Lecturas para este día: 2 Reyes 5: 1-15. Lucas 4: 24-30.
¨Muchos leprosos había en Israel, pero ninguno fue curado, más que Naamán, el sirio¨. Lucas 4: 24-30.
El adorar es una forma de agradecer al Señor por estar con nosotros más cerca de lo que cualquier otro amigo podría estarlo alguna vez. En el corazón mismo de la adoración y la alabanza está la acción de gracias, la gratitud al Señor por todo lo que hace y es.
Con la adoración reconocemos la mano del Señor en nuestra vida y le decimos cuán contentos estamos por ello. Es sencillo y espontáneo, como las gracias expresadas a un padre por un niño que acaba de pescar su primer pez: ¨Gracias por traerme a pescar, papá. ¨Hay tanto dentro de estas palabras atesoradas durante años por el padre, y se convierten en el punto culminante del viaje.
En el corazón mismo de la adoración y la alabanza está la acción de gracias, gratitud al Señor por todo lo que ha hecho y por todo lo que es. La adoración no es el reconocimiento de un desconocido; es el agradecimiento de un niño para quien el padre ha dispuesto y hecho muchas otras cosas. Aunque el niño en realidad nada sabe sobre las preocupaciones para el viaje, mucho menos para la vida diaria en el hogar una vez que hayan regresado, el padre considera las simples gracias como la suficiente recompensa por todo.
Casi ninguna otra cosa puede hacer que un padre sienta tan exitoso en su vida. Así es como Dios recibe nuestra adoración. Es como decir: ¨Gracias, Papá. Te amo. Hoy te diré gracias, Padre bueno, por todo lo que has hecho por mí¨.