Jorge Mario Bergoglio vuelve a reunirse esta mañana con los cardenales. Una audiencia prevista en el aula clementina que tiene un sentido protocolario y que resuelve la agenda oficial del Papa, pues no existe noticia de otras actividades hasta la cumbre con la prensa de mañana y hasta el ángelus del domingo.
Será la ocasión de reencontrarse con los fieles y de habituarse a un color, el blanco, que parecía inaccesible, cuando no prohibido, a los miembros de la Compañía de Jesús, cuya trayectoria de casi cinco siglos con las prioridades programáticas de la educación y la evangelización nunca ha aportado el revulsivo de un solo Pontífice.
Semejante evidencia no contradice el poder histórico ni contemporáneo de los jesuitas. Hasta el extremo de considerarse 'Papa negro' a la máxima autoridad de la Compañía. Una manera de significar su extraordinaria influencia temporal, más allá de otras acepciones convencionales, como el color negro de las sotanas de los jesuitas y el papel de consejero, o de papa en la sombra, que ha caracterizado algunas bicefalias que gobernaron la Santa Sede.
En realidad, la ausencia de pontífices jesuitas hasta la designación de Bergoglio no obedece exactamente a la discriminación como a que los principios fundacionales de la Compañía, elaborados al dictado de San Ignacio de Loyola en 1540, excluían las pretensiones de ocupar dignidades eclesiásticas, siempre y cuando no fueran establecidas por el criterio del eventual Papa.
Entre los votos característicos de los jesuitas tanto figuran los habituales de las órdenes religiosas -obediencia, pobreza y castidad- como lo hace un cuarto específico que concierne a la obediencia al Papa, de tal forma que un Papa jesuita sería una especie de anomalía o de fenómeno endogámico.
O no lo sería si la designación de Bergoglio como arzobispo de Buenos Aires y como cardenal primado de Argentina "por orden" del Papa implicara, como es el caso, una dispensa de los votos, una "supensión" y, por la misma razón, una posición compatible con la carrera al trono de San Pedro.
Efervescencia e incertidumbre
Lo ocupa desde las siete de la tarde del martes Jorge Mario Bergoglio, motivo por el cual la sede romana de la Compañía se atiene a una mezcla de efervescencia e incertidumbre. Efervescencia por la novedad de un jesuita al frente de la Iglesia. Incertiumbre porque han desempeñado ellos un papel independiente, incluso aristocrático, tantas veces origen de los recelos de otras órdenes e instituciones.
Recelos que ahora crecen y que mantienen en situación de alerta a los movimientos conservadores que pujaron al abrigo de Wojtyla. Empezando por los neocatecumanales y los legionarios de Cristo. Y por la prelatura del Opus Dei, cuyos exponentes romanos nos confiesan "sottovoce" que Bergoglio no les agrada y que hubieran preferido la alternativa sudamericana y continuista del brasileño Scherer.
Se entendería así el apodo conciliador que ha buscado y encontrado Bergoglio. No se llama Francisco en homenaje a los santos más ilustres de la Compañía (Francisco Javier, Francisco de Borja), sino en alusión al San Francisco de los pobres y de los damnificados.
"En realidad, San Ignacio de Loyola tomaba ejemplo de San Francisco de Asís", aclaraba en plan corporativo Antonio Spadaro. Es el director de la revista Civiltà Cattolica, un azote impenitente a la gestión de Bertone como subalterno de Benedicto XVI y una plataforma mediática en la que se han expresado los teólogos jesuitas más beligerantes hacia el conservadurismo de los últimos 35 años.
Han sido los medios de comunicación un "arma" de los jesuitas romanos, como lo demuestra la titularidad de la Radio Vaticana, aunque la salud de la ubicua Compañía no puede considerarse demasiado entusiasta. Especialmente por el descenso de las vocaciones y por la escasez de valedores en el ámbito episcopal -67 obispos en todo el mundo-, aunque la llegada providencial de Bergoglio ha obrado una singular proeza cromática: el negro se convirtió en blanco.