Dios, Creador de todas las cosas, entregó la Ley a su pueblo en tiempos de Moisés, pero pasados los años los escribas dominados por los dictadores y hombres codiciosos del pueblo, cambiaron la Ley de Dios. Los profetas avisaron al pueblo de estas cosas y así dijeron:
"...mi pueblo no conoce el juicio de Yavé. ¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Yavé está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas" (Jeremías 8:7-9).
"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes,cambiaron los mandamientos, quebrantaron el pacto sempiterno" (Isaías 24:5-6)
"Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado" (Isaías 29,13).
Estas cosas escribieron los profetas para avisar al pueblo, pero el pueblo no hacía mucho caso de estas enseñanzas de los profetas. Entonces, Dios se hizo Hombre y, cuando predicó el Evangelio, así dijo a los escribas y sacerdotes del pueblo:
"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres". (Mateo 15,7-9
En tiempos de Jesucristo el pueblo estaba en tinieblas porque ya no conocía la verdadera Ley de Dios. Entonces, Jesucristo nos volvió a enseñar la verdadera Ley de Dios, y así es como el pueblo que estaba en tinieblas vio una gran Luz:
"El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció". (Mateo 4:15-16)
Jesucristo, cuando nos predicó el Evangelio, nos enseñó la verdadera Ley y los verdaderos mandamientos de Dios, y así nos dijo:
"todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12)
"Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? El le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones" (Mateo 19:16-22)
Ésta es la verdadera Ley y estos los verdaderos mandamientos de Dios enseñados por Jesucristo, y esta Ley y estos mandamientos dejan abolidos todos los mandamientos escritos en el viejo testamento que faltaban a la misericordia y que mandaban esclavitud, desigualdad, castigos terribles y penas de muerte..., porque la verdadera Ley de Dios es la misericordia y el perdón...
"... si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7)
"Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete". (Mateo18:21-22)
Jesucristo también les dijo a los fariseos:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas". (Mateo 22:34-40)
Jesucristo volvió a enseñar a los pueblos del mundo la verdadera Ley y los verdaderos mandamientos de Dios. Estos mandamientos eran misericordiosos, y eran mandamientos de vida. Los mandamientos de Dios mandaban amar al prójimo como a uno mismo y repartir entre los pobres todos los bienes que se tienen, pero muchos hombres codiciosos no querían repartir sus bienes y privilegrios entre los pobres, y por esta causa se volverion de nuevo a las leyes del viejo testamento y lo cambiaron todo.
JESUCRISTO NO VINO A ABOLIR LA VERDADERA LEY DE DIOS
Jesucristo no había venido a abolir la verdadera Ley de Dios, sino que vino a darla a conocer de nuevo cuando nos dijo: "todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12).
Ésta es la Ley que Jesús no vino a abolir, pero sí abolió muchos mandamientos del viejo testamento cuando nos predicó el Evangelio (ver Mateo 5 y otras partes del Evangelio).
LOS CAMBIOS QUE OCURRIERON EN EL SIGLO IV
Los hombres codiciosos querían dominar sobre los demás y vivir mejor que los demás. Y así es como en el siglo IV los emperadores de Roma (emperador Constantino y sus descendicentes) hicieron ignorar la Ley de Dios como la enseña Jesucristo.
Jesucristo nos enseñó la verdadera Ley de Dios y abolió muchos mandamientos del viejo testamento (ver Mateo 5 y otras partes del Evangelio), pero los emperadores de Roma, y después de ellos otros imperios de terror, volvieron a imponer todos los mandamientos del viejo testamento que Jesucristo había abolido, y los volvieron a llamar a todos "palabra de Dios". Y así, desde que los emperadores de Roma y otros imperios del mundo volvieron a imponer las leyes del viejo testamento, los pueblos han vivido diversos sistema de terror y de inquisiciones que han dejado espantado al mundo.
Estos sistemas de terror aún subsisten en el mundo de diversas formas, y por eso se mata públicamente a las personas, fusilándolas, colgándolas, matándolas a pedradas en las plazas, o de diferentes formas. Muchos de estos pueblos, que viven la desigualdad (que unos tengan mucho y otros no tengan nada) y practican las penas de muerte, son pueblos adoradores de las leyes del viejo testamento. El Evangelio es diferente, es todo misericordia.
El fin del mundo viene, pero muchos pueblos del mundo que abandonaron la Ley y los mandamientos misericordiosos del Evangelio no se arrepienten. El único camino de salvación es volver al Evangelio y vivir según sus mandamientos.
Los
cristianos que amamos las escrituras del Evangelio lo examinamos
todo....y tenemos en cuenta todas las escrituras, y todas las escrituras
del Evangelio que te demuestran QUE.... Jesucristo es Dios Hecho
Hombre. Pues Jesucristo así te dice;
"Yo soy el camino, y la
verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me conocieseis,
también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis, y le habéis
visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos basta. Jesús le
dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido,
Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre; ¿cómo, pues, dices
tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y el Padre en
mí?". (Juan 14:6-11)
LA MISERICORDIA NOS ENSEÑA A TENERLO TODO EN COMÚN...
