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General: UNA NAVIDAD DIFERENTE
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Respuesta  Mensaje 1 de 4 en el tema 
De: perladelmar  (Mensaje original) Enviado: 29/11/2013 03:04

 

Junto a la puerta se apretujaban los cansados viajeros, casi todos ellos de pie y apoyados contra las paredes, pues las escasas sillas de plástico ya llevaban mucho tiempo ocupadas. Todos los aparatos que iban y venían transportaban por lo menos cien pasajeros, y sin embargo sólo había sillas para unas pocas docenas.

Al parecer, había mil esperando el vuelo de las siete de la tarde con destino a Miami. Iban todos muy abrigados y tremendamente cargados, y tras haber luchado a brazo partido contra el tráfico, el mostrador de embarque y las multitudes del vestíbulo, parecían más bien apagados. Era el martes anterior al Día de Acción de Gracias, la jornada más ajetreada del año en viajes aéreos y, mientras se abrían paso a codazos en medio de las apreturas para congregarse en la puerta, muchos de ellos se preguntaban, y no por primera vez, por qué demonios habrían elegido justo aquel día para tomar un avión.

Las razones eran muy variadas e irrelevantes en aquel momento. Algunos procuraban sonreír. Otros intentaban leer, pero la aglomeración y el ruido se lo impedían.

Otros se limitaban a mirar el suelo y a esperar. Cerca, un escuálido Papá Noel negro hacía repicar una molesta campana y entonaba unos monótonos saludos de vacaciones.

Se acercó una reducida familia y, tras comprobar el número de la puerta y la cantidad de gente que había, sus componentes se detuvieron en el extremo del vestíbulo e iniciaron la espera. La hija era una joven bonita. Se llamaba Blair y era evidente que se tenía que ir. Sus padres, no. Los tres contemplaron la muchedumbre y, en aquel momento, también se preguntaron en silencio por qué razón habrían elegido precisamente aquel día para viajar.

Las lágrimas ya se les habían terminado, por lo menos casi todas. Blair tenía veintitrés años, acababa de terminar sus estudios universitarios con
un estupendo expediente, pero aún no estaba preparada para ponerse a trabajar. Un amigo de la universidad se encontraba en África con el Cuerpo de Paz y semejante circunstancia le había inspirado la idea de dedicar los dos años siguientes de su vida a ayudar a los demás. Su destino era la zona oriental de Perú, donde enseñaría a leer a los niños de las comunidades indígenas. Se alojaría en un cobertizo sin agua, electricidad ni teléfono, y se moría de ganas de empezar su viaje.

El vuelo la llevaría a Miami, desde donde se trasladaría a Lima, y después viajaría a otro siglo, recorriendo por espacio de tres días las montañas en autocar. Por primera vez en su joven y protegida vida, Blair pasaría las Navidades lejos de casa. Su madre le comprimió la mano y procuró ser fuerte.

Todos los adioses ya se habían dicho.

—¿Estás segura de que es eso lo que quieres? –le habían preguntado por centésima vez.

Luther, su padre, estudió a la muchedumbre frunciendo el entrecejo. Qué locura, pensó. Las había dejado en el bordillo y se había ido a aparcar a varios kilómetros de distancia en un aparcamiento satélite. Un autobús abarrotado de gente lo había devuelto a Salidas y, desde allí, se había abierto camino a codazos con su mujer y su hija hasta aquella puerta. La partida de Blair lo entristecía y detestaba todo aquel enjambre de gente. Estaba de muy mal humor.

Las cosas le irían peor a Luther a partir de aquel momento.

Aparecieron los agotados agentes de la puerta y los pasajeros iniciaron su lento avance. Se hizo el primer anuncio, el que pedía que los ancianos y los pasajeros de primera clase se situaran adelante.

Los empujones y los codazos se desplazaron al siguiente nivel.

 —Creo que será mejor que nos vayamos –le dijo Luther a su única hija.

Se volvieron a abrazar y procuraron reprimir las lágrimas. Blair sonrió diciendo:

—El año pasará volando. Estaré en casa las próximas Navidades.

Nora, su madre, se mordió el labio, asintió con la cabeza y la volvió a besar.

—Ten mucho cuidado, por favor –le dijo sin poder evitarlo.

—No pasará nada.

La soltaron y la contemplaron con impotencia mientras se incorporaba a una larga cola y se iba alejando poco a poco de ellos, de su casa, de la seguridad y de todo lo que había conocido hasta entonces. En el momento de entregar la tarjeta de embarque, Blair se volvió y les dirigió una última sonrisa.

—En fin –dijo Luther–. Ya basta. No le ocurrirá nada.

Nora no supo qué decir mientras contemplaba desaparecer a su hija. Dieron media vuelta y se mezclaron con el tráfico peatonal, una larga marcha por el abarrotado vestíbulo, pasando por delante de Papá Noel con su molesta campanita y por delante de las minúsculas tiendas llenas a rebosar de gente.

Estaba lloviendo cuando salieron de la terminal y localizaron la cola para el autobús que los llevaría al aparcamiento satélite, y diluviaba cuando el autobús cruzó chapoteando el aparcamiento y los dejó a doscientos metros de su automóvil. Luther tuvo que pagar siete dólares para librarse y librar su automóvil de la codicia de la autoridad del aeropuerto.

Nora habló finalmente cuando ya se habían puesto en marcha para regresar a la ciudad.

—¿Tú crees que no le ocurrirá nada? –preguntó.

Él había oído tantas veces aquella pregunta que su respuesta fue un gruñido automático.

—Seguro que no.

—¿De veras lo crees?

—Pues claro.

Tanto si lo creía como si no, ¿qué más daba a aquellas alturas?

No sabía si su mujer estaba llorando o no, pero la verdad era que le daba igual.

Lo único que quería Luther era regresar a casa, secarse bien, sentarse junto al fuego y ponerse a leer una revista.

Se encontraban a algo más de tres kilómetros de casa cuando ella anunció:

—Necesito unas cuantas cosas del colmado.

—Está lloviendo –dijo él.

—Pero, así y todo, las necesito.

—¿No puedes esperar?

—Tú quédate en el coche. Sólo tardo un minuto. Vamos al Chip’s.

