La economía nacional siempre ha estado prendida con alfileres. Hoy por hoy esos alfileres están representados por el alto precio del petróleo. En virtud de esa favorable circunstancia nos hemos podido mantener a flote, pero día llegará en que el fluctuante precio de esa volátil mercancía vuelva a su nivel, y entonces será el llanto y el crujir de dientes. Recomiendo entonces austeridad en el gasto público y manejo prudente en las finanzas. Cualquier endeudamiento es peligroso, pues la efímera bonanza que ahora vemos no puede durar mucho... Cumplido está mi deber de orientar a la República.
Ojalá escuche mi recomendación de austeridad. Procedo ahora a contar un chascarrillo que tiene tres defectos: Es muy largo, no es muy bueno, y es inverosímil. Las personas que no gusten de leer cuentos malos, largos e increíbles deben suspender en este mismo punto la lectura... Afrodisio Pitongo era un sujeto proclive a las voluptuosidades de la carne. La lujuria era su hobby, si me es permitido usar esa palabra.
Buscaba por doquier -y además en todas partes- los goces de la sensualidad; hacía de la lujuria una especie de ciencia de lo experimental. “Soy hombre -solía decir- y nada de lo humano me es ajeno”. ¡Ah, cuán torpe uso hacía de esa clásica frase de Terencio que se refiere a las eternas cosas del espíritu, y no a las deleznables, efímeras y deletéreas banalidades propias de lo material! Cierto día Afrodisio oyó hablar de una mujer pública sumamente singular. No había otra como ella -le dijeron- en todos los confines de la tierra.
Al parecer era enorme aquella daifa; era la más gorda mujer de todo el orbe; era una giganta de dimensiones colosales cuyas medidas excedían toda proporción. Pensó Afrodisio que ejercitar sus artes amatorias con una mujer de tales características añadiría una gala más a su currículum, de modo que hizo el viaje hasta la lejana ciudad donde le habían dicho que aquella hetaira gigantea practicaba su oficio. Buscó la casa donde tenía su actividad, y preguntó por ella.
La madama del establecimiento le dijo que los servicios de la gorda estaban sujetos a una tarifa extraordinaria, y le hizo saber el monto de lo que había de pagar. Era alto el precio, pero Afrodisio no reparaba en gastos para satisfacer su voluptuosidad. Así, pagó con gusto, y por adelantado, la cuota designada. Un ujier lo condujo a la habitación de la giganta. Al verla quedó Afrodisio atónito y anonadado. Sobre una gran cama hecha con hierros poderosos y reforzada con fuertes barras de resistente acero yacía la mujer más gorda que la imaginación humana podía concebir.
Era una mole humana aquella cortesana; sus carnes se extendían como una masa informe por toda la extensión del lecho, y se alzaban igual que una montaña. “Lo que veo -le dice Afrodisio a la mujer- me deja estupefacto. Pero esa misma visión estimula mi libido. Me atrae todo lo extraño, lo fantástico; de modo que será doble mi gozo, pues si me dejas verte durante todo el tiempo que dure este fantástico trance daré satisfacción al mismo tiempo al tacto y a la vista”. Empezó, pues, el sujeto a ejercer a la luz de un foco su singular performance con la tremenda gorda.
A la mitad de la acción, empero, le dijo suplicante: “¿Te parece si mejor lo hacemos con la luz apagada?”. “¡Cómo! -responde con tono gutural la gorda-. ¿No dijiste que querías verme mientras hacemos esto?”. “Sí -reconoce Afrodisio-. Pero el foco del techo me está quemando las pompas”... FIN.