Los
dictadores codiciosos de las naciones no aman la misericordia, y
obligan y condenan a los inocentes indefensos a la esclavitud y a los
sacrifícios..., y así vivian los pueblos del mundo antes de
Jesucristo... Entonces, Jesucristo que es Dios y que quiere la
misericordia así les dijo:
"Si hubierais comprendido qué quiere decir: "Misericordia quiero, y no sacrificios", no condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7)
AGUSTÍN DE HIPONA, TOMÁS DE AQUINO Y LAS PENAS DE MUERTE
Estos
dos escritores eclesiásticos del imperio de Roma fueron dos de los que
más influyeron para justificar las penas de muerte y los castigos
terribles que se impondrían como ley en aquel imperio religioso que se
impuso en Roma a partir del siglo IV. Para comprobar sus escritos y los
escritos de otros escritores que justificaban las penas de muerte. EXAMINEMOS.
La preocupación por la compleja cuestión de la pena de
muerte no es patrimonio exclusivo de nuestro tiempo. Sin embargo sigue
concitando la atención, el debate intelectual y hasta la acalorada
polémica. Es verdad que el siglo XXI que hemos comenzado a transitar es
testigo de una sensibilidad creciente a poner límites a la aplicación de
la pena de muerte, al menos para delitos comunes. Pero no menos es
verdad que aún hoy más de sesenta Estados la sostienen y aplican en sus
jurisdicciones. Argumentos a favor y en contra se suceden y aspiran a
tener vigencia legal. Todos somos conscientes que la sociedad civil está
llamada a administrar justicia, mediante sus magistrados, y no
venganza, llevando así a la sociedad en su conjunto la paz, la seguridad
y la armonía requeridas.
La pena de muerte ha sido un castigo contemplado en
las costumbres y en los ordenamientos jurídicos de las distintas
culturas desde los albores de la humanidad. En ella se ve la superación
de la simple venganza, estableciendo los casos en los que el reo de un
delito debe pagar sus culpas con la vida. Sin embargo, sólo en ámbito
occidental —por estímulo del Cristianismo— han madurado una reflexión y
un debate serios a nivel filosófico y teológico, que cuestionan su
legitimidad y utilidad para la sociedad. Por esta razón, la exposición
histórica del problema se centrará en aquellos aspectos que tienen
relevancia para comprender la discusión ética sobre este tema de gran
actualidad.
1.1. La pena de muerte en la antigüedad
Durante el tercer y el segundo milenio antes de
Cristo, el derecho de aplicar la pena de muerte en las culturas del
Antiguo Oriente casi no se discute, compartiendo tradiciones comunes, a
excepción de Egipto [De Vaux 1958:
223-224]. Como se sabe, la tradición jurídica en el Antiguo Oriente se
encuentra en las fuentes legales conservadas en textos cuneiformes. Los
más conocidos son el Código de Ur-Nammu, de origen sumerio, del siglo
XXI a C.; el Código de Lipit-Ishtar, también sumerio, del siglo XIX,;
los acádicos Código de Eshnunna y Código de Hammurabi del siglo XVII;
las Leyes Asirias también acádicas del siglo XVII; y las Leyes Hititas,
del siglo XVIII. La comparación entre estos códigos permite observar
ciertas semejanzas, si bien poseen elementos particulares. No estamos
entonces frente a una legislación monolítica, aunque se observan no
pocas similitudes entre sí.
En aquellas culturas se entendía que los actos
gravemente culpables —tales como el incesto, la blasfemia, el
bestialismo, la práctica de la homosexualidad, etc.— desencadenaban la
ira divina sobre la sociedad bajo formas tales como la sequía, la plaga o
la derrota en lo militar. Por ende, la sociedad se protegía a sí misma
removiendo ese motivo de ira divina, a través de la ejecución o el
exilio del reo [Rivas 2010:
61]. Otra categoría de actos graves tales como el homicidio, la
violación, el adulterio, la injuria y el robo, la violencia contra el
padre, preveían el pago de indemnizaciones y también el castigo máximo.
«Un crimen fue concebido como un mal contra otra persona o contra el
dios, frente al cual la víctima tenía derecho a la venganza. El papel
del tribunal se limitaba a establecer un límite a la venganza humana y a
impedir la venganza divina en la sociedad…Determinar el límite correcto
de venganza fue la principal tarea de la jurisprudencia mesopotámica» [Westbrook 1992: 555].
Hammurabi (1728-1688) fue rey de Babilonia de la
estirpe de los amorreos, sexto de la primera dinastía babilónica y
sucedido por Samsu-lluna. El Código se presenta en una gran estela de
basalto de 2, 25 m. de alto. En la parte superior, hay un relieve que
representa a Hammurabi de pie delante del dios Asmas de Mesopotamia.
Debajo aparecen las leyes, inscritas en caracteres cuneiformes acadios.
La ley del Talión (latín: lex talionis,), que
impone una pena idéntica por el crimen cometido, como criterio de
justicia retributiva que pone límite a la venganza, está ya codificado
por Hammurabi. Obviamente, la ley del Talión preveía la pena de muerte
por el homicidio, pero esta se aplicaba también por otros delitos. En
este Código la pena capital se aplicaba a 25 tipos de delitos, tales
como el robo, delitos sexuales, daños a la propiedad, etc. En cuanto a
la especificidad de las penas, la de muerte aparece como castigo de
numerosos delitos, sin que se justifiquen los motivos para la elección
del método. Así, por ejemplo, en el Código de Hammurabi, el ahogamiento
aparece varias veces; la quema de personas, dos veces; y una, el
empalamiento, lo mismo que en las Leyes Asirias [Código de Hammurabi: 108, 110, 129, 133, 143, 153, 155, 157; Leyes Asirias, Tabla A53].
