La conciencia de que el desamor y la incongruencia de los creyentes genera la incredulidad de los que no confiesan a Jesús como Señor ya era patente para el apóstol san Pablo, que lo escribía con todas sus letras a sus hermanos judíos: "por culpa de ustedes maldicen los paganos el Nombre de Dios".
La comunidad en donde los cristianos vivamos y donde nos reunamos a celebrar la fe, tiene derecho a exigirnos congruencia y fidelidad al mensaje que profesamos.
No se trata de multiplicar las prédicas, ni los discursos. Es algo menos sonoro pero más persuasivo: se trata de vivir haciendo el bien y curando, en la medida de nuestras posibilidades, las enfermedades que afligen el cuerpo y el espíritu de nosotros mismos y de nuestros parientes y vecinos