Y él se dirigió al Chip’s, un lugar que no soportaba, no sólo por sus exorbitantes precios, sino también por su imposible ubicación.

Seguía lloviendo, naturalmente, pero ella no podía irse a un Kroger, donde aparcabas y efectuabas rápidamente una compra. No, quería el Chip’s, donde aparcabas y te tenías que pegar una caminata. Sólo que a veces ni siquiera podías aparcar. Los aparcamientos estaban llenos. Los carriles para vehículos de emergencia estaban atestados de coches. Se tuvo que pasar diez minutos buscando infructuosamente antes de que Nora le dijera:

—Déjame junto al bordillo.

Estaba irritada por su incapacidad de encontrar un lugar apropiado.

Él aparcó en un espacio, cerca de una hamburguesería, y le dijo:

—Dame la lista.

—Voy yo –dijo ella, pero sólo por pura fórmula. Luther caminaría bajo la lluvia y ambos lo sabían.

—Dame la lista.

—Sólo chocolate blanco y una libra de pistachos –dijo ella, lanzando un suspiro de alivio.

—¿Nada más?

—Nada más, pero mira que el chocolate sea de la marca Logan’s, una tableta de cuatrocientos gramos, y que los pistachos sean de Lance Brothers.

—¿Y eso no puede esperar?

—No, Luther, no puede esperar. Tengo que preparar un postre para la comida de mañana. Si no quieres ir, te callas y voy yo.

Luther cerró violentamente la portezuela. Su tercer paso lo llevó a un bache. El agua fría le empapó el tobillo derecho y se filtró rápidamente al interior de su zapato.

Se quedó momentáneamente petrificado y contuvo la respiración, después se apartó de puntillas, tratando desesperadamente de descubrir otros charcos mientras esquivaba el tráfico.

Chip's creía en los precios elevados y las rentas moderadas.

Se encontraba situado en una calle lateral y lo cierto era que no resultaba visible desde ningún sitio.

A su lado había una licorería regentada por un europeo de ignorada procedencia que afirmaba ser francés, pero que, según los rumores, era húngaro. Hablaba un inglés espantoso, pero había aprendido el idioma del timo en los precios. Lo había aprendido seguramente del Chip’s de la puerta de al lado.

En realidad, todas las tiendas del barrio procuraban practicar la discriminación, tal como todo el mundo sabía.

Y todas estaban llenas. Otro Papá Noel le estaba dando a la misma campanilla en el exterior de la quesería. ‘Rudolph, el reno de la nariz colorada’ matraqueaba a través de un altavoz oculto por encima de la acera delante de Madre Tierra, cuya ecológica clientela seguramente seguía calzando sandalias. Luther aborrecía aquella tienda y se negaba a poner los pies en ella. Nora compraba allí hierbas orgánicas, pero él no sabía muy bien por qué. El viejo propietario mexicano del estanco estaba adornando alegremente su escaparate con lucecitas; una pipa asomaba por la comisura de su boca y el humo se perdía a su espalda y un árbol de mentirijillas ya había sido cubierto por una capa de nieve de mentirijillas.

Cabía la posibilidad de que aquella noche nevara de verdad.

Los compradores no perdían el tiempo y entraban y salían a toda prisa de las tiendas. El calcetín del pie derecho de Luther ya se había congelado sobre su tobillo.

No había cestas de compra junto a los puntos de control del Chip’s, lo cual era naturalmente una mala señal. Luther no necesitaba ninguna, pero semejante circunstancia significaba que la tienda estaba abarrotada de gente. Los pasillos eran estrechos y los productos estaban expuestos de tal manera que nada tenía sentido. Cualquier cosa que tuvieras en la lista, tenías que cruzar media docena de veces el establecimiento para efectuar la compra.

Un reponedor estaba trabajando sin desmayo en un expositor de chocolatinas navideñas. Un letrero, junto a la sección de carnicería, rogaba a los buenos clientes que efectuaran de inmediato sus pedidos de pavos navideños. ¡Ya habían llegado los nuevos vinos navideños! ¡Y los jamones navideños!

«Qué lástima –pensó Luther–. ¿Por qué comemos y bebemos tanto para celebrar el nacimiento de Cristo?«

Encontró los pistachos al lado de las nueces. Semejante lógica era insólita en el Chip’s. El chocolate blanco no estaba en la sección de bollería, por lo que Luther masculló una maldición y echó a andar por el pasillo, mirándolo todo. Un carrito de la compra le propinó un golpe. No hubo disculpas, pues nadie se dio cuenta.

Desde arriba sonaba la melodía ‘Dios os conceda la paz, joviales caballeros’, como si Luther necesitara que alguien lo consolara. Parecía Frosty, el muñeco de nieve.

Dos pasillos más allá, al lado de toda una selección de arroces de todo el mundo, había un estante de chocolates a la taza. Se acercó un poco más y distinguió una tableta de cuatrocientos gramos de la marca Logan’s. Un paso más y la tableta desapareció de repente, arrebatada por una mujer de aire malhumorado que ni siquiera se había percatado de su presencia. El pequeño espacio reservado a la marca Logan’s quedó vacío y en su siguiente momento de desesperación, Luther no vio ni rastro de chocolate blanco. Mucho chocolate de cacao puro o con leche y cosas por el estilo, pero nada de chocolate blanco.

Como es natural, la cola de entrega a domicilio era más lenta que las otras dos. Los descarados precios de Chip’s obligaban a los clientes a comprar en pequeñas cantidades, pero ello no ejercía el menor efecto en la velocidad a la que éstos entraban y salían. Cada producto era levantado, examinado e introducido manualmente en la caja por una antipática cajera. La posibilidad de que un empleado te llenara las bolsas era una lotería, si bien en la época navideña éstos cobraban vida con sonrisas, entusiasmo y una sorprendente memoria para recordar los apellidos de los clientes. Era la época de las propinas, otro desagradable aspecto de la Navidad que Luther aborrecía con toda su alma.

Seis dólares y pico por cuatrocientos gramos de pistachos. Apartó a un lado a un solícito empleado que se los iba a colocar en una bolsa y, por un instante, temió verse obligado a propinarle un tortazo para impedir que sus queridísimos pistachos fueran a parar a otra bolsa. Se los guardó en el bolsillo del abrigo y abandonó rápidamente la tienda.