Esta pena también se admitía en los códigos judío,
griego y romano. Concretamente, en el derecho romano, eran castigados
con la pena capital los crímenes que comportaban alta traición al
Estado. Para los delitos cometidos contra privados se aplicaba, según el
caso, la ley del Talión. Sin embargo, los ciudadanos romanos gozaban de
especiales garantías ante los jueces: el derecho preveía que una
condena a muerte de un ciudadano romano, dictada por un magistrado, no
podía ser ejecutada sin haber dado al condenado la posibilidad de
apelarse a los Comicios Centuriales por medio de la “provocatio ad
populum”. Durante la república romana los abusos en contra de este
derecho eran castigados duramente. Cicerón, ejerciendo su cargo de
cónsul durante la conjuración de Catilina, mandó ejecutar condenas a
muerte sin respetar este derecho. Por esta razón, al promulgarse la “Lex
Clodia” fue condenado al exilio.
1.2. La tradición religiosa hebrea y la pena capital
El quinto precepto del Decálogo es explícito: “No
Matar” (Ex 20, 13). Pero ya en el Génesis 9, 6 se da este principio
general: «Quien derrama sangre de hombre, su sangre será desparramada
por otro hombre, porque a imagen de Dios El hizo el hombre». El
principio que dice que el homicidio es un acto que merece el castigo de
la pena de muerte, domina la cultura y la praxis del pueblo hebraico.
Éxodo 21, 12-14 establece: «Aquél que hiera mortalmente a otro, morirá;
pero si no estaba al acecho, sino que Dios se lo puso al alcance de la
mano, yo te señalaré un lugar donde éste pueda refugiarse. Pero al que
se atreva a matar a su prójimo con alevosía, hasta de mi altar le
arrancarás para matarle. El que pegue a su padre o a su madre morirá…».
El delito de homicidio es castigado con la pena de muerte también en
Números 35, 16-21, con detallada casuística: «…el homicida debe morir.
Si le hiere con una piedra como para causar la muerte con ella, y muere,
es homicida. El homicida debe morir…»
La pena de muerte estaba prevista también para los
delitos de índole religiosa y moral, como la idolatría. Así Éxodo 22,
19: «El que ofrece sacrificios a otros dioses, será entregado al
exterminio». También en Números 25, 5. La blasfemia era igualmente
castigada (véase Levítico 24, 16). Similar castigo recibiría la
profanación del sábado: «Guardad el sábado, porque es sagrado para
vosotros. El que lo profane morirá...» [Éxodo 31, 14]. De igual modo los
pecados contra los padres: «El que pegue a su padre o a su madre, debe
morir» [Éxodo 21,15]. Los pecados que ofenden el patrimonio deben ser
castigados, incluso con la muerte (véase Éxodo 22, 1).
Las sanciones no se justifican según la moderna teoría
penal (retribución, defensa social, corrección, expiación) sino que hay
que entenderlas casi únicamente en sentido religioso. Se castiga
gravemente la falta a la Ley divina promulgada por Moisés. Por tanto,
hay que sospechar de quien quisiera valerse hoy de textos
veterotestamentarios para legitimar la aplicación de la pena capital.
Sería apelar al texto bíblico sin apreciar justamente el contexto
histórico-social en la cual se entiende dicha sanción penal. El nuevo
Israel necesitaba de un orden, y Dios estaba allí, ordenando con sus
profetas, al inicialmente nómada pueblo de Dios.
No es superfluo señalar que el “No matar” [Éxodo 20, 13] expresado en hebreo con el término “rasah”,
ni viene nunca usado «para matar a los animales ni para expresar la
matanza del enemigo en la guerra o la muerte decretada en obediencia a
una ley divina» [Bonora 1987:
31-32]. Quizá por esto es que la mejor traducción del hebreo podría ser
“no asesinar”, o también, “no gravarte con un delito de sangre”. El
asesinato expresa no cualquier homicidio, sino aquél que viene
perpetrado por odio, venganza, maldad contra una persona inocente y no
contra un culpable. Por tanto, el mandamiento “no matarás al inocente o
al justo” representa la concretización del “No matar”.
Debemos analizar sucintamente el texto más citado del
Antiguo Testamento para justificar la pena de muerte, el ya citado
Génesis 9, 6: «El que desparrama sangre de hombre, por el hombre su
sangre será desparramada…». En primer término debemos decir que el
versículo en sí mismo «no contiene ningún imperativo, sino que describe
una situación» [Honecker 1978: 1769]. La situación es la de una sociedad
donde existe la violencia, y por ende, la posibilidad de matar a su
semejante y necesita de una pena ejemplar. James Megivern dice que este
texto «por siglos ha sido tomado como un mandamiento divino, promulgado
en la alianza con Noé, que impone la muerte para los asesinos» [Megivern 1997:
15]. Es claro que es instituida así la medida de la venganza de sangre o
ley del Talión: quien esparce la sangre de alguien y muere, es digno de
recibir el mismo castigo.
Históricamente la ley del Talión ha servido para
encauzar la venganza privada e impedir que a un delito le siguiese una
cadena de reacciones delictivas de mayores proporciones. En definitiva,
este pasaje bíblico, ¿contiene una suerte de promulgación del derecho
del hombre de condenar a muerte a un semejante? Parece que no se pueda
negar esto, pero con tal de no olvidar que, aún cuando exista la
autorización para aplicar una sentencia capital, nunca se podrá llegar a
usurpar el derecho soberano e incondicionado de Dios sobre la vida
humana[1].
