Nuestra nada.
Si queremos ser “algo”, entonces no estamos yendo por el camino de la infancia espiritual, pues sólo cuando reconocemos nuestra nada, nuestra incapacidad para todo bien, y nuestra miseria, es allí que Dios nos toma como suyos, como a sus hijitos más pequeños, y nos eleva y nos hace grandes a sus ojos.
No importa que a los ojos del mundo seamos una nada. Es mejor así, porque entonces seremos grandes a los ojos de Dios, y eso es lo que importa.
La Virgen fue grande porque quiso hacerse pequeña, y su humildad fue tan grande que sólo es inferior a la humildad de Dios.
No podemos practicar la infancia espiritual si no somos humildes. Porque los niños son humildes, no se apoyan en ellos mismos, sino que buscan un buen guía que los conduzca. Así también nosotros tenemos que buscar la guía de un prudente director espiritual y seguir sus consejos, porque quien se guía a sí mismo, se hace discípulo de un tonto.
Son muchas las astucias que el demonio nos tiene preparadas para emboscarnos, y sólo siendo pequeños y obedientes a nuestro director, saldremos ilesos de esta batalla en que Cielo e Infierno se disputan nuestra alma.