Un numeroso grupo de personas se había congregado para contemplar cómo el viejo mexicano adornaba el escaparate de su estanco. El hombre estaba conectando el enchufe de unos pequeños robots que avanzaban penosamente a través de la falsa nieve ante el regocijo de los espectadores.

Luther no tuvo más remedio que bajar del bordillo y, al hacerlo, cayó justo a la derecha en lugar de justo a la izquierda.

Su pie izquierdo se hundió doce centímetros en un frío charco. Se quedó paralizado una décima de segundo mientras sus pulmones retenían una
bocanada de aire frío y él maldecía al viejo mexicano, a sus robots, a sus admiradores y los malditos pistachos. Tiró del pie hacia arriba y se arrojó agua sucia sobre la pernera del pantalón. Mientras permanecía de pie en el bordillo, la campana repicaba con estridencia, el altavoz sonaba a todo volumen, ‘Papá Noel ha llegado a la ciudad’, y los juerguistas bloqueaban la acera, Luther empezó a aborrecer la Navidad.

Cuando llegó a su automóvil, el agua se le había filtrado hasta los dedos de los pies.

—No había chocolate blanco –le dijo entre dientes a su mujer mientras se sentaba al volante.

Ella se estaba enjugando los ojos.

—¿Y ahora qué ocurre? –le preguntó.

—Acabo de hablar con Blair.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿Le ha ocurrido algo?

—Ha llamado desde el avión. Está bien.

Nora se mordió el labio, tratando de recuperar el aplomo.

«¿Cuánto debía de costar llamar a casa desde nueve mil metros de altura?«, se preguntó Luther. Había visto teléfonos en los aviones. Se podía utilizar cualquier tarjeta de crédito. Blair disponía de una que él le había dado, de esas cuyas facturas se envían a papá y mamá. Desde un móvil de allí arriba a un móvil de aquí abajo, probablemente diez dólares por lo menos. ¿Y para qué? Estoy bien, mamá. Llevo sin verte casi una hora.
Todos nos queremos mucho. Todos nos echamos de menos. Tengo que dejarte, mami.

El motor estaba girando, pero él no recordaba haberlo puesto en marcha.

—¿Te has olvidado del chocolate blanco? –preguntó Nora, plenamente recuperada.

—No, no me he olvidado. Es que no había.

—¿No le has preguntado a Rex?

—¿Quién es Rex?

—El carnicero.

—Pues no, Nora, no sé por qué motivo no se me ha ocurrido preguntarle al carnicero si tenía alguna tableta de chocolate blanco escondida entre sus
chuletas y sus hígados.

Nora tiró con toda la rabia que pudo de la manija de la portezuela.

—Lo necesito. Gracias por nada.

Y se fue.

«Espero que pises un charco de agua helada», murmuró Luther para sus adentros. Estaba furioso y soltó otros tacos. Dirigió las salidas de la calefacción hacia el suelo del vehículo para que se le deshelaran los pies y después se dedicó a contemplar a los gordinflones que entraban y salían de la hamburguesería. El tráfico estaba atascado en las calles de más allá.

«Qué bonito hubiera sido poder saltarse la Navidad –empezó a pensar–. Un chasquido de los dedos y estamos a dos de enero. Ni árboles ni compras ni regalos absurdos ni propinas ni aglomeraciones, ni envolturas de paquetes, ni tráfico ni muchedumbres, ni tartas de fruta, ni licores ni jamones que nadie necesitaba, ni ‘Rudolph’ ni Frosty, ni fiesta en el despacho, ni dinero malgastado.« Su lista era cada vez más larga. Se echó sobre el volante con una sonrisa en los labios, esperando el calor de abajo mientras soñaba dulcemente con la fuga.

Nora ya estaba de vuelta con una bolsita marrón que depositó al lado de su marido con el suficiente cuidado como para que no se rompiera la tableta de chocolate y él se enterara de que ella lo había encontrado y él no.

—Todo el mundo sabe que hay que preguntar –dijo secamente mientras tiraba bruscamente de la correa de su bolso.

—Curiosa manera de vender –musitó Luther, haciendo marcha atrás–. Lo escondes en la carnicería, haces que escasee y la gente lo pide a gritos. Estoy seguro de que le aumentan el precio cuando lo tienen escondido.

—Vamos, cállate ya, Luther.

—¿Te has mojado los pies?

—No. ¿Y tú?

—Tampoco.

—Pues entonces, ¿por qué me lo preguntas?

—Estaba preocupado.

—¿Crees que no le pasará nada?

—Está a bordo de un avión.

Acabas de hablar con ella.

—Quiero decir allí abajo, en la selva.

—Deja de preocuparte, mujer.

El Cuerpo de Paz no la enviaría a un lugar peligroso.

—No será lo mismo.

—¿Qué?

—La Navidad.

«Por supuesto que no», estuvo casi a punto de decir Luther. Y lo más curioso fue que empezó a sonreír mientras se abría paso a través del tráfico.

 



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Respuesta  Mensaje 2 de 4 en el tema 
De: perladelmar Enviado: 29/11/2013 03:05

Con los pies tostados y enfundados en unos gruesos calcetines de lana, Luther se quedó rápidamente dormido y despertó todavía más rápido. Nora estaba trajinando por la casa. La oyó en el cuarto de baño accionando el botón de la cisterna del escusado y los interruptores de la luz; después se fue a la cocina donde se preparó una infusión de hierbas, bajó por el pasillo para dirigirse a la habitación de Blair, donde debió de contemplar las paredes y preguntarse lloriqueando cómo habían pasado los años. Después regresó a la cama, dio varias vueltas y tiró de los cobertores, tratando por todos los medios de despertarlo.

Quería diálogo, una caja de resonancia. Quería que Luther le asegurara que su Blair estaba a salvo de los horrores de la selva peruana.
Pero Luther estaba paralizado, no movía ni una sola articulación y respiraba lo más ruidosamente posible porque, como volviera a iniciarse el diálogo, la cosa se prolongaría varias horas. Fingió roncar y eso la hizo desistir de su intento. Pasadas las once ella se calmó.