Porque no podemos tampoco dejar de ver cómo en el Antiguo Testamento,
ya desde su origen, se manifiesta una particular valoración del don de
la vida humana. Después de que Caín cometió el homicidio de su hermano
el justo Abel, recibe un castigo por ello, pero luego Dios dice: «Pero
quien sea que quiera matar a Caín recibirá venganza por siete veces»
[Génesis 4, 15][2].
Las múltiples instancias jurídico-religiosas de pena
de muerte que se encuentran en la Biblia hebrea, sobre todo en el
Pentateuco, fueron para la mayoría de los rabinos un vínculo muy fuerte,
y también un peso. Por una parte querían expresar en sus legislaciones y
debates la obediencia incondicionada al Dios de la revelación bíblica.
No olvidemos que la concepción del derecho rabínico es teónoma [Herzog 1974].
Pero por otro lado, representaban también exigencias e ideales
antropológicos. Los rabinos conocían la justicia inhumana de los
ambientes de poder extrajudáicos e incluso la primitiva praxis legal
saducea, en muchos casos contraria a la dignidad del hombre. Según L. I.
Rabinowitz, de varios textos rabínicos se puede concluir que «en
general la tendencia de los rabinos era ir hacia la completa abolición
de la pena de muerte» [Rabinowitz 1971: 145-147].
1.3. La pena de muerte en las escrituras cristianas
En el Nuevo Testamento no se encuentra una
prescripción específica acerca de la pena de muerte. Sin embargo, los
sostenedores a ultranza de la pena de muerte buscan fundamentación en
prescripciones mosaicas y algunos textos de Pablo, el cual no obstante,
no afirma explícitamente la licitud de tal pena. El texto frecuentemente
citado era Romanos 13, 4, el cual proclama que la autoridad «está al
servicio de Dios para tu bien. Pero si haces el mal, teme, pues no en
vano lleva la espada; pues es un servidor de Dios para hacer justicia y
castigar al que obra el mal».
Con el símbolo de la espada, ¿se quiere indicar el
poder de la pública autoridad de condenar a muerte? Se trata de una
cuestión discutida, sobre la cual no hay opinión unívoca. El exegeta
Giuseppe Barbaglio, por ejemplo, afirma: «La espada, más que el derecho
de condenar a muerte, quiere probablemente indicar el poder de policía…
El pasaje se interesa en las relaciones concretas que todo ciudadano
tiene con la administración pública, en particular con la magistratura,
la policía y los empleados del oficio de las tasas» [Barbaglio 1983: 483].
También el biblista Joseph Fitzmeyr, en su comentario a
la carta a los romanos, dice: «La expresión ‘llevar la espada’ podría
ser símbolo del poder de infligir la pena capital…, pero se debe
recordar que los gobernadores de las provincias romanas gozaban de un
poder limitado sobre los ciudadanos romanos que incluso tenían soldados
en sus dependencias… La afirmación de Pablo parece tener una mirada más
amplia, o bien podría ser una referencia a la policía» [Fitzmeyr 1999: 793.].
Como se puede apreciar, no se ve que Pablo argumente
directa o explícitamente a favor de tal pena capital. O sea, el símbolo
de la espada no lleva consigo y por sí mismo, el significado de la
potestad de aplicación de la pena capital. Con todo, en aras de la
honestidad intelectual, hemos de decir con R. H. Stein que «pocos de los
originales lectores de Pablo podrían haber pensado que la pena capital
no fuese incluida en el significado de esta metáfora» [Stein 1989: 335].
Sin embargo, podríamos decir que el Nuevo Testamento
presenta una concepción personalista del hombre, al que reconoce en cada
caso individual un valor pleno, que trasciende en ciertos aspectos a la
sociedad misma. La persona humana no se ordena a la sociedad como a su
fin último —concepción presente entre los griegos— si bien es parte
intrínseca de ella y está a su servicio. Para Jesús, el delincuente es
un ser humano a redimir y a ganar para la vida eterna. La férrea condena
cristiana del delito y el pecado está prevista en función de la
redención de la naturaleza herida[3].
1.4. Los primeros cristianos y la pena capital
En los primeros siglos de la era cristiana, la
reflexión teológica de los Padres de la Iglesia y de otros escritores
cristianos nunca ha afrontado directamente el problema de la pena de
muerte. La sociedad romana en la cual el cristianismo se ha difundido en
los primeros siglos, y toda la cultura de aquél tiempo, daban por
descontada la legitimidad del poder público de llevar a la muerte a
quien se manchaba de determinados delitos. Los mismos cristianos, al
menos hasta el edicto del emperador Constantino del año 314, que les
concedía a los cristianos libertad de culto, han tenido la experiencia
de cuánto severas eran las leyes y lo fácil que era ser ajusticiado no
sólo por delitos como el homicidio, sino también otros menos graves. El
hecho de pasar de ser víctimas a potenciales jueces que dictaban penas
capitales, dado el ingreso masivo de los cristianos en la vida pública y
la conversión de muchedumbres, había ciertamente traído consigo un
cambio de perspectivas.
Podremos esperar entonces en los primeros siglos
reservas agudas e incluso críticas y rechazos hacia la pena de muerte, y
en los siglos sucesivos una aceptación tranquila de la misma.
1.4.1 Período pre-constantiniano
Tertuliano vive en el tiempo de los emperadores
Septimio Severo (193-211) y Antonino Caracalla (211-217), en un período
crítico para Roma por la presencia de insurrecciones internas y guerras
externas. No faltan persecuciones. Incluso en el propio Cártago se
desata una persecución en el 197, probablemente por la llegada de un
nuevo procónsul [Siniscalco 1984: col. 3414].
