El desaliento
Jesús dijo a sus discípulos que hay que orar sin desfallecer.
El Padre Thibaut du Pontavice o.p. narra:
“Delante de la inmensidad de la tarea y los ataques incesantes del tentador, el desanimo invadió al pobre curita. El deseo de huir a un monasterio, le sobrecoge de nuevo. Coge entonces su paraguas, su breviario y prepara su zurrón. Esta vez es la tercera tentativa, esperará a media noche para salir de incógnito. ¡Sin éxito! El sacristán le observa desde hace días y hace sonar las campanas a arrebato. La población sale alarmada a la calle y obliga al cura a entrar de nuevo en el presbiterio. Al día siguiente por la mañana el cura de Ars se excusará: “He hecho una chiquillada”.
Una de las tácticas favoritas del tentador es de insinuar en nosotros lo que Bernanos llamaba el más dulce elixir del diablo: El desaliento. ¿Para qué orar si nada cambia, luchar para recaer de nuevo?
Para combatir este sentimiento, hay que acordarse de que nuestra naturaleza está herida por el pecado. Si “el justo peca siete veces”, nos dice el libro de los Proverbios en su capítulo 24,16, ¿qué de sorprendente tiene que caigamos con frecuencia? Lo importante en el combate contra el desaliento no es tanto el éxito obtenido en nuestra batalla sino en no desanimarse y empezar de nuevo. Nuestra fragilidad nos enseña a contar mucho más en la misericordia de Dios que en nuestras fuerzas.
Si continuamos a desanimarnos, hay que ver si esto no es un signo de falta de confianza en Dios o una forma de orgullo disfrazado. Pidamos al Señor que nos ayude a volver a empezar el combate después de una nueva caída y pedir la ayuda de los santos que también saborearon el desaliento. Texto: Hna. María Nuria Gaza.