Cuando somos capaces de reflexionar sobre nuestras emociones negativas, a
menudo la primera reacción que nos asalta es la de reprimirlas para que no
afloren al exterior y comiencen a realizar los desastres que imprimen en la
conducta emocional. Sin embargo, aprisionarlas no las evita, sino que las
encapsula en una especie de estrato mortal que mina la salud de nuestra
mente y del espíritu. La represión siempre causa estancamiento y parálisis
en algún lugar del campo energético que nos anima y por lo tanto, afectará
irremediablemente a los órganos y sistemas corporales que se nutren de él.
Las experiencias de dolor no procesadas sofocan y reducen la carga emocional
positiva y esto conduce, sin remedio, a la disfunción cuerpo-mente. Durante
toda nuestra vida hemos empleado gran parte de nuestra energía vital en
suprimir las emociones y tenerlas almacenadas para librarnos de su carga
negativa. Pero que no sean evidentes no significa que no existan. Que no
actúen soterradas bajo los niveles pretendidos de positivismos, alegría o
autoestima. Socavan conductos subterráneos de malestar comprimido que hacen
débiles los cimientos de nuestra fortaleza. Por ello, el camino no es la
represión, sino la transformación. Podemos poner en práctica estos pasos:
1. - Reconocer y aceptar lo que nos haya sucedido, del tipo emocional que
sea.
2. No tratar de obviarlo, ni pretender que no sucedió. No reprimirlo ni
ignorarlo. Entender por qué llegamos a ese punto, en qué parte tuvimos
responsabilidad y en cual no. Y sobre todo tratar de entender a quienes nos
dañaron. Nadie da lo que no tiene dentro de sí, por eso no se lo podemos
pedir.
3. Liberar la fuerza vital atrapada de signo negativo por medio de la
meditación, la reflexión o el diálogo con nosotros mismos mediante
afirmaciones positivas.
4. Dejarlo ir e implicarnos en la tarea de la reconstrucción de nuestro
edificio emocional interno. Decorarlo a nuestro gusto y salir a la vida que
siempre nos espera gustosa de acogernos.