supone el haber empezado

a vislumbrar la respuesta, ya es una búsqueda relajada aunque intensa,

emocionante aunque racional, imperativa aunque voluntaria.

- Y, ¿en qué consiste esa respuesta que produce en quien la recibe

tal serenidad, tal certeza y tal cambio interior y exterior?

- Para responderte será conveniente tratar antes algunos puntos que

han estado siempre implicados en el tema e, inconscientemente, nos han

influenciado más de lo que hemos percibido, hasta que esa gran

respuesta llega a nuestra mente y a nuestro corazón.

- ¿Y cuáles son esos puntos?

- Son éstos: Que no es posible creer seriamente en que después de

la muerte no haya nada. Nadie lo cree ni nadie lo puede creer, aunque así

lo asegure. Allá en el fondo de su alma, en un rinconcito ignorado,

quedará siempre el rescoldo de la inmortalidad, una certeza tenue,

mitigada, obnubilada si se quiere, disimulada, de que uno no dejará de

"ser", de que, de algún modo, seguirá existiendo en alguna parte. Los

demás puede que desaparezcan, pero uno mismo, no.

- Es verdad.

- Claro que lo es. Pero sigamos… El segundo punto se basa en que

no es lógico ni justo ni racional pensar que un Dios, que es todo amor, se

pueda ofender por los errores de Sus hijos, a los que Él ha creado como

son y hasta ha dotado de las facultades, tendencias y fallos que tienen.

- También eso es cierto. Sigue.

- El tercero afirma que es irracional que ese Padre Perfecto que es

Dios, todo amor, según se nos dice, como consecuencia de un error, de

un pecado de Sus hijos, no sólo se enoje, sino que los castigue al

tormento del infierno por toda la eternidad. No hay ninguna lógica,

ninguna proporcionalidad, ninguna justicia, ningún amor ni ninguna

comprensión en castigar para siempre, sin posibilidad de perdón ni de

rehabilitación, un acto momentáneo en una vida que, frente a la

eternidad, es infinitamente menor que una billonésima de segundo. El

razonamiento hace agua por todos lados: O Dios es Amor y, por tanto no

puede hacer tamaña barbaridad; o es un ser vengativo e irracional, en

cuyo caso no puede ser el Dios de la Justicia y del Amor.

- También eso está claro.

- Pues estos tres elementos están ahí, en el fondo del alma, como

hemos dicho, corroyendo irremisiblemente la fe que se nos exige (y que,

siguiendo con las contradicciones, se nos dice que la otorga Dios, a Su

arbitrio, a quien Él quiere) con el resultado de que unos, sin reflexionar

pero llevados de ese poso inconsciente, no se plantean más problemas,

no hacen demasiado caso de los dogmas y viven en la superficie de la

religión que aparentan profesar; y otros, más conscientes de esas

contradicciones y de otras muchas que van descubriendo, se plantean la

gran pregunta con la que iniciábamos estas líneas.

- ¿Y qué papel juegan las iglesias?

- Las iglesias, encerradas en sus dogmas, encorsetadas por sus

propias trayectorias históricas, más proclives a los intereses materiales

que a los del espíritu, han perdido sus conocimientos ocultos, aquellos

que, según la Escritura, impartía Cristo en privado a Sus discípulos,

mientras a la masa le hablaba en parábolas, y no tienen respuestas

racionales ni razonables para las preguntas que la gente va planteándose

y planteándoles. Su única respuesta es la necesidad de esa fe, repartida

por Dios desigualmente, con lo cual se cierra el círculo de la

irracionalidad. De ahí la desbandada de los llamados “creyentes” que,

precisamente por no serlo, dejan sus religiones tradicionales y buscan, a

ciegas, a quien pueda darles luz, con gran provecho de los

desaprensivos.

- Tienes razón. Pero, ¿qué ocurre con esos “creyentes” que ya no

creen y que buscan a ciegas?

- Aquí viene a cuento aquella cita del Evangelio (Mateo 7:7-8 y

Lucas 11.9-10), rigurosamente cierta en la práctica, y que dice: "Pedid y

recibiréis, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá. Porque, todo el

que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre". Y,

ciertamente, todo el que se plantea la Gran Pregunta, “pide” una pista y

acaba por recibirla; y, una vez recibida, “busca” y acaba por encontrar

un mundo nuevo; y, cuando encuentra, "llama" y se le abre la puerta de

la evolución acelerada o Iniciación.

- Esto es interesantísimo. Ahora comprendo el contenido de esa

afirmación evangélica, que nunca había acabado de entender. Pero,

dime, ¿en qué consiste la respuesta a la Gran Pregunta?