Luther estaba muy nervioso y le ardían los pies. Cuando estuvo absolutamente seguro de que ella se había quedado dormida, se levantó de la cama, se quitó los gruesos calcetines, los arrojó a un rincón y bajó de puntillas por el pasillo hacia la cocina para tomarse un vaso de agua y después una taza de café descafeinado.

Una hora más tarde se encontraba en su despacho del sótano sentado junto a su escritorio con unas carpetas abiertas, el ordenador encendido y unas hojas de cálculo en la impresora, tratando de encontrar pruebas cual si fuera un investigador. Luther era asesor fiscal y, por consiguiente, sus archivos eran muy meticulosos. Las pruebas eran tan abundantes que se olvidó del sueño.

Un año atrás, la familia de Luther Krank se había gastado 6.100 dólares por Navidad. ¡6.100 dólares! 6.100 dólares en adornos, luces, flores, un nuevo muñeco de nieve y un abeto de Canadá. 6.100 dólares en jamón, pavos, pecanas, quesadillas y pastelillos que nadie se comía. 6.100 dólares en vinos y licores y puros habanos para repartir en el despacho. 6.100 dólares en tartas de fruta de los bomberos y calendarios del sindicato de la policía y bombillas del servicio de salvamento. 6.100 dólares en un jersey de lana de cachemira para Luther que éste aborrecía en su fuero interno y una chaqueta deportiva que sólo se había puesto un par de veces y un billetero de piel de avestruz que era muy caro y muy feo, y cuyo tacto le resultaba francamente desagradable. 6.100 dólares en un vestido que Nora se puso para la fiesta navideña de la empresa y un jersey de lana de cachemira que nadie había vuelto a ver desde que ella desenvolvió el paquete, y un pañuelo de un diseñador que le encantaba. 6.100 dólares en un abrigo, unos guantes y unas botas para Blair y un ‘walkman’ para cuando hacía ‘jogging’ y, naturalmente, el móvil más plano recién salido al
mercado. 6.100 dólares en regalos de inferior cuantía para un selecto puñado de parientes lejanos, casi todos ellos de la parte de Nora. 6.100 dólares en tarjetas navideñas de una papelería situada tres puertas más abajo del Chip’s, en el barrio donde todos los precios duplicaban los de otras zonas. 6.100 dólares para la Fiesta, el festorro anual de Nochebuena en la residencia de los Krank. ¡ 6.100 dólares! ¿Y qué quedaba de todo aquello? Tal vez uno o dos objetos útiles, pero poco más.

Con sumo deleite, Luther calculó los daños como si el causante de los mismos fuera otro. Todas las pruebas concordaban a la perfección y constituían un conjunto de acusaciones tremendo.

Rebuscó un poco al final, donde había reunido las sumas destinadas a obras benéficas. Donativos a la Iglesia, para la campaña de recogida de juguetes, para el hogar de los «sin techo» y el banco de alimentos. Pero pasó rápidamente por la beneficencia y regresó de inmediato a la horrenda conclusión: 6.100 dólares para la Navidad.

—El doce por ciento de mis ingresos brutos –dijo con incredulidad–. Seis mil cien dólares. En efectivo. Nada menos que seis mil cien dólares no deducibles.

En su aflicción, hizo algo que raras veces hacía. Luther alargó la mano hacia la botella de coñac que guardaba en el cajón de su escritorio e ingirió unos cuantos tragos.

Durmió de tres a seis y cobró nuevamente vida mientras se duchaba. Nora estaba empeñada en servirle café y gachas de avena, pero Luther no quiso nada de todo aquello. Leyó el periódico, se rió con las tiras cómicas, le aseguró un par de veces que Blair se lo estaba pasando bomba y después le dio un beso y regresó corriendo a su despacho como si tuviera que cumplir una misión.

La agencia de viajes estaba ubicada en el vestíbulo del edificio de Luther. Pasaba por delante de ella por lo menos dos veces al día y raras veces echaba un vistazo a los anuncios de playas, montañas, veleros y pirámides.

La agencia era para los afortunados que podían viajar. Luther jamás había salido del país y, de hecho, jamás se le había ocurrido pensarlo. Sus vacaciones consistían en cinco días en la playa en el chalé de un amigo y, con la cantidad de trabajo que él tenía, podían darse por satisfechos si conseguían disfrutar de eso por lo menos.

Se marchó justo pasadas las diez. Utilizó la escalera para no tener que dar explicaciones y cruzó rápidamente la puerta de Regency Travel. Biff lo estaba esperando.

Biff lucía una impresionante flor en el pelo y un sedoso bronceado, y daba la impresión de haberse dejado caer unas cuantas horas por la tienda entre playa y playa. Su atractiva sonrisa obligó a Luther a detenerse en seco y sus primeras palabras lo dejaron estupefacto:

—Usted necesita un crucero –le dijo.

—¿Cómo lo sabe? –consiguió replicar con un hilillo de voz.

Ella le tendió la mano, tomó la suya, se la estrechó y lo acompañó a su alargado escritorio, donde lo acomodó a un lado del mismo mientras ella se sentaba al otro. Largas y bronceadas piernas, observó Luther. Piernas de playa.

—Diciembre es la mejor época del año para un crucero –empezó diciendo, pero Luther ya estaba convencido.

Los folletos cayeron como un torrente. Ella los desplegó sobre el escritorio ante la soñadora mirada de Luther.

—¿Trabaja usted en el edificio? –preguntó, acercándose como el que no quiere la cosa a la cuestión del dinero.

—Wiley & Beck, sexta planta –contestó Luther sin apartar los ojos de los palacios flotantes y las interminables playas.

—¿Especialistas en fianzas judiciales?

Luther se echó imperceptiblemente hacia atrás.

—No. Asesores fiscales.

—Perdón –dijo ella, lamentando el comentario. La pálida piel, las oscuras ojeras, el conservador traje cruzado azul oscuro con una mala imitación de corbata de colegio de pago. Hubiera tenido que comprenderlo. En fin, pensó, alargando la mano hacia otros folletos todavía más relucientes–. Me parece que no tenemos muchos clientes de su despacho.

