Llegado
a viejo, en su decadente senilidad, el mafioso parecía un agradable
abuelito y con tal disfraz engañaba aquí y allá; pero la Historia no
olvida, y nos recuerda que por donde pasó dividió. El disfraz
antogobiernista se cae, cuando a los años viene la prueba del profesor
de apellido alemán que les patrocinaba sus aventuras. El viejo canalla lanza amenazas pensando que como en otros tiempos intimida,
cuando estas fracasan, se disculpa diciendo que sus estados de animo
obedecen a su diabetes que en ocasiones lo ponen de malas. Ya solo le
queda poner apodos, insano deporte en el que pasa sus miserables horas.
Apoda Ultiminio al que después alabará, tan solo aguardando la hora de
deshacerse de él, cuando ya no le sea útil a su perverso fin de
presentarse como comunista. Pero el viejo pelea contra el tiempo...