Abro mi vida para confiar en la sabiduría de Dios.
Aveces, puede ser difícil para los seres humanos confiar los unos en los otros. La confianza requiere cierto nivel de entrega y estar dispuestos a ser vulnerables. Para aprender a confiar, comienzo por tener fe en lo Divino en mí.
Al poner mi confianza en Dios, nunca perderé mi camino. Esto no significa que adoptaré una actitud pasiva. Por el contrario, significa que estaré alerta a la sabiduría y el discernimiento, al amor y a la belleza, a la verdad y al orden divino.
El Espíritu me guía a la gente y a las experiencias que me bendicen, y encontraré personas con quienes me siento cómodo compartiendo mis pensamientos, ideas y sentimientos. Al confiar, un mundo de bendiciones se abre para mí.
Nada reemplaza el gozo del Espíritu, nada es más fuerte que la presencia divina moradora. El gozo es constante y está inmune a las circunstancias externas, otras personas o condiciones adversas. Sin embargo, si alguna vez me siento descorazonado porque las cosas no van como espero, dirijo mi atención al centro de mi ser.
Al acudir a mi interior, encuentro que el gozo nunca me ha abandonado. Soy amado. Soy fuerte. Soy uno con Dios en todo sentido. Mi sentimiento de gozo regresa cuando permito que mi conciencia se eleve hacia la presencia y el poder inmutables del Espíritu.
El gozo es tan natural para mí como respirar y sonreír, porque el Espíritu está conmigo y en mí todo el tiempo.
Te ungió Dios, el Dios tuyo, con óleo de alegría.—Hebreos 1:9