RESURRECCION DELSEÑOR
INTRODUCCIÓN.
Meditamos el primer misterio glorioso del Rosario,
la Resurrección del Señor,
con los sentimientos del corazón de la Virgen Madre.
Le pedimos que nos haga partícipes del
gozo que le inunda para proclamar con Ella la fuerza divina
del poder de Cristo y las grandezas de su amor misericordioso.
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Dios lo resucitó al tercer día y nos lo hizo ver, no a todo el pueblo,
sino a los testigos que él había designado: a nosotros,
que hemos comido y bebido con él después de su resurrección
La Resurrección de Cristo confirma su personalidad divina
y la verdad de su misión salvífica, de su doctrina,
de sus milagros, de su estilo de vida...
Jesús resucitado es el ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo,
que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo;
porque Dios estaba con Él. Nosotros somos testigos.
Este Jesús, colgado y muerto en la cruz, es el que resucitó al tercer día.
Los apóstoles reciben el encargo del Señor de predicar al pueblo
su vida, pasión, muerte y resurrección,
dando solemne testimonio de que Dios lo ha nombrado juez de vivos
y muertos. El testimonio de los profetas es unánime:
que los que creen en él, reciben por su nombre, el perdón de los pecados.
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SEGUNDA LECTURA. Colosenses, 3, 1-4
Nuestra participación en la resurrección de Cristo.
La Resurrección de Cristo inaugura una nueva vida
que se nos comunica por el Bautismo.
Es una fuerte invitación a vivir en Cristo,
fieles al Evangelio, como miembros de la Iglesia católica
donde el resucitado nos congrega.
Participamos de la resurrección de Cristo por la virtud del
sacramento del Bautismo, muriendo al pecado para vivir en
Él. Por lo tanto, buscad los bienes de allá arriba, donde está Cristo,
sentado a la derecha de Dios; aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra.
Buscamos los bienes de arriba cuando vivimos y cultivamos la vida
de arriba que es la vida de la gracia santificante recibida en el sacramento del Bautismo.
Cultivamos la vida de la gracia santificante por los sacramentos que Cristo
nos ofrece en la Iglesia. Necesitamos de la frecuencia del sacramento
de la Reconciliación, de la Misericordia, que perdona el pecado
y fortalece la voluntad.
Necesitamos de la centralidad de la Eucaristía
que nos ofrece el cuerpo y la sangre de Cristo
como alimento del camino.
Necesitamos del ascetismo de las virtudes sobrenaturales
que desarrollan armónicamente la vida sobrenatural.
Necesitamos del rezo y de la oración,
oxígeno indispensable para respirar sobrenaturalmente
y experimentar la intimidad con el resucitado.
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