LA BRUJA
Rodrigo paseaba por la calle despreocupadamente. Era un
hombre afortunado. Solo tenía 27 años y no había
trabajado nunca, pero gracias a una herencia familiar tenia
suficiente dinero como para vivir 7 vidas de derroche y despilfarro. Tenia una mansión, criados y se pasaba la vida de fiesta en fiesta. Era 31 de Octubre y mientras se subía el cuello de la
gabardina para protegerse el rostro de la brisa helada, r
ecordó que esa misma noche estaba invitado a una fiesta de Halloween. Mientras caminaba algo llamo su atención. En su ciudad y con
motivo de Halloween habían montado una especie de mercadillo
y ahora el se encontraba frente a la caseta de Mandrágora que con un
gran cartel anunciaba que era bruja. Rodrigo nunca había creído en brujas, pero de pronto se le encendió la luz
de la maldad y decidió entrar a reírse un poco de aquella tal Mandrágora. Aparto el cortinón que tapaba la entrada y penetro en la caseta. Dentro se encontró con una estancia oscura que solo estaba iluminada
con algunas velaza había animales disecados que con la luz
de las velas proyectaban en el techo sombras fantasmagoricas.
El aire estaba cargado y olía a sudor y azufre. Al fondo se encontraba la bruja. Era una anciana que llevaba la cabeza
cubierta con un pañuelo de colores. Su cara denotaba que
nunca había sido agraciada. No es que sea fea, pensó Rodrigo, es que es repugnante. Aquel ambiente podría haberle impuesto respeto a cualquiera,
pero a el le producía risa. La bruja que se hallaba sentada frente a una pequeña mesa redonda,
le hizo una señal para que se sentara en una silla libre que había
frente a la mesa. Rodrigo tomo asiento muy seguro de si mismo
y la bruja encendió una varita de incienso, una pequeña vela y
tras decir unas palabras ininteligibles le pregunto con una voz que
parecía surgir directamente de los pulmones, ¿que quieres saber?
Rodrigo con una sonrisa en la cara le contesto nada.
Solo vengo a ver como te equivocas. La bruja tomo aire con dificultad y sus bronquios
emitieron un pequeño silbido. Con la cabeza agachada le contestó: eres un hombre afortunado,
tienes buena salud, no has trabajado nunca pero tienes dinero
suficiente para vivir sin problemas. Aun así haces mal creyendo
que estas por encima de todo y de todos. A Rodrigo un escalofrió le recorrió la espalda y la sonrisa de su cara paso a
ser una mueca grotesca. Comenzo a notar que su cuerpo
temblaba y se dispuso a levantarse para irse. En ese momento noto
que la mano helada de la bruja le sujetaba del brazo. Alzo la cabeza y se encontró frente a frente con la cara de la bruja. Rodrigo vio aquellos ojos grises como el acero clavados en el y sintió
como si le desnudaran el alma. La bruja apretó su mano clavando sus uñas en su brazo. Le miro directamente
a los ojos y le dijo: Se a que has venido aquí pero nadie se ríe de Mandragora.
Mañana vivirás el día de difuntos en primera persona. Esta noche tendrás un
accidente y enviare a la muerte a buscarte. Disfruta de tu último día. Rodrigo salto de la silla y logro liberarse de la mano de la bruja. Dio dos
pasos hacia atras. La bruja le miro y le pregunto ¿no vas a pagarme?
Rodrigo se dio media vuelta y salio apresuradamente. La bruja agacho
la cabeza. Da igual, me pagaras con tu alma murmuro entre dientes. Rodrigo salio a la calle y aunque el frío había arreciado estaba
empapado en sudor.
En esos momentos era presa del panico. Se encontraba totalmente
asustado y por su cabeza pasaban una y mil veces las palabras de la bruja. Se encontraba enfrascado en sus pensamientos cuando de pronto la
sonrisa volvió a su rostro. Claro, se dijo a si mismo. Todo tiene solucion.
Si iba a sufrir un accidente solo debía evitar cualquier situación
peligrosa. Mañana volveré y entonces si que me reiré en la
cara de la vieja, pensó. Llego a su casa y paso la tarde planeando como iba a hacer las cosas.
Quito del
techo de la habitación la lámpara y todo aquello que fuera susceptible
de caerse.
Dio la noche libre al servicio porque pensó que estaría mas seguro
solo, y únicamente le pidió al mayordomo que se quedara con lechero
la llave de paso del agua y del gas y ni tan siquiera ceno para no atragantarse.
A las ocho le dijo a su mayordomo que le acompañara a su habitacion.
Las paredes estaban desnudas y solas en una de ellas, la que se encontraba
mas lejos de la cama, había un reloj, porque quería ver la hora. Todo el suelo estaba cubierto de gruesas alfombras, para minimizar el golpe
en caso de caída, pero aun así le ordeno a su mayordomo que lo atara a
la cama y lo rodeara de cojines. Luego le dijo que cuando se
marchara no volviera hasta el día siguiente. Las horas iban pasando y aunque no se sentía demasiado cómodo al estar
atado, se sentía seguro. No podía caerse de la cama ni tampoco
podía golpearle ningún objeto pues los había quitado todos.
Un desastre natural como un terremoto o algo así no era posible pues
la bruja le había dicho que el accidente lo tendría solo el. Oyó como el mayordomo cerraba la puerta y abandonaba la casa. Ahora solo quedaban el y sus pensamientos. De pronto se sobresalto y abrió los ojos, se había dormido. En la penumbra logro
vislumbrar el reloj. Solo faltaba un minuto para las doce. La noche del 31 se
estaba acabando y no había sucedido nada. Maldita bruja, penso. Habia conseguido asustarle pero mañana se
reiría en la cara de la vieja. Estaba a punto de soltar una carcajada cuando un leve sonido llamo su atención.
Levanto la cabeza y lo que vio le helo la sangre. El pánico se apodero de el.
Habia olvidado cortar la luz y del enchufe de la pared salían
chispas azules y verdes que prendieron en los gruesos cortinajes. Grito pero nadie podía oírle ni ayudarle. Cerró los ojos y mientras notaba el calor cada vez mas cerca de
su cuerpo, solo
oía la risa burlona de la vieja bruja, que parecía venir del mismísimo infierno.
Makoi
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