En un pasaje de su obra De spectaculis
—escrito moral contra los juegos de circo, del estadio y del anfiteatro
y prohibición de los cristianos de participar en ellos— dice: «Es un
bien que sean castigados los culpables. ¿Quién negará esto, si no es el
culpable? Pero no es necesario que los inocentes se alegren de los
suplicios de los otros, más aún, sería justo que los inocentes sintieran
dolor por el hecho que un hombre, su semejante, sea de tal modo
culpable para ser sacrificado así tan cruelmente. ¿Y quién me garantiza,
después, que sean destinados a las fieras, o a cualquier otro suplicio,
siempre a los culpables, de modo tal que no quede herida la inocencia, o
sea hecho por una venganza del juez o por la incapacidad del defensor o
por la violencia de la tortura? Cuánto es mejor, por tanto, no saber
cuándo los paganos sean castigados, así no se tampoco cuándo mueren los
inocentes» [De spectaculis, 19 (PL I, 726). Cfr. De idolatria, 17 (PL I, 764)].
Como se ve, hay aceptación tranquila de la pena
capital, y por otra parte se deja ver claramente dudas acerca del
peligro de llevar a la pena última a un inocente. A la vez Tertuliano,
invadido por la sensibilidad evangélica, hace una invitación a los
cristianos de no alegrarse cuando alguno es ajusticiado.
Según testimonio de Eusebio y Jerónimo, Hipólito
(170-236) era un obispo que se destaca por ser un escritor prolífico. Un
texto suyo importante, de la segunda mitad del segundo siglo, es la TradiciónApostólica.
En un pasaje dedicado a los oficios que pueden estar permitidos y lo
que no, a quienes se presenten para ser catequizados y luego bautizados,
se dice: «El soldado subalterno no mate a ninguno. Si recibe tal orden,
no la seguirá y no prestará juramento. Se lo rechaza, no sea aceptado.
Quien tiene el poder de vida o de muerte, o el magistrado de una ciudad,
que viste la púrpura, debe dimitir o será rechazado. El catecúmeno o el
fiel que quisiera enrolarse en el ejército, sean rechazados, porque han
despreciado a Dios» [Tradición Apostólica, 16 (SC 11bis, 73)].
Hay interpretaciones varias de esta sentencia. Una de
ellas nos dice que podría aludir «a la matanza de criminales en conexión
con los juegos de gladiadores, las persecuciones, o simplemente la pena
capital. Parece claro que la corriente de pensamiento antes y después
es reglamentar el quitar la vida en combate, como su verdadero
significado» [Helgeland 1985:
36]. De todos modos, se trata de una posición fuertemente radical. Esta
posición reflejaría un cierto “extremismo” de la Iglesia de los
primeros tiempos, cosa posible incluso porque eran pocos los cristianos
que asumieran cargos públicos. Después, con Constantino, cuando la mayor
parte de la población se bautiza, las actitudes cambiarán.
Más o menos del mismo período de Hipólito, Clemente de
Alejandría (150-211) desarrolla su fecunda actividad. Autor de
numerosas obras, entre ellas sobresale el Proteptico, el Pedagogo y los Stromata. En esta última obra, Stromata,
en un pasaje interesante se muestra favorable a la pena de muerte con
un argumento que será usado posteriormente por Santo Tomás de Aquino:
«La ley, teniendo en cuenta aquellos que le obedecen, insta a una piedad
estable hacia Dios, indica las cosas que hay que hacer y se aleja de
todo pecado, imponiendo penas para los pecados que resultan menos
graves. Cuando, después, uno ve que se comporta en modo tal de resultar
incurable, lanzándose hacia una grave inmoralidad, entonces, teniendo en
cuenta el bien de los otros, para no ser corrompidos por él, como
cuando se corta una parte del cuerpo entero, así aquél que se encuentra
en tal situación, con sabia decisión, viene condenado a muerte» [Stromata, I, 27 (PG VIII, 919)].
La pena capital se justifica por el así llamado
posteriormente, principio de totalidad: por el bien del todo, la
sociedad, es lícito suprimir una parte, o sea, un delincuente peligroso
para la sociedad misma. Clemente configura la pena capital, puede
decirse, como extrema ratio, después de que los
intentos medicinales de rescatar al reo han fallado. Clemente sería el
primer teólogo cristiano que justifica, en línea argumental directa, a f
Mateo 9:35: “Jesús comenzó a recorrer todas las ciudades y aldeas. Iba enseñando en sus sinagogas, predicando las buenas noticias del Reino y curando todo tipo de enfermedades y todo tipo de dolencias”.
Jesús dio a sus discípulos una señal que indicaría que el Reino estaba a punto de venir
Mateo 24:7: “Peleará nación contra nación y reino contra reino, y habrá hambre y terremotos en un lugar tras otro”.
Los discípulos de Jesús están predicando el Reino por toda la Tierra
Mateo 24:14: “Las buenas noticias del Reino se predicarán en toda la tierra habitada para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin”.
Lucas 1:31-33: “Tienes que llamarlo Jesús. Él será grande y será llamado Hijo del Altísimo. Y Jehová Dios le dará el trono de David su padre, y él reinará sobre la casa de Jacob para siempre. Su Reino no tendrá fin”.
