un milagro de sábado al mediodía
Creo que las batallas más grandes las libro contra el enemigo más temible, mi mente. Y eso Dios lo sabe, por eso busca sorprenderme de modo tal que pueda “tomarme desprevenido”, para que las barreras intelectuales no levanten paredes que impidan que el mensaje llegue hasta el alma.
Podría contar muchas anécdotas al respecto; todas dejan de manifiesto el buen humor del Padre.
¿Te cuénto una?
Soy propietario de un comercio minorista de productos y servicios de electrónica e informática. Por el tipo de actividad, históricamente alrededor de un 50% de las ventas se concretan con “dinero plástico” (tarjetas de débito o crédito).
Un viernes a las 5 de la tarde aproximadamente, el empleado que atiende la caja me informó que la máquina que recibe estas tarjetas no funcionaba, porque la línea telefónica estaba interrumpida.
Llamé a la compañía de teléfonos y me dijeron que por la hora y el día de la semana, no podrían reparar el problema hasta pasadas 48 horas a partir del día hábil siguiente (después del fín de semana).
Esto significaba importantes pérdidas para la empresa, pero informé de esta limitación a mis empleados.
Luego de lo que te voy a contar, entendí que estos eran los preparativos para el milagro. Dios obra como un director de teatro, que prepara todo: escenario, luces, textos, personajes…
Al día siguiente (sábado) una señora salía de una reunión en una escuela. En la vereda había más de cuarenta mujeres.
De pronto, sintió que no había quedado nadie. Que todos se habían ido… y estaba sola con su amiga, frente a un anciano de alrededor de 75 años. Estaba bien vestido, prolijo, limpio, zapatos lustrados, buena presencia. No tenía idea de quien era.
El anciano se acercó y comenzó entre ellos un diálogo bastante loco:
-¿no sabe donde puedo encontrar un pastor?
-No tengo idea, pero vaya a alguna iglesia.
-Si, pero están todas cerradas.
-Es que los cristianos, igual que todos, están trabajando a esta hora.
-¿Pero nadie estará en su iglesia?
-parece que no
-pero… ¡necesito hablar con un pastor!”.
- Mire, yo no soy cristiana, pero conozco a alguien que creo que lo puede ayudar.
-¿Es un pastor?
-No, pero es cristiano. Venga, suba al auto que lo llevo.
Cuando estaban en viaje hacia mi oficina, el anciano le preguntó:
-¿usted cree en Dios?
-no, soy atea.
-Entonces me bajo, si no le molesta…
-Mire, ya estamos en camino, faltan unas cuadras…
Y llegaron, faltando poco más de quince minutos del cierre de mi comercio. Había mucha gente. La señora dijo: “necesito hablar urgente con Héctor”.
Salí de mi oficina, la saludé y me mostró al anciano. Me dijo:
-Necesita un pastor, y pensé en vos.
Me sorprendí, pero le dije:
-claro, quedate tranquila. Ya hiciste lo que tenías que hacer. Gracias.
La mujer se retiró y el anciano entró a mi oficina, a contarme su historia de milagros se sanidad. Hacía 50 años que vivía en mi ciudad. Había estado muy enfermo, hasta que un día compró una Biblia y se acostó en la cama a leerla. Estaba tan mal que necesitaba agarraderas para poder levantarse y acostarse.
Se quedó dormido con el libro en el pecho después de haberle entregado su corazón a Cristo. Se despertó entre sueños porque sentía mucho calor, “como un fuego” que lo recorría todo. Cuando se despertó, se levantó de la cama y se sentía completamente recuperado. Desde allí en más no volvió a tener ningún síntoma.
Pero a partir de entonces, según sus dichos, Dios le muestra personas a quienes tiene que poner su mano… y esas mujeres o varones son sanados.
Todo esto le pasó sin que consiguiera que ningún clérigo lo escuche. Y estaba buscando uno.
Durante los 5 minutos que le llevaron al anciano contarme lo que estaba viviendo, veo a través de la ventana de mi oficina que (apurado porque ya era hora de cierre) en el salón de ventas está siendo atendido ¡un pastor conocido!.
Obviamente que el clérigo no tenía idea de nada, venía como cliente.
Salí inmediatamente y le hablé. Le dije que tenía en el escritorio un viejito que lo estaba necesitando.
Entró asombrado y habló dos minutos, el tiempo suficiente para pactar una hora de encuentro en su casa.
Durante esos dos minutos golpeó la puerta de la oficina el empleado de caja, completamente asombrado, para decirme que misteriosamente la máquina de tarjetas se había arreglado y que estaba haciendo ventas sin problemas.
Acompañé al anciano a su casa, preguntándome cuántas probabilidades habría de que esta cadena de hechos se dieran en esos 25 minutos…
Probablemente para vos esto no sea significativo.
Lo fue para mí, que sentí el obrar de Dios, lo fue para el hombre mayor, que se fue llorando porque también sentía que el Señor lo había escuchado, lo fue para la mujer que lo trajo, que terminó entendiendo que algo sobrenatural había sucedido y que ella había sido “usada” por Dios.
Y espero de corazón que haya hoy sido capaz de transmitirte el encuentro y este milagro de una forma en que vos ahora puedas sentir igual que yo, un profundo agradecimiento al mejor Papá del mundo.
¡Gracias Señor!
DIOS TE BENDIGA
HECTOR SPACCAROTELLA
tiempodevocional@hotmail.com
www.puntospacca.net
RIO GALLEGOS ARGENTINA