—No solemos hacer muchas vacaciones. Demasiado trabajo. Me gusta éste de aquí.

—Excelente elección.

Se decidieron por el ‘Island Princess’, una impresionante mole nueva todavía por estrenar, con camarotes para seis mil personas, una docena de piscinas, cuatro casinos, cinco comidas al día, ocho escalas en el Caribe, la lista era interminable.

Luther salió con un montón de folletos y regresó subrepticiamente a su despacho de seis pisos más arriba.

La emboscada se planeó con sumo cuidado. Primero, trabajó hasta muy tarde, lo cual no era en modo alguno insólito, pero en cualquier caso lo ayudaría a preparar el escenario de la velada. Tuvo suerte con el tiempo, porque seguía siendo desapacible. Le costaba entrar en el espíritu de la época estando los cielos tan húmedos y encapotados.

Y le resultaba mucho más fácil soñar con diez lujosos días tumbado bajo el sol.

Si Nora no se estuviera preocupando por Blair, conseguiría convencerla. Se limitaría a comentar alguna terrible noticia acerca de un nuevo virus o quizás otra matanza en una aldea colombiana, y eso bastaría para encauzarla por el camino que él quería. La cuestión era apartar su mente de las alegrías de la Navidad. No va a ser lo mismo sin Blair, ¿verdad? ¿Por qué no nos tomamos un respiro este año? Vamos a escondernos. A fugarnos.
Nos daremos el gusto.

Como era de esperar, Nora estaba pensando en la selva. Lo abrazó sonriendo y procuró disimular que había estado llorando. Su jornada había transcurrido razonablemente bien. Había sobrevivido al almuerzo de las señoras y se había pasado un par de horas en el hospital infantil como parte de su apretado programa de voluntariado.

Mientras ella calentaba la pasta, Luther introdujo un CD de reggae en el estéreo, pero no pulsó ‘play’. La elección del momento era fundamental.
Se pasaron un rato hablando de Blair y, poco después de empezar a cenar, Nora abrió la puerta de par en par.

—Van a ser unas Navidades muy distintas, ¿verdad, Luther?

—Pues sí –contestó tristemente él, tragando saliva–. Nada será igual.

—Por primera vez en veintidós años, ella no estará aquí con nosotros.

—Hasta podría resultar deprimente. Suelen producirse muchas depresiones en Navidad, ¿sabes?

Luther se tragó rápidamente el bocado y su tenedor se quedó en suspenso en el aire.

—Me encantaría saltarme estas fiestas –dijo ella bajando la voz al final.

Luther se echó hacia atrás y ladeó su oído sano hacia ella.

—¿Qué ocurre? –preguntó Nora.

—¡Vaya! –exclamó teatralmente Luther, empujando su plato hacia delante–. Ahora que lo dices. Quería comentarte una cosa.

—Termínate la pasta.

—Ya he terminado –anunció él, poniéndose en pie de un salto.

Tenía la cartera de documentos al alcance de la mano y la tomó.

—¿Qué estás haciendo, Luther?

—Tú espera. –Se situó al otro lado de la mesa, sosteniendo unos papeles en ambas manos–. Ésta es la idea que se me ha ocurrido –dijo con orgullo–. Y es brillante.

—¿Por qué será que estoy tan nerviosa?

Él desplegó una hoja de cálculo y empezó a señalar con el dedo.

—Eso, querida, es lo que hicimos las pasadas Navidades. Nos gastamos seis mil cien dólares por Navidad. Seis mil cien dólares.

—Ya te he oído la primera vez.

—Y no nos sirvió prácticamente de nada. Buena parte del dinero se malgastó. Se despilfarró. Y en ello no se incluye el tiempo que yo perdí, el tiempo que tú perdiste, el tráfico, la tensión, la preocupación, las discusiones, el rencor, la pérdida de sueño... todas esas cosas tan horribles que arrojamos en la época de fiestas.

—¿Adónde quieres ir a parar?

—Gracias por preguntármelo.

–Luther soltó las hojas de cálculo y, con la rapidez de un mago, le mostró a su mujer el ‘Island Princess’. Los folletos cubrían toda la mesa–. ¿Me preguntas que adónde quiero ir a parar con todo eso, querida? Pues al Caribe. Diez días y diez noches de absoluto lujo en el ‘Island Princess’, el buque de cruceros más lujoso del mundo. Las Bahamas, Jamaica, Puerto Rico; ah, espera un momento.

Luther corrió al estudio, pulsó el botón de ‘play’, esperó a que sonaran los primeros compases, ajustó el volumen y regresó a la cocina, donde Nora estaba examinando un folleto.

—¿Qué es eso? –preguntó su mujer.

—Reggae, la música que escucharemos allí abajo. Pero bueno, ¿dónde estaba?

—Estabas saltando de isla en isla.

—Ah, sí, practicaremos el submarinismo en el Gran Caimán, recorreremos a pie las ruinas mayas en Cozumel, practicaremos el surf en las islas Vírgenes. Diez días, Nora, diez días fabulosos.

—Tendré que adelgazar un poco.

—Los dos nos pondremos a régimen. ¿Qué dices?

—¿Dónde está el truco?

—El truco es muy sencillo.

Nos saltamos las Navidades. Ahorramos dinero y, por una vez, nos lo gastamos en nosotros mismos. Ni un céntimo para comida que no vamos a comer o ropa que no nos vamos a poner o regalos que maldita la falta que hacen. Es un boicot, Nora, un boicot completo a la Navidad.

—Me parece horrible.

—No, es maravilloso. Y sólo por un año. Vamos a tomarnos un respiro. Blair no está aquí. Regresará el año que viene y entonces podremos regresar al caos de la Navidad, si eso es lo que tú quieres. Vamos, Nora, por favor. Nos saltamos la Navidad, ahorramos dinero y nos pasamos diez días chapoteando en el Caribe.

—¿Cuánto costará?

—Tres mil dólares.

—¿O sea que ahorraremos dinero?

—Un montón.

—¿Cuándo nos vamos?

—Al mediodía del día de Navidad.

Se miraron largo rato el uno al otro.

