Dejo ir aquello que no fomenta mi bien.
La gracia de Dios me libera de hábitos y pensamientos erróneos. En esta libertad, abro mi corazón a la presencia crística en mí. Al aquietar mis pensamientos, despierto al momento presente y me libero del temor, la duda y la preocupación.
Dejo ir creencias que ya no me sirven y preparo el camino para un bien mayor. Vigilo cuidadosamente mis pensamientos y acciones, invitando a que todo lo que es correcto y bueno eche raíces y crezca en mi conciencia. Todo lo demás --cualquier pensamiento negativo, palabra ruda o acción inapropiada-- lo entrego al poder y la presencia de Dios.
Por medio del poder de la eliminación, crezco espiritualmente. Gracias a este crecimiento, expreso más el Cristo en mí, y soy feliz, fuerte y libre.
El perfecto amor echa fuera el temor.--1 Juan 4:18 |