Cuando uno se da cuenta de la cantidad de escaleras que hay en los lugares en que vivimos: las ciudades, los shoppings, las oficinas, ministerios, cines, teatros, restaurantes y hasta baños públicos por los que debemos transitar, es ahí cuando uno se da cuenta de que lo que antes era obvio y normal ahora es conflictivo y arriesgado.
Cuando uno tropieza con obstáculos en calles, casas y lugares públicos y, en lugar de levantarse cual resorte, se queda hecho polvo en el piso y necesita la grúa municipal y diez manos amigas para incorporarse rezando por no haberse quebrado un osteoporósico huesito, ahí la fiera venganza del tiempo, tanguera y discepoliana, se nos presenta sin maquillaje, mostrándonos nuestro DNI con una fecha que nos tira a la cara el tiempo transcurrido desde el primer llanto hasta la actualidad.
Esos autos bajísimos, de diseño aerodinámico concebido para ágiles japoneses sin colesterol, que tienen puertas que no se abren del todo como para que un paquidermo reumático ponga sus dos extremidades inferiores en unos cordones de vereda de alturas variables y poca seguridad, y deba recurrir a sus reumáticos brazos para agarrarse del techo del coche, hacer fuerza con su cola mocha, con alguna que otra vértebra conflictiva haciéndose sentir con una puntadita no muy sutil, para emerger tambaleante a una vereda donde un grupo de transeúntes miran con cierta lástima al geronte y alguno hasta se atreve a decir: ¿lo ayudo?, o peor aún: ¿está bien?
Momentos de hondo dramatismo se producen cuando ya no se pueden leer ni con anteojos los prospectos de los remedios que nos recetan con esa letrita diminuta que antes descifrábamos con cierta facilidad. Ni hablar cuando nos hablan y no oímos, y para disimular sonreímos y decimos: sí, sí, qué bien. Y lo que nos han dicho es: ¿te enteraste de que se murió tía Pepa?
Atragantándonos con todo lo que comemos; agitándonos por una escalera de pocos peldaños; inventando lo que mal se oye; confundiendo a tu suegra con una vaca; llevándonos puestas puertas de vidrio; no atinando a marcar un número correcto en un celular (eso a mí no me ocurre, no por joven, sino porque no tengo uno de esos aparatitos), no embocando la llave en la cerradura, no como después de aquellas curdas juveniles en el picnic de la primavera regresando a casa tratando de no hacer ruido para no despertar a los viejos, sino por chicato que no quiere despertar a nadie y tropieza con cuanto encuentra a su paso, desvelando a familiares o vecinos con portazos y maldiciones estentóreas.
Pero no hay que quejarse tanto. Hoy en día hay muchas maneras de prevenir esos males: gimnasia, dietas, chequeos, antioxidantes, terapias ortomoleculares, yoga, meditación y demás bellezas de estas épocas turbulentas donde vivimos más, y al llegar a los 80 las sociedades no pueden mantenernos y terminamos sobrando.
Todo es cuestión de adaptación y filosofía de vida. Cada edad tiene su encanto, sólo que algunas tienen encantos muy escondidos y uno tiene que hacer grandes esfuerzos para encontrarlos.
Enrique Pinti, argentino