El pacto se selló en la cama, con la televisión encendida pero con el sonido apagado, con toda una serie de revistas diseminadas sobre las sábanas, todas sin leer, y los folletos al alcance de la mano en la mesilla de noche. Luther estaba echando un vistazo a un periódico de economía, pero apenas leía nada.

Nora sostenía una edición de bolsillo en las manos, pero no pasaba las páginas.

La causa de la ruptura habían sido los donativos benéficos. Ella se negaba en redondo a suprimirlos o a saltárselos, tal como Luther insistía en decir. Nora había accedido a regañadientes a no comprar regalos. Había llorado ante la idea de no poner un árbol, a pesar de que Luther le había recordado sin piedad los gritos que se pegaban el uno al otro cada Navidad a la hora de adornar el maldito trasto. ¿Y no pondrían ningún muñeco de nieve en el tejado cuando todas las casas de la calle lo tenían? Lo cual trajo a colación el tema del ridículo que harían en público. ¿No los despreciarían por saltarse la Navidad?

Y qué, había replicado Luther una y otra vez. Puede que sus amigos y vecinos los censuraran al principio, pero en su fuero interno arderían de envidia. Diez días en el Caribe, Nora, le repetía una y otra vez. Sus amigos y vecinos no se reían cuando sacaban la nieve a paletadas, ¿verdad? Los espectadores no se burlarán cuando nosotros estemos tumbados al sol y ellos se pongan morados de pavo y de salsa.

No esbozarán relamidas sonrisas cuando nosotros regresemos esbeltos y bronceados y no temamos abrir el buzón de las cartas.

Nora raras veces lo había visto tan decidido. Luther destruyó metódicamente todos sus argumentos uno a uno, hasta que no quedaron más que los donativos.

—¿Vas a permitir que seiscientos puñeteros dólares se interpongan entre nosotros y un crucero por el Caribe? –preguntó Luther acentuando el sarcástico tono de su voz.

—No, eso eres tú quien lo hace –le replicó fríamente ella.

Acto seguido, se fueron cada cual a su rincón y se esforzaron en leer.

Pero, al cabo de una tensa y silenciosa hora, Luther empujó las sábanas hacia abajo, se quitó de un tirón los calcetines de lana y dijo:

—Muy bien pues. Vamos a hacer los mismos donativos que el año pasado, pero ni un centavo más.

Ella arrojó la edición de bolsillo y le echó los brazos al cuello. Se abrazaron y se besaron y después ella alargó la mano hacia los folletos.


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De: perladelmar Enviado: 29/11/2013 03:06

Aunque el plan había sido de Luther, Nora fue la primera en ser puesta a prueba. La llamada se produjo el viernes por la mañana, al día siguiente del Día de Acción de Gracias, y la hizo un sujeto un tanto quisquilloso que no le resultaba demasiado simpático.

Se llamaba Aubie y era el propietario de La Semilla de Mostaza, una pretenciosa y pequeña papelería con un nombre un poco tonto y unos precios exorbitantes.

Después de los saludos de rigor, Aubie fue directamente al grano.

—Estoy un poco preocupado por sus tarjetas navideñas, señora Krank –dijo, adoptando un aire de profunda inquietud.

—¿Y por qué está preocupado? –le preguntó Nora.

No le gustaba ser acosada por un tendero malhumorado que apenas le dirigía la palabra el resto del año.

—Bueno pues, porque usted siempre elige las felicitaciones más bonitas, señora Krank, y tenemos que hacer los pedidos ahora. No se le daban muy bien las adulaciones. A todos los clientes les soltaba la misma frase.

Según la auditoría de Luther, La Semilla de Mostaza les había cobrado la Navidad anterior trescientos dieciocho dólares en concepto de felicitaciones navideñas, cosa que en aquellos momentos resultaba un poco grotesca. No era una suma muy elevada, pero ¿qué recibían ellos a cambio? Luther se negaba a ayudar a escribir las direcciones y pegar los sellos y se ponía hecho una furia cada vez que Nora le preguntaba si habían de añadir o borrar de la lista a Fulano de Tal. Incluso se negaba a echar un vistazo a todas las felicitaciones que recibían y Nora no tenía más remedio que reconocer que el hecho de recibirlas cada vez le deparaba menos satisfacciones.

Por consiguiente, se mantuvo firme y dijo:

—Este año no vamos a hacer ningún pedido de felicitaciones navideñas.

Casi le pareció oír los aplausos de Luther.

—¿Qué ha dicho?

—Ya me ha oído.

—¿Le puedo preguntar por qué no?

—Por supuesto que no.

A lo cual Aubie no tuvo ninguna respuesta que ofrecer. Balbució algo y después colgó. Por un instante, Nora se llenó de orgullo. Sin embargo, titubeó al pensar en las preguntas que le harían. Su hermana, la esposa del clérigo, los amigos de la junta de alfabetización, su tía la de la aldea de
jubilados..., todos preguntarían en determinado momento qué había ocurrido con sus felicitaciones navideñas. ¿Perdidas en el correo? ¿Falta de tiempo? No. Ella les diría la verdad.

Nada de felicitaciones navideñas este año, Blair se ha ido y nosotros nos vamos de crucero. Y, si tanto habéis echado de menos las felicitaciones, el año que viene os envío dos.

Animada por otra taza de café, Nora se preguntó cuántas personas de su lista llegarían a darse cuenta tan siquiera. Cada año recibía unas cuantas docenas, un número cada vez menor, lo reconocía, y no llevaba la cuenta de quién se tomaba la molestia de felicitarles y quién no. En medio del torbellino navideño, ¿quién tenía tiempo para preocuparse por una tarjeta que no llegaba? Lo cual le hizo recordar otra de las quejas preferidas de Luther contra las fiestas: los acaparamientos para emergencias. Nora adquiría unas cuantas provisiones más para poder responder de inmediato a una felicitación inesperada. Cada año recibían dos o tres tarjetas de perfectos desconocidos y de gente que anteriormente jamás se las había enviado y, en cuestión de veinticuatro horas, ella enviaba rápidamente una felicitación de los Krank, siempre con su habitual nota manuscrita de saludo y deseos de paz. Estaba claro que todo aquello era una bobada. Llegó a la conclusión de que no echaría de menos en absoluto todo el ritual de las felicitaciones navideñas. No echaría de menos el aburrimiento de escribir todos aquellos mensajitos y todas aquellas direcciones en unos ciento y pico de sobres, echarlo todo al correo y preocuparse por la posibilidad de haber olvidado a alguien. No echaría de menos la cantidad de correspondencia que se añadía a la habitual, la apresurada apertura de los sobres y las estereotipadas felicitaciones de personas tan agobiadas como ella.

