Al
contrario de lo que pretende sugerir su nombre, la “economía verde” no
es una nueva economía más “ecológica”. Es otra fase del mismo proceso de
acumulación capitalista. Nada en la “economía verde” cuestiona o
sustituye la economía basada en el extractivismo y los combustibles
fósiles, ni sus patrones de consumo y producción industrial, sino que
extiende la economía explotadora de la gente y el ambiente a nuevos
ámbitos, alimentando el mito de que es posible un crecimiento económico
infinito.
Quienes
se favorecen son las mismas
empresas transnacionales que han provocado y lucrado con las crisis
ambientales, alimentarias, climáticas, financieras. Se trata de una
“súper entidad global” que ejerce un dominio enorme sobre mercados,
producción y políticas nacionales e internacionales.
Únicamente
147 empresas, todas interconectadas, controlan el 40 por ciento del
volumen total de ventas de todas las trasnacionales del globo. La
inmensa mayoría son bancos e intermediarios financieros, que a su vez
tienen un importante porcentaje de acciones en las mayores empresas de
capital productivo.1 De
43 mil empresas ubicadas en 116 países, 737
concentran el 80 por ciento de las ventas de todas las transnacionales.
Pero a nivel de conexiones hay un núcleo de mil 318 empresas que tienen
dos o más interconexiones, con un promedio de 20 vínculos entre sí.
Estas mil 318, con sede en 26 países, mayoritariamente anglosajones,
controlan el 60 por ciento de los ingresos globales, a través de
acciones en empresas globales de manufactura, energía y otros rubros
básicos. Ésta es información clave para entender las políticas
“públicas” que se promueven frente a las crisis financiera, alimentaria,
climática, ambiental.
Sin
tocar ni la especulación financiera que causó la crisis, ni los nocivos
modelos de consumo y de producción contaminantes (bases de la
civilización petrolera y de la devastación
ambiental y climática), esta súper entidad corporativa promueve nuevas
fórmulas para aumentar y legalizar los mercados financieros con la
naturaleza (mercados de carbono, de servicios ambientales, de
biodiversidad, etcétera) y más explotación de naturaleza y recursos a
través de nuevas tecnologías para procesar la biomasa. Irónicamente, a
estos paquetes de subsidio a corporaciones abriendo nuevas fuentes de
mercantilización de la naturaleza (y sus funciones para aumentar las
ganancias con supuestos remedios a las crisis que ellas mismas
provocaron), le llaman “economía verde”. O como dijo Obama, se trata de
un “nuevo acuerdo verde”, donde todos ganaremos. Claro que las ganancias
están siempre referidas a los mismos: a esa red corporativa que tiene
entre sus tentáculos al planeta y a la gente.