La
misericordia era Lo que mandaba la verdadera Ley de Dios
"Todas
las sendas de Yavé son misericordia y verdad,
Para
los que guardan su pacto y sus testimonios". (Salmos
25:10
"Hijo
mío, no te olvides
de mi ley,
Y tu corazón guarde mis mandamientos;
Porque largura de días y años de
vida
Y paz te aumentarán. Nunca
se aparten de ti la misericordia y la verdad;
Atalas a tu
cuello,
Escríbelas en la tabla de tu corazón; Y
hallarás gracia y
buena opinión
Ante los ojos de Dios y de los hombres".
(Proverbios 3:1-4)
"Porque
yo quiero amor, no sacrificios;
conocimiento de Dios, que no holocaustos"
Ésta es la Ley que Jesucristo no había venido a abolir y de la que no pasó ni una jota ni una tilde. Pero de las leyes del viejo testamento, Jesucristo sí que abolió muchos mandamientos.
Jesucristo cuando predicó el Evangelio abolió muchos mandamientos del viejo testamento porque sólo eran preceptos de hombres:
LA LEY DEL "Ojo por ojo, y diente por diente" ESCRITA EN EL VIEJO TESTAMENTO FUE ABOLIDA POR JESUCRISTO
"Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero yo os digo: No resistáis al que es malo; antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a pleito y quitarte la túnica, déjale también la capa....... ". (Mateo 5:...)
El Señor dejó abolida esta ley del "ojo por ojo y diente por diente" porque era una Ley que no contemplaba el perdón ni la misericordia.
"Mas [b]si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos. 19:18 Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. 19:19 Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo. 19:20 El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? 19:21 Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. 19:22 Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones. 9:23 Entonces Jesús dijo a sus discípulos: De cierto os digo, que difícilmente entrará un rico en el reino de los cielos. 19:24 Otra vez os digo, que es más fácil pasar un camello por el ojo de una aguja, que entrar un rico en el reino de Dios" Mateo 19:17-24.
Entonces he hablado del único Dios verdadero, pues Jesucristo, refiriéndose al Padre, el Hijo y el Espíritu Santo dijo: ." Y estos tres son uno"
MANDÓ DIOS A LOS HOMBRES MATAR A HOMBRES, MUJERES Y NIÑOS DE LOS PUEBLOS VENCIDOS?...
Jesucristo
es Dios hecho Hombre. Y Jesucristo guiaba a Moisés y al pueblo cuando
atravesaba las naciones paganas. Entonces, la pregunta también se podía
formular de la siguiente manera: ¿Mandó Jesucristo matar a hombres,
mujeres y niños de los pueblos vencidos?...
Jesucristo es Dios. Y
cuando predicó el Evangelio, restauró los verdaderos mandamientos que
Dios había dado a los hombres desde el principio. Y estos mandamientos
son todos misericordiosos y están en contra de las leyes del viejo
testamento que mandaban penas de muerte guerras y genocidios.
Jesucristo, con sus enseñanzas del Evangelio, abolió todos los
mandamientos del viejo testamento que mandaban penas de muerte, guerras y
genocidios, y los abolió porque esos mandamientos no eran
misericordiosos y por lo tanto, no eran mandamientos dados por Dios,
pues sólo eran preceptos de hombres.
La Ley que Dios había dado
al pueblo en tiempos de Moisés y que Jesucristo no había venido a
abolir, es la Ley que Jesucristo nos vino a enseñar cuando predicó el
Evangelio. Y de esta Ley del Evangelio así nos dice:
"todas las
cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced
vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12)
Y será predicado este evangelio del reino en todo el mundo, para
testimonio a todas las naciones; y entonces vendrá el fin.
Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora
de que habló el profeta Daniel (el que lee, entienda)........""
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El lugar santo es el Evangelio y la abominación desoladora son
las interpretaciones religiosas contrarias a lo que manda el Evangelio
(toda interpretación de los lideres religiosos debe de ser examinada a
la luz del Evangelio)... Y cuando descubramos las falsas
interpretaciones religiosas:
Los
verdaderos mandamientos que Dios dio a moisés no eran los preceptos
del viejo testamento que faltaban a la misericordia, que eran
preceptos de muerte y de esclavitud. Los verdaderos mandamientos que
Dios dio a moisés eran una Ley de Vida y de Misericordia, porque la
verdadera Ley que Dios dio a Moisés son los mandamientos d el
Evangelio, pues Moisés y pueblo de Israel fuero evangelizados:
"y
todos en Moisés fueron bautizados en la nube y en el mar, y todos
comieron el mismo alimento espiritual, y
todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca
espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero
de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron
postrados en el desierto". (1ª
Corintios 10:1-5)
"¿Quiénes
fueron los que, habiendo oído, le provocaron? ¿No fueron todos los
que salieron de Egipto por mano de Moisés? ¿Y con quiénes estuvo
él disgustado cuarenta años?...... . Porque
también estamos evangelizados lo mismo que aquellos;......
Por lo tanto, puesto que falta que algunos entren en él, y
aquellos que primero fueron evangelizados no entraron por causa de
desobediencia, otra
vez fija un día hoy, en David, diciendo después de tanto tiempo,
como había sido predicho: Hoy, si oyereis su voz, no endurezcáis
vuestros corazones"(Hebreos
3:16-4:7).
«Huyamos de toda vanidad; odiemos absolutamente las obras del mal camino. No viváis solitarios, replegados en vosotros mismos, como si ya estuvierais justificados, sino, reuniéndoos en un mismo lugar, inquirid juntos lo que a todos en común conviene.....» (Carta de Bernabé 4,10).
