Si la oración hace en la mañana:
Nos ponemos en tu presencia, Dios bondadoso y Padre Nuestro. Te agradecemos que nos hayas dejado empezar el presente día, pues despertamos, una vez más, al conocimiento de nuestra propia existencia… que tu amor nos concede y sostiene. El saber que existimos es el don más grande de tu bondad. ¿De qué nos serviría existir, ante tu presencia, si no estuviéramos conscientes de ello? Además, nuestra vida está profundamente unida a la tuya, por el gran amor del cual nos has hecho participar… de tu amor no podemos dudar. Es el nuestro hacia ti… el que falla con mucha frecuencia. Nos disponemos, ante la grandeza de tu majestad, a los 5 minutos de oración. Te pedimos que des fuerza a la debilidad de nuestra mente y enciendas el fuego de tu amor en nuestros corazones. Padre Nuestro…
Si la oración se hace en la tarde:
Estamos reunidos, Señor, para reconocer tu amor que nos sostiene en el don de la vida… y para reconocer tu bondad que nos colma de beneficios. En las horas que ya pasaron y disfrutamos, tuvimos la oportunidad de hacer sentir tu amor y tu bondad, a través de nuestra propia bondad, en todos aquellos que nos rodean, familiares y amigos y en nuestro mundo tan necesitado de ti y de tu amor. Este día fue un paso más hacia tu eternidad, a la que nos llamaste desde el día en que nos diste la existencia. Si lo aprovechamos, hemos guardado un tesoro. Si lo desperdiciamos… tenemos que redoblar nuestro amor en tu servicio. Que durante estos 5 minutos de oración podamos olvidarnos de los intereses humanos, para estar atentos a tu amor y a tu Palabra. Guía nuestros corazones por el camino de tu voluntad. Padre Nuestro
Lecturas para este día: Santiago 4: 1-10. Marcos 9: 30-37.
¨Si ustedes piden y no reciben, es porque piden mal¨. Santiago 4: 1-10.
Un sacerdote preparaba un sermón sobre la providencia. De pronto oyó una explosión, y vio cómo la gente corría enloquecida, y supo que había reventado la presa, que el río se había desbordado y que evacuaban y que el agua había alcanzado ya la calle en que vivía y tuvo cierta dificultad en no dejarse dominar por el pánico. Pero consiguió decirse a sí mismo: ¨Aquí estoy yo, preparando un sermón sobre la Providencia y se me ofrece la oportunidad de practicar lo que predico. No debo huir como los demás, sino quedarme aquí y confiar en que la providencia de Dios me ha de salvar. Cuando el agua llegaba ya a la altura de su ventana, pasó por allí una lancha llena de gente: ¨Suba, Padre¨, le gritaron: ¨No, hijos míos¨, respondió el sacerdote lleno de confianza, ¨yo confío en que me salve la providencia de Dios¨. ¨El sacerdote subió al tejado y, cuando el agua llegó hasta allí, pasó otra lancha que volvió a insistirle en que subiera, pero él volvió a negarse. Entonces se subió a lo alto del campanario, y cuando el agua le llegaba ya a las rodillas, llegó un helicóptero y ofreció llevarlo. ¨Muchas gracias¨, contestó el sacerdote sonriendo tranquilamente, ¨pero yo confío en que Dios en su infinita providencia me salvará¨. ¨Cuando el sacerdote se ahogó y fue al cielo, lo primero que hizo fue reclamarle a Dios: ¨Yo confiaba en ti. ¿ Por qué no hiciste nada para salvarme ?¨ ¨Bueno¨, le contestó Dios, ¨la verdad es que te mandé dos lanchas y un helicóptero…
Del Salmo 54: Descarga en el Señor lo que te agobia.
Reflexión y comentarios…
Oración final del día 17 al 24 de mayo
¨Acordaos, ¡ Oh piadosísima Virgen María !, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestra asistencia y reclamando vuestro socorro, haya sido desamparado. Animado por esta confianza, a vos también acudo, ¡ Oh Madre, Virgen de las vírgenes !, y gimiendo bajo el peso de mis pecados me atrevo a comparecer ante vuestra presencia soberana. ¡ Oh Madre de Dios !, no desechéis mis súplicas, antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.
Bendita sea tu pureza y eternamente lo sea, pues todo un Dios se recrea en tan graciosa belleza. A Tí, Celestial Princesa, Virgen Sagrada María, yo te ofrezco en este día alma, vida y corazón. Mirame con compasión, no me dejes, Madre mía. Préstame, Madre, tus ojos para con ellos mirar, porque si por ellos miro nunca volveré a pecar. Préstame, Madre, tus labios para con ellos rezar, porque sí con ellos rezo Jesús me podrá escuchar. Préstame, Madre, tu lengua para poder comulgar pues es tu lengua patena de amor y de santidad. Préstame, Madre, tus brazos para poder trabajar, que así rendirá el trabajo una y mil veces más. Préstame, Madre, tu manto al Cielo he de llegar. Préstame, Madre a tu Hijo para poderlo yo amar, si Tu me das a Jesús, ¿ Qué mas puedo yo desear ? Y esa será mi dicha por toda la eternidad. Amén.