 

Texto del libro

 

¿QUÉ PASA CUANDO NOS MORIMOS? ¿Y DESPUÉS? 2ª edición.- Francisco-Manuel Nácher López

 

http://www.fraternidadrosacruzmadrid.com/index1.php

 

 

 
 


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Respuesta  Mensaje 2 de 3 en el tema 
De: ♥Cherry♥ Enviado: 25/10/2009 12:24
Un  amigo es un Angel que nos ayuda a ponernos de pié otra vez.......Leerte es un regalo para mis ojos.......Mil gracias por estar en esta casita de amigos que te recibe con mucho amor y traernos tan bello aporte, Bendiciones para ti, FELIZ DOMINGO!!!!!!!!.........abracitos de osos, muackkkkkkkkk
 
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Respuesta  Mensaje 3 de 3 en el tema 
De: moriajoan Enviado: 26/10/2009 15:34

 

 

LA GRAN PREGUNTA Y LA GRAN RESPUESTA...Y(II)

Francisco-Manuel Nácher López

 

Mis labios te cantarán

alabanzas, si me explicas Tu ley.

Salmo 119: 171

 

- La Gran Respuesta no es una nueva argumentación para defender

los dogmas tradicionales, porque eso chocaría con ese poso inconsciente

que todos hemos ido creando. Es un nuevo principio, un nuevo Dios, no

muerto, sino vivo, una nueva relación con Él y, derivada de ello, toda

una nueva concepción de la vida, de la muerte y del mundo pero, al

mismo tiempo, comprensible, lógica y racional. Y esa “nueva” doctrina

se basa en los siguientes puntos fundamentales:

a.- Que todos, no sólo los hombres, sino todos los seres, y aún lo

aparentemente inerte y sin vida, somos manifestaciones de Dios, parte de

Él.

b.- Que, en cuanto al hombre se refiere, es una chispa de la hoguera

divina, que nace dentro de Dios, es decir, "en Dios", no "de Dios", con

todas las facultades divinas en potencia, y sin conciencia de su propia

individualidad. Por eso la Escritura (Hechos 17:27) dice, sin

eufemismos, que “en Él vivimos, nos movemos y tenemos nuestro ser”.

c.- Que esa chispa inmortal que somos, ha de desarrollar las

potencialidades divinas hasta convertirse en un dios creador, como lo es

su propio Dios Creador. Y ha de ir descubriendo su propia

individualidad.

d.- Que, para ello, ha de recorrer un camino que comprende dos

tramos: La "involución", que va, desde la emanación, "en Dios", de la

chispa divina, hasta el logro de la máxima materialidad en el mundo

físico; y la "evolución" que se extiende, desde ese momento, en que el

hombre, además, ha desarrollado la mente y con ella el intelecto, la

individualidad y el libre albedrío y, consecuentemente, la

responsabilidad, hasta la unión con el Padre, ya convertido en un dios

creador.

e.- Que, para esos dos recorridos, el espíritu del hombre necesita

una serie de vehículos en los que expresarse, que van creciendo en

densidad a lo largo de la involución, y espiritualizándose durante la

evolución.

f.- Que, en cada uno de esos vehículos, pero cada vez más

despierto, consciente y evolucionado, el espíritu vive una serie casi

infinita de existencias que le llevan, desde la ameba hasta el hombre

actual y desde éste hasta Dios.

g.- Que el espíritu del hombre es, por tanto, inmortal y va

reencarnando en los distintos vehículos que va necesitando y

construyendo, uno de los cuales es nuestro actual cuerpo físico.

h.- Que toda la Creación está regida por una serie de leyes

naturales, que no son sino las manifestaciones, las líneas de fuerza por

las que discurre la voluntad divina, los planes que Dios mismo ha

concebido para el funcionamiento de Su obra.

i.- Que hay una ley básica, que lo gobierna todo. Una ley de la

cual la propia creación es una consecuencia. Y esa ley es la del Amor.

Pero el amor entendido como entrega, como dedicación, como ayuda,

como colaboración, como identificación, y sin poso de egoísmo ni

exclusividad. Ese amor es la energía que nos empuja, durante nuestra

evolución, por las líneas de fuerza correctas, aquéllas por donde discurre

la voluntad divina.

Todo pensamiento, deseo, sentimiento, palabra u obra, pues, que se

ajuste a ese amor al prójimo (dado que amar al prójimo, en el fondo, es

amarse a sí mismo, ya que todos somos partes del mismo Dios y, por

tanto, uno con Él y, si queremos evolucionar, ha de ser de consuno,

sintonizados y en una misma dirección), nos hará avanzar e ir ampliando

nuestra conciencia, lo cual significa comprender mejor la vida y la

muerte y el universo en general y recibir, al mismo tiempo o, mejor,

como consecuencia de esa ampliación de conciencia, nuevas energías y

renovados deseos de recorrer el "buen camino".