Una vez liberada de las felicitaciones navideñas, Nora llamó a Luther para que éste la animara un poco. Luther se encontraba sentado detrás de su escritorio, tal como siempre ocurría el viernes posterior al Día de Acción de Gracias. Los ejecutivos más destacados de Wiley & Beck tenían que estar allí. Ella le refirió su conversación con Aubie.

—Ese miserable gusano –murmuró Luther–. Felicidades –le dijo cuando ella terminó.

—No me ha costado nada –presumió ella.

—Piensa en todas aquellas playas que nos esperan allí abajo, querida.

—¿Qué has comido? –le preguntó ella.

—Nada. Sigo con las trescientas calorías.

—Yo también.

Cuando colgó, Luther regresó a la tarea que tenía entre manos. No estaba devorando números ni bregando con las disposiciones de Hacienda como de costumbre, sino redactando una carta a sus compañeros. Su primera carta navideña.

En ella explicaba cuidadosa y hábilmente al despacho por qué razón no participaría en los rituales de las fiestas y, a su vez, agradecería que todos los
demás le dejaran en paz. No compraría ningún regalo ni aceptaría ninguno. Pero gracias de todos modos. No asistiría a la cena navideña de gala de la empresa y tampoco estaría presente en la orgía de borracheras que llamaban la fiesta del despacho. No quería el coñac ni el jamón que ciertos clientes enviaban cada año a todos los ejecutivos. No estaba enfadado y no respondería con un «¡Gracias, igualmente!« a cualquiera que le deseara felices fiestas. Se iba a saltar simplemente las Navidades. Y, en su lugar, se iría de crucero.

Dedicó buena parte de la tranquila mañana a la carta y él mismo la introdujo en el ordenador. El lunes dejaría una copia en todos los escritorios de Wiley & Beck.

Comprendieron el verdadero alcance de su plan tres días más tarde, poco después de cenar. Era totalmente posible disfrutar de la Navidad sin
felicitaciones, sin fiestas y sin banquetes, sin regalos innecesarios y sin toda la serie de cosas que, por alguna extraña razón, se asociaban con el nacimiento de Cristo. Pero ¿cómo se podían celebrar debidamente las fiestas sin un árbol? Si prescindieran del árbol, Luther sabía que era muy probable que consiguieran su propósito.

Estaban quitando la mesa, a pesar de que apenas había nada que quitar. Un poco de pollo asado y requesón les permitía perder peso fácilmente, pero Luther aún estaba hambriento cuando llamaron al timbre de la puerta.

—Voy yo –dijo.

A través de la ventana anterior del estudio vio el remolque en la calle y comprendió de inmediato que los siguientes quince minutos no iban a ser muy
placenteros. Abrió la puerta y se encontró con tres sonrientes rostros: dos chicos impecablemente vestidos con el uniforme y todas las insignias de los ‘boy scouts’ y, detrás de ellos, el señor Scanlon, el jefe de sección permanente de los ‘boy scouts’ del barrio. Él también lucía el uniforme.

—Buenas noches –les dijo Luther a los chicos.

—Hola, señor Krank. Soy Randy Bogan –dijo el más alto de los dos–. Este año volvemos a dedicarnos a la venta de árboles navideños.

—Tenemos el suyo en el remolque del camión –dijo el más bajo.

—El año pasado se quedó usted con un abeto azul de Canadá –terció el señor Scanlon.

La mirada de Luther se perdió más allá del lugar que ellos ocupaban, hacia el remolque de plataforma plana, cubierta con dos pulcras hileras de árboles. Un pequeño ejército de chicos los estaba descargando y transportando a las casas de los vecinos de Luther.

—¿Cuánto? –preguntó Luther.

—Noventa dólares –contestó Randy–. Hemos tenido que subir un poco el precio porque nuestro proveedor también lo ha subido. Ochenta el año pasado, estuvo casi a punto de decir Luther, pero se contuvo. Nora apareció como por arte de ensalmo y, de repente, apoyó la barbilla en su
hombro.

—Son tan encantadores –le dijo en un susurro.

¿Los chicos o los árboles?, estuvo casi a punto de preguntar Luther. ¿Por qué no se quedaba en la cocina y le dejaba resolver aquel asunto por su cuenta?

Con una enorme y falsa sonrisa, Luther les dijo:

—Lo siento, pero este año no vamos a comprar ninguno.

Rostros inexpresivos. Rostros desconcertados. Rostros tristes.

Un gemido por encima de su hombro cuando el dolor alcanzó a Nora.

Contemplando a los chicos mientras percibía la respiración de su esposa sobre el cuello, Luther Krank comprendió que aquél era el momento crucial. Como fallara, se abrirían todas las compuertas. Comprar un árbol y después adornarlo y después comprender que ningún árbol parece completo sin un montón de regalos amontonados debajo de él. «Mantente firme, muchacho», se dijo Luther en tono apremiante mientras su
mujer murmuraba:

—Oh, Dios mío.

—Cállate –le dijo él con disimulo.

Los chicos miraron al señor Krank como si éste les hubiera arrebatado las últimas monedas que guardaban en los bolsillos.

—Disculpe que hayamos tenido que subir el precio –dijo apenado Randy.

—Ganamos menos que el año pasado por cada árbol –añadió el señor Scanlon en tono esperanzado.

—No es por el precio, chicos –dijo Luther con otra falsa sonrisa en los labios–. Este año nos vamos a saltar la Navidad. Estaremos ausentes de la ciudad. No necesitaremos un árbol. Pero gracias de todos modos.

Los chicos se empezaron a mirar los zapatos tal como suelen hacer los chicos que se sienten dolidos, y el señor Scanlon puso cara de pena. Nora volvió a soltar un compasivo gemido y a Luther, a punto de ceder al pánico, se le ocurrió una brillante idea.

