ALQUIMIA
El Arte alquímico, al tratar de la transmutación de los metales, considera a éstos como los símbolos de los cambios psicológicos que en los primeros tiempos operan en el aprendiz, el cual estudiando con concentración y paciencia los textos sagrados y vivenciándolos en su Athanor interno, irá observando las transformaciones que produce una nueva visión. De esta manera advertirá cosas que se le escapaban, detalles en los que no reparaba, y que se le van presentando cargados de significación. El fascinante proceso de las transmutaciones metálicas genera en el aspirante una reverente discreción. Por eso la ciencia alquímica es un espejo en el que debe mirarse el aprendiz para ir comprendiendo la estructura del cosmos, su propia constitución. En este sentido la búsqueda y la investigación tradicional es especialmente importante.
Por otro lado, hemos relacionado el proceso alquímico con el proceso de iniciación, conocido y practicado desde siempre por la Tradición Unánime y la Antigüedad. Esta es la Alquimia espiritual, que no se contrapone, sino que muy por el contrario, se complementa con las operaciones materiales, psico-físicas. La transmutación interior se expresa en la psiquis como una revolución o regeneración de valores completa, que incluye la muerte del hombre viejo y el nacimiento del Hombre Nuevo. Esta gestación se compara con el nacimiento de un mundo, por lo que se corresponde con la cosmogonía. Por otra parte, el Camino o Vía Iniciática es también réplica del recorrido del alma post mortem e incluye la inmersión en el país de los difuntos. El alquimista, sujeto y objeto de esta ciencia, debe velar, forzarse a comprender, aunque paradójicamente sabe que los resultados de su arte sólo se obtienen con suma paciencia y cuidado, y que en ocasiones ha de redoblar esfuerzos. La Deidad es permanente asombro y no se deja conocer sin sacrificio, es decir sin un "acto o acción sagrada", que es lo que la palabra sacrificio (del latín sacrum facere) quiere decir exactamente. Asimismo, es sabido que los alquimistas de la Antigüedad, como los medioevales y renacentistas, usaban de la oración como un medio efectivo de transmutación y de comunicación con el espíritu y el alma del mundo, los que a través de sus efluvios templaban su carácter.
P. Agartha