Por otra parte, toda infracción de esa Ley del Amor ("Ama a tu

prójimo como a ti mismo") supone un error, un apartarse del camino

correcto, de la voluntad divina y, como cualquier actuación, supone

poner en movimiento fuerzas que producen los correspondientes efectos.

j.- Que otra de esas leyes básicas, importantísima, es la llamada ley

del "Karma", de "Acción y Reacción" o de "Retribución", que es la

encargada de que los hombres aprendamos a adaptarnos a los planes

divinos, es decir, a lo que nuestro Creador ha deseado para nosotros, a

pesar de habernos hecho libres. Y, para ello, cuando con nuestros

pensamientos, palabras u obras, infringimos la ley del Amor, o nos

atenemos a ella, la Ley de Retribución nos hace vivir, entre vidas, así

como en las futuras encarnaciones, las consecuencias respectivas de

nuestro error o de nuestro acierto. No se trata nunca de un premio ni de

un castigo, sino de las consecuencias naturales, lógicas y previstas,

buenas o malas, de nuestros actos. Ni se trata de que Dios se enoje con

sus criaturas. Por tanto, “el temor de Dios” de que se habla con

frecuencia es algo intrínsecamente blasfemo.

- ¿Es que no se enoja?

- Ése es el Dios del Antiguo Testamento, que fue la religión dada,

mediante el Pentateuco, a la raza raíz de todos los pueblos arios, en un

momento en que convenía el “temor de Dios” porque habían de

desarrollar la voluntad, y ese Dios castigador se adaptaba a su

idiosincrasia y capacidad y evolución de entonces, y les hacía sacrificar

sus bienes más preciados y sus primogénitos, entregándolos al servicio

del Señor. Fue una preparación para la religión de Cristo, pero era una

religión de raza, dada sólo a ese pueblo, otra visión de Dios, que no casa

con el Padre amoroso de que Cristo vino a hablar. De ahí las

incongruencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento.

- Esto aclara mucho las cosas.

- Sí. Se ha producido una gran confusión. Por eso la iglesia, hasta

hace muy poco, tenía prohibida a los cristianos la lectura del Antiguo

Testamento. Porque era, y sigue siendo, incapaz de explicar cómo puede

ser el mismo Dios el Jehová sanguinario y vengativo del Antiguo

Testamento y el Padre del Amor predicado por Cristo en el Nuevo.

Realmente, Dios es todo amor y nos ayuda cuando se lo pedimos y nos

espera con los brazos abiertos, como el padre del Hijo Pródigo - que a

eso se refiere la parábola - , pero respeta en todo momento nuestra

libertad.

- ¿Entonces no nos castiga?

- En absoluto. Acabo de decirte que respeta nuestra libertad, es

decir, permite que nos equivoquemos. Y son las leyes naturales, no Dios

personalmente, las que actúan. De modo que, si las fuerzas puestas en

marcha por nosotros, con nuestros pensamientos, palabras o actos, son

positivas, nos traerán felicidad y, si no, nos traerán desgracias,

problemas, frustraciones, enfermedades, etc. en esta vida o en las

futuras, y experimentaremos, tras la muerte, el daño que con esas

actuaciones causamos a otros.

- Esa manera de ver las cosas lo cambia todo, ¿no?

- Sí. Lo pone en su sitio. En el que Cristo lo situó. Pero aún quiero

hablarte de una última ley natural a la que, indirectamente ya he hecho

mención antes.

- ¿Cuál?

- La Ley del Renacimiento. Según ella, para que ese espíritu que

somos pueda desplegar sus posibilidades divinas, es preciso que viva un

número indeterminado de veces, que dependerá del uso que cada cual

haga de su libertad, en los distintos mundos inferiores, lo cual hace

necesarios, cada vez, el nacimiento y la muerte para, respectivamente,

dar comienzo a cada vida y darle fin, e iniciar el período de reflexión y

asimilación post mortem de las lecciones aprendidas. Ésta es, pues, en

resumen, la respuesta a la Gran Pregunta.

- Realmente, es una nueva visión de Dios y de la religión.

- Y es muy tranquilizadora, porque nos hace posible interpretar y

comprender, sin forzar nada, las Escrituras, la vida, la muerte y cuanto

sucede en nuestro entorno. Y, sobre todo, nos permite tener acceso a

aquello que el propio Cristo exponía confidencialmente a Sus discípulos,

ya que la humanidad, sobre todo la occidental, en su mayor parte, ha

evolucionado lo suficiente para comprender estos temas e interesarse por

ellos.

* * *

 

Texto del libro

 

¿QUÉ PASA CUANDO NOS MORIMOS? ¿Y DESPUÉS? 2ª edición.- Francisco-Manuel Nácher López

 

Puedes seguir leyendo aquí

 

http://www.fraternidadrosacruzmadrid.com/fmnacher/libros/Que%20pasa%20cuando%20nos%20morimos.pdf

 

 
 


 
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