—¿Vosotros no vais cada año al Oeste, allá por el mes de agosto, a Nuevo México, para una especie de gran asamblea, si no recuerdo mal lo que dice el folleto?

Los pilló desprevenidos y los tres asintieron despacio con la cabeza.

—Muy bien pues, os propongo un trato. Yo paso del árbol, pero vosotros regresáis en verano y yo os entregaré cien dólares para vuestro viaje.

—Gracias –consiguió decir Randy, pero sólo porque se sintió obligado a hacerlo.

De repente, experimentaban el imperioso deseo de largarse cuanto antes de allí.

Luther cerró lentamente la puerta a su espalda y esperó.

Ellos se quedaron un momento en los peldaños de la entrada y después se alejaron por el camino particular de la casa, volviendo la cabeza para mirar hacia atrás.

Cuando llegaron al camión, le comunicaron la extraña noticia a otro adulto vestido de uniforme. Otros la oyeron y, poco después, cesó la actividad alrededor del camión mientras los chicos y sus jefes se reunían al final del camino particular de los Krank y contemplaban la casa como si hubieran visto unos alienígenas en el tejado.

Luther se agachó y atisbó por detrás de las cortinas descorridas.

—¿Qué están haciendo? –preguntó Nora en un susurro a su espalda, también agachada.

—Simplemente mirando, creo.

—A lo mejor, se lo hubiéramos tenido que comprar.

—No.

—No hace falta adornarlo, ¿sabes?

—Silencio.

—Lo tendríamos en el patio de atrás.

—Cállate, Nora. ¿Y por qué hablas en voz baja? Estamos en nuestra casa.

—Por la misma razón por la que tú te escondes detrás de las cortinas.

Luther se incorporó y corrió las cortinas. Los ‘boy scouts’ se volvieron a poner en marcha y el camión empezó a avanzar muy despacio para ir entregando todos los árboles de la calle Hemlock.

Luther encendió el fuego de la chimenea y se acomodó en su butaca reclinable para leer un poco, asuntos tributarios. Se sentía solo porque Nora estaba haciendo pucheros, un breve arrebato que a la mañana siguiente ya se le habría pasado.

Si había conseguido enfrentarse a los ‘boy scouts’, ¿a quién podía temer? Se avecinaban sin duda otros encuentros, lo cual era precisamente otra de las razones por las que a Luther le desagradaba tanto la Navidad. Todo el mundo vendía algo, recogía dinero, pedía una propina, una gratificación, cualquier cosa, lo que fuera, algo.

Volvió a indignarse y se sintió muy a gusto.

Una hora más tarde salió de casa. Echó a andar despacio por la acera de la calle Hemlock sin rumbo fijo. El aire era fresco y ligero. A los pocos pasos, se detuvo a
la altura del buzón de las cartas de los Becker y miró por la ventana del salón, que no quedaba muy lejos de la calle. Estaban colocando los adornos en el árbol
y casi le parecía oír las discusiones. Ned Becker permanecía en equilibrio en el escalón superior de una pequeña escalera de mano, colocando las lucecitas,
mientras Jude Becker, situada detrás de él, le daba órdenes. La madre de Jude, un prodigio eternamente joven más temible todavía que la propia Jude, participaba también en la refriega. Le estaba dando instrucciones al pobre Ned, unas instrucciones totalmente contrarias a las de Jude. Ponlas por aquí, ponlas por allá. Esta rama, no, la otra. ¿Es que no ves el hueco que hay aquí? ¿Pero qué demonios estás mirando? Entretanto, Rocky Becker, el veinteañero que había abandonado los estudios, permanecía sentado en el sofá con una lata de algo en la mano, burlándose de ellos y dándoles unos consejos, a los que, al parecer, nadie prestaba la menor atención. Pero era el único que se reía.

La escena provocó la sonrisa de Luther, le confirmó su acierto y le hizo sentirse orgulloso de su decisión de prescindir simplemente de todo aquel jaleo.
Siguió adelante con paso cansino, llenándose los arrogantes pulmones con el fresco aire y alegrándose por primera vez en su vida de saltarse el temido ritual del adorno del árbol. Dos puertas más abajo se detuvo para contemplar el asalto del clan de los Frohmeyer a un abeto de casi dos metros y medio de altura. El señor Frohmeyer había aportado dos hijos al matrimonio. La señora Frohmeyer se había presentado con tres y a éstos habían añadido otro con el que sumaban un total de seis, el mayor de los cuales no superaba los doce años. Toda la prole estaba colgando adornos y guirnaldas de oropel.

En determinado momento de todos los meses de diciembre, Luther oía comentar a alguna mujer del barrio lo feo que resultaba el árbol de los Frohmeyer. Como si
a él le importara. Pero, tanto si el árbol era feo como si no, ellos se lo pasaban en grande llenándolo de ridículos y vulgares adornos. Frohmeyer se dedicaba a la investigación en la universidad y ganaba ciento diez mil dólares anuales según los rumores, pero, con los seis hijos que tenía, no le daban para mucho. Su árbol sería el último en desaparecer pasado Año Nuevo.

Luther dio media vuelta y regresó a casa. En el chalé de los Becker, Ned estaba sentado en el sofá con una bolsa de hielo sobre el hombro y Jude revoloteaba a
su alrededor y le echaba un sermón, meneando el índice. La escalera de mano estaba volcada y la suegra la estaba examinando. Cualquiera que hubiera sido la
causa de la caída, no cabía la menor duda de que toda la culpa se la iban a echar al pobre Ned.

«Estupendo –pensó Luther–. Ahora me tendré que pasar cuatro meses escuchando los detalles de una nueva dolencia.« Ahora que recordaba, Ned Becker ya se había caído de la escalera en otra ocasión, quizá cinco o seis años antes. Se había estrellado contra el árbol y lo había derribado al suelo, cargándose todos los adornos de Jude. Tras lo cual, ésta se había pasado un año haciendo pucheros. «Qué locura», pensó Luther.

 

CONTINUARA.......


Respuesta  Mensaje 4 de 4 en el tema 
De: Eithlin Enviado: 01/12/2013 16:10


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