, Lactancio desarrolló aún más este tema. Y
escribió:
"Dios, en el principio, antes de crear el mundo, engendró del manantial de Su
propia eternidad y de Su propio y eterno espíritu, un Hijo incorruptible y leal, como
corresponde al poder y majestad de Su Padre. Él es el Poder, la Razón, la Palabra y la
Sabiduría de Dios... asociado al poder supremo... pues todas las cosas fueron hechas
por Él y ninguna sin Él".
El siguiente extracto de una carta originaria del Consejo de Antioquía, muestra
las creencias de la Iglesia primitiva, probablemente originarias del tiempo de los
Apóstoles: "Reconocemos que el único Hijo engendrado es el Dios invisible,
engendrado antes de toda creación, la Sabiduría y la Palabra y el Poder de Dios, que
fue antes que los mundos... como lo conocimos en el Antiguo y en el Nuevo
Testamento. Pero, si alguien pretende que nosotros hablamos de dos dioses cuando
predicamos que el Hijo de Dios es Dios, consideramos que ese tal debe salir del
canon eclesiástico... Nosotros creemos que Él estuvo siempre con el Padre y cumplió
la voluntad de Su Padre creando el universo.". Luego, el Consejo cita a Juan 1:3 y
Colosenses 1:16 para demostrar que el mundo fue creado por Cristo como "realmente
existente, actuante, siendo, a la vez, el Verbo de Dios mediante el cual el Padre hizo
todas las cosas... Ni fue el Hijo un mero espectador ni estuvo simplemente presente,
sino que actuó eficientemente en la creación del universo. Y fue Él quien,
cumpliendo la orden de Su Padre, se apareció a los Patriarcas..."
Bernabé, un aventajado discípulo de San Pablo, dice en su Epístola apócrifa
que "el Señor soportó sufrir por nuestros pecados, aunque El es el Señor del mundo
al cual Dios le dijo, antes de la construcción del mundo... hagamos al hombre a
nuestra imagen y semejanza, y que tenga dominio sobre las bestias de la tierra y
sobre las aves del aire y los peces del mar. Y, cuando el Señor vio al hombre que
había formado y vio que estaba bien, dijo, creced y multiplicaos y rellenad la tierra.
Y hasta aquí habló a Su Hijo".
Los primeros Padres de la Iglesia, algunos de los cuales recibieron sus
enseñanzas directamente de los Doce originales, reconocían la necesidad de ese
resplandeciente Ser Solar que adquirió la apariencia humana para que el hombre
pudiera establecer contacto directo con Él.
Refiriéndose al Espíritu Solar, Ireneo, un célebre Padre de la iglesia griega del
siglo segundo, dijo que "pudo haber venido a nosotros en su incorruptible gloria,
pero nosotros no hubiéramos podido soportar la grandeza de su gloria". Y Orígenes,
otro Padre griego (185-243 d. C) escribió: "El cual (el Verbo), estando en el
principio con Dios, se hizo carne para que pudiera ser comprendido por los que no
eran aún capaces de mirarlo en Su aspecto de Dios que estaba con Dios y que era
Dios". Y añade: "Descendiendo hasta el que no era capaz de mirar la chispeante
brillantez de Su divinidad, se hizo humano".
De nuevo citamos a Lactancio: "Las Escrituras enseñan que el Hijo de Dios es
el Verbo o Razón de Dios" y añade concretando: " Si alguien se asombrara de que
Dios fuese engendrado por Dios mediante la voz y el aliento, dejaría de maravillarse
al conocer los sagrados anuncios de los profetas".
Tertuliano, un célebre escritor eclesiástico y Padre de la Iglesia Latina (150-
250 d.C.) explicó: "Dios no hubiera podido entrar en conversación con el hombre sin
asumir los sentimientos y afectos humanos, mediante los cuales pudo atemperar la
grandeza de Su majestad, que hubiera resultado insoportable para la debilidad
humana... aunque era necesaria para el hombre".
San Clemente de Roma, que vivió en el siglo primero d. C. y del que se dice
que fue el tercer obispo de Roma después de San Pedro, dice de Cristo: "El brillo de
cuya majestad es mucho más elevado que el de los ángeles, puesto que ha recibido en
herencia un nombre más excelente".
El Señor Cristo es el más avanzado de los Arcángeles, que están, en la
evolución, un escalón por encima de los ángeles. En el libro apócrifo de Hermes
(siglo II d. C.) aparece esta afirmación: "El Hijo de Dios es más antiguo que
cualquier otra criatura, de modo que estuvo en la Creación aconsejando a Su Padre".
Dios el Padre es el más elevado iniciado de la Jerarquía de Sagitario, llamada de los
Señores de la Mente. Cristo es el más elevado iniciado de la Jerarquía de
Capricornio, hogar de los arcángeles.
Este gran Ser estuvo con el Padre en los momentos de la Creación; y en el
segundo día, en el Período Solar, se consagró a Sí mismo como Regente de la Tierra
y salvador de la humanidad. Debe observarse, pues, cómo estos dos Seres trabajaron
en armonía durante la creación de este planeta y de todo lo que en él existe. Los
Doce Discípulos originales, junto con los discípulos de éstos, como se dice por los
Padres de la Iglesia de las tres primeras centurias, eran iniciados, capaces de estudiar
los registros akásicos (la Memoria de la Naturaleza) en los que estas verdades están
indeleblemente grabadas.
Por eso San Pablo se refiere a Cristo en Colosenses 1:15 como "el primogénito
(primero engendrado) de toda criatura". Se deduce de ello que San Pablo quería decir
que Cristo no fue creado, sino que existía antes de la Creación; en otras palabras, que
era autoexistente con el Padre.
Justino Mártir, un Padre de la Iglesia griega del siglo primero, llama
expresamente a Cristo " el primero engendrado de Dios, antes de todas las cosas
creadas". Orígenes hace una afirmación similar indicando que la doctrina relativa a la
naturaleza cósmica de Cristo era una enseñanza generalizada entre los fundadores de
la Iglesia primitiva. Dice Orígenes, poniendo estas palabras en boca de Dios: "Te he
engendrado a ti antes que a toda criatura inteligente"; y añade: "Cristo fue la imagen
del Dios invisible, engendrada antes de toda criatura e inaccesible a la muerte".
El tema Crístico, como una hermosa sinfonía, resuena a lo largo del Antiguo
Testamento y sus ecos se hallan en los escritos de los primeros devotos cristianos. De
acuerdo con Tertuliano e Ireneo, fue Cristo el que habló a Adán en el Jardín del
Edén. Ireneo dice también que fue Cristo quien aconsejó a Noé con relación a la
destrucción provocada por el Diluvio.