Siempre creí que con solo ver la cara de la gente, uno podría conocer lo esencial de su persona; que las huellas en su cutis eran señales de vida que podrían leerse como en un viejo papiro y en sus ojos, estaría la clave para penetrar en su conciencia y aprender todo lo referente a su reputación, aún sin hablar una sola palabra con ella. Con estas premisas anduve altivo por mi vida sabiéndome un conocedor de la cualidad humana. Sin temor a equivocarme taladré en la superficie del rostro de mis amigos y enemigos, mis amores y desamores hasta convencerme de sus cualidades, las que pretendí asociar a las mías en un juego de simbiosis y desaires, avenencias y discordias, las que incorporé a mis hábitos sociales cuando la providencia me convidó a asimilarlas. (DE LA WEB)