«Comunicarás en todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que las cosas son tuyas propias, pues si en lo imperecedero sois partícipes en común, ¡cuánto más en lo perecedero!..... No seas de los que extienden la mano para recibir y la encogen para dar. Amarás como a la niña de tus ojos a todo el que te habla del Señor». (Carta de Bernabé 19,8-9)
Dios, Creador de todas las cosas, entregó la Ley a su pueblo en tiempos de Moisés, pero pasados los años los escribas dominados por los dictadores y hombres codiciosos del pueblo, cambiaron la Ley de Dios. Los profetas avisaron al pueblo de estas cosas y así dijeron:
"...mi pueblo no conoce el juicio de Yavé. ¿Cómo decís: Nosotros somos sabios, y la ley de Yavé está con nosotros? Ciertamente la ha cambiado en mentira la pluma mentirosa de los escribas" (Jeremías 8:7-9).
"Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes,cambiaron los mandamientos, quebrantaron el pacto sempiterno" (Isaías 24:5-6)
"Dice, pues, el Señor: Porque este pueblo se acerca a mí con su boca, y con sus labios me honra, pero su corazón está lejos de mí, y su temor de mí no es más que un mandamiento de hombres que les ha sido enseñado" (Isaías 29,13).
Estas cosas escribieron los profetas para avisar al pueblo, pero el pueblo no hacía mucho caso de estas enseñanzas de los profetas. Entonces, Dios se hizo Hombre y, cuando predicó el Evangelio, así dijo a los escribas y sacerdotes del pueblo:
"Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este pueblo de labios me honra; Mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, Enseñando como doctrinas, mandamientos de hombres". (Mateo 15,7-9
En tiempos de Jesucristo el pueblo estaba en tinieblas porque ya no conocía la verdadera Ley de Dios. Entonces, Jesucristo nos volvió a enseñar la verdadera Ley de Dios, y así es como el pueblo que estaba en tinieblas vio una gran Luz:
"El pueblo asentado en tinieblas vio gran luz; Y a los asentados en región de sombra de muerte, Luz les resplandeció".(Mateo 4:15-16)
Jesucristo, cuando nos predicó el Evangelio, nos enseñó la verdadera Ley y los verdaderos mandamientos de Dios, y así nos dijo:
"todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12)
"Entonces vino uno y le dijo: Maestro bueno, ¿qué bien haré para tener la vida eterna? El le dijo: ¿Por qué me llamas bueno? Ninguno hay bueno sino uno: Dios. Mas si quieres entrar en la vida, guarda los mandamientos.Le dijo: ¿Cuáles? Y Jesús dijo: No matarás. No adulterarás. No hurtarás. No dirás falso testimonio. Honra a tu padre y a tu madre; y, Amarás a tu prójimo como a ti mismo.El joven le dijo: Todo esto lo he guardado desde mi juventud. ¿Qué más me falta? Jesús le dijo: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes, y dalo a los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven y sígueme. Oyendo el joven esta palabra, se fue triste, porque tenía muchas posesiones" (Mateo 19:16-22)
Ésta es la verdadera Ley y estos los verdaderos mandamientos de Dios enseñados por Jesucristo, y esta Ley y estos mandamientos dejan abolidos todos los mandamientos escritos en el viejo testamento que faltaban a la misericordia y que mandaban esclavitud, desigualdad, castigos terribles y penas de muerte..., porque la verdadera Ley de Dios es la misericordia y el perdón...
"... si supieseis qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio,no condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7)
"Entonces se le acercó Pedro y le dijo: Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete? Jesús le dijo: No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete". (Mateo18:21-22)
Jesucristo también les dijo a los fariseos:
"Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos pende toda la ley y los profetas". (Mateo 22:34-40)
Jesucristo volvió a enseñar a los pueblos del mundo la verdadera Ley y los verdaderos mandamientos de Dios. Estos mandamientos eran misericordiosos, y eran mandamientos de vida. Los mandamientos de Dios mandaban amar al prójimo como a uno mismo y repartir entre los pobres todos los bienes que se tienen, pero muchos hombres codiciosos no querían repartir sus bienes y privilegrios entre los pobres, y por esta causa se volverion de nuevo a las leyes del viejo testamento y lo cambiaron todo.
JESUCRISTO NO VINO A ABOLIR LA VERDADERA LEY DE DIOS
Jesucristo no había venido a abolir la verdadera Ley de Dios, sino que vino a darla a conocer de nuevo cuando nos dijo: "todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos; porque ésta es la ley y los profetas". (Mateo 7:12).
Ésta es la Ley que Jesús no vino a abolir, pero sí abolió muchos mandamientos del viejo testamento cuando nos predicó el Evangelio (ver Mateo 5 y otras partes del Evangelio).
LOS CAMBIOS QUE OCURRIERON EN EL SIGLO IV
Los hombres codiciosos querían dominar sobre los demás y vivir mejor que los demás. Y así es como en el siglo IV los emperadores de Roma (emperador Constantino y sus descendicentes) hicieron ignorar la Ley de Dios como la enseña Jesucristo.
Jesucristo nos enseñó la verdadera Ley de Dios y abolió muchos mandamientos del viejo testamento (ver Mateo 5 y otras partes del Evangelio), pero los emperadores de Roma, y después de ellos otros imperios de terror, volvieron a imponer todos los mandamientos del viejo testamento que Jesucristo había abolido, y los volvieron a llamar a todos "palabra de Dios". Y así, desde que los emperadores de Roma y otros imperios del mundo volvieron a imponer las leyes del viejo testamento, los pueblos han vivido diversos sistema de terror y de inquisiciones que han dejado espantado al mundo.
