Un buen día, los hombres decidieron que podían vivir sin dioses. Así que hicieron limpia: cogieron el cuchillo y, sin más, los mataron.
Sin embargo pasó el tiempo, y los hombres se dieron cuenta: les faltaba algo en qué creer. "Bueno, pues creemos dioses nuevos". Y eligieron
algunos mortales para convertirlos en deidades.
Pero los mercaderes siempre acechan el templo, la religión es poder y no pocos padres se dijeron, frotando las manos: "Mi hijo será el nuevo dios".
Él podría haber tenido una infancia como cualquiera, pero a los cinco años ya era una caja registradora. El número uno en la Escuela de Dioses.
Le enseñaron a amar y ser amado como un dios: en masa, nada de intimidades.
Le enseñaron que los dioses hacen cosas de dioses: son excéntricos, tienen rarezas incomprensibles que les separan de los humanos.
Le enseñaron que él mismo podía decidir su aspecto, su color de piel; por algo era dios.
Allá donde iba, todos le reverenciaban. Allá donde pisaban sus botas de generalísimo de los ejércitos,
aparecían mantos de flores. Abría la boca y el tiempo se detenía.
Pero, cuando estaba a solas, dios se preguntaba: "¿No he salido yo de un útero materno? ¿Acaso nacen los dioses de humanos?".
De pronto se halló acariciando a todos los niños que se le acercaban.
¿Estaba dando cariño al niño que él mismo nunca pudo ser, tan ocupado en la Escuela de Dioses?
Y llegaron las dudas, pero recordemos que los dioses no dudan -
y menos cuando millones de súbditos les recuerdan día tras día, hora tras hora, segundo tras segundo, su deífica condición-.
Pero dios no podía dejar tirados a los que se habían ordenado en su fe, y tampoco a sus pastores,
que se lucraban convirtiendo devociones en dinero, como ha sucedido siempre.
Poco a poco esa esquizofrenia, ese amor masivo y deificante,
unido a la sospecha de su condición terrenal, empezó a provocarle a dios un íntimo (y muy humano) dolor de pecho.
Un malestar que comenzó a combatir con auténtica medicina de dioses:
el mismo demerol que su suegro-dios Elvis gustaba de llevar en una maleta.
Y unos decían: "¿Véis? ¿Para qué queríamos dioses?". Y los otros seguían reverenciándole,
y diciéndole que él era dios, lo quisiera o no. Y él, carcomido por las dudas, sólo sabía recibir cariño de estos últimos:
ése era el único amor, en masa, que le habían enseñado a recibir.
Y entre la espada de unos y la pared de los otros, el pulgar, como en el circo romano, terminó apuntando hacia abajo.
Y es que nuestro relato favorito, desde que el mundo es mundo, es el que lleva de la sangre a la sangre.
Así que, un buen día, los hombres decidieron que podían vivir de nuevo sin dioses.
Sin embargo pasó el tiempo, y.............................