Estos sistemas de terror aún subsisten en el mundo de diversas formas, y por eso se mata públicamente a las personas, fusilándolas, colgándolas, matándolas a pedradas en las plazas, o de diferentes formas. Muchos de estos pueblos, que viven la desigualdad (que unos tengan mucho y otros no tengan nada) y practican las penas de muerte, son pueblos adoradores de las leyes del viejo testamento. El Evangelio es diferente, es todo misericordia.
El fin del mundo viene, pero muchos pueblos del mundo que abandonaron la Ley y los mandamientos misericordiosos del Evangelio no se arrepienten. El único camino de salvación es volver al Evangelio y vivir según sus mandamientos.
LA IGLESIA VERDADERA NO SIGUE BIBLIAS, solo sigue el Evangelio...
Jesucristo
predicó y mandó predicar sólo el Evangelio... Pero muchos poderosos
dictadores de las naciones, como los poderosos del imperio romano, que
no amaban los misericordiosos mandamientos del Evangelio, nos impusieron
sus biblias para dejar ahogada y mal entendida la enseñanza del Evangelio...
Dios
había mandado desde el principio: NO MATARÁS... y los poderosos
dictadores de las naciones, amparándose en las leyes de muerte y de
esclavitud del viejo testamento judío, y en las cartas atribuidas a
Pablo, impusieron las leyes de la esclavitud y de la espada...
Jesucristo
no nos predicó todas las leyes del viejo testamento judío, ni nos mandó
predicar todas las leyes del viejo testamento.... El viejo testamento
contenía los mandamientos de Dios, pero ahogados entre muchos preceptos y
tradiciones de hombres que Jesucristo abolió...
Jesucristo
no nos mandó predicar todo lo escrito en las cartas atribuidas a Pablo,
torcidas por los indoctos, mandó predicar solo el Evangelio: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura"...
Las
cartas atribuidas a Pablo enseñan cosas misericordiosas, y también
recuerdan algunos mandamientos de Jesucristo..., pero estos mandamientos
de Jesucristo, quedan ahogados entre muchos preceptos que no son fieles
a lo que manda el Evangelio..., las cartas atribuidas a Pablo en varios
de sus puntos difíciles son una enseñanza diferente al evangelio de
Jesucristo...
Posiblemente Pablo no fue el que escribió esos preceptos contrarios a lo que manda el Evangelio...
esucristo NO quería que le crucificaran (que le sacrificaran)..., pues sudó gotas de sangre cuando sintió que le iban a crucificar...
Pero Él dejó que le crucificaran para que sus hijos comprendieran que la verdadera Ley de Dios manda misericordia y perdón para todos, y aquellos que imponen penas de muerte (sacrificios humanos), antes o después, condenan a los hijos de Dios (a las personas inocentes), igual que crucificaron a Jesucristo. Por eso Jesucristo así les dijo a los judíos:
"Si hubierais comprendido lo que quiere decir: "Misericordia quiero y no sacrificios", no condenaríais a los inocentes". (Mateo 12,7).
La bondad,
que es la misericordia, y que es el camino de la justicia..., nos hace
conocer la verdad que nos da la vida eterna. El camino, la verdad y la
vida, ésta es la llave que me había dado Jesucristo, y que nos abre la
puerta de la salvación, pues Jesucristo así nos dijo:
"Yo soy el
camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí. Si me
conocieseis, también a mi Padre conoceríais; y desde ahora le conocéis,
y le habéis visto. Felipe le dijo: Señor, muéstranos el Padre, y nos
basta. Jesús le dijo: ¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me
has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;
¿cómo, pues, dices tú: Muéstranos el Padre? ¿No crees que yo soy en el
Padre, y el Padre en mí?". (Juan 14:6-11)
Y es que Jesucristo es el verdadero Dios y la vida eterna:
"Sabemos
que somos de Dios, y el mundo entero está bajo el maligno. Pero sabemos
que el Hijo de Dios ha venido, y nos ha dado entendimiento para conocer
al que es verdadero; y estamos en el verdadero, en su Hijo Jesucristo.
Este es el verdadero Dios, y la vida eterna" (1ª Juan 5:19-20)
Jesucristo
se me había manifestado en esas visiones y en otras manifestaciones, y
como he explicado anteriormente, me hizo ver que las religiones del
mundo estaban manifestando enseñanzas de odio contra Jesucristo (contra
las verdaderas enseñanzas y verdaderos mandamientos de Jesucristo)...
Cambiar o anular los misericordiosos mandamientos de Jesucristo es como
volver a crucificarle.
Todas las doctrinas religiosas y todos los
mandamientos judaizantes del viejo testamento sobre castigos, penas de
muerte, guerras, genocidios, esclavitud, matrimonios de esclavitud y de
penas de muerte para las mujeres acusadas de adulterio, y también
doctrinas y mandamientos de desigualdad y SACRIFICIOS, hay que volverlos
a examinar a la luz del Evangelio..., pues según todo lo que Jesucristo
nos ha manifestado, todo lo que no sean mandamientos misericordiosos no
son mandamientos de Dios.
Jesucristo así dijo: "... si hubierais
comprendido lo qué significa: Misericordia quiero, y no sacrificio, no
condenaríais a los inocentes" (Mateo 12:7 )