¿QUÉ ES COMPRENDER?
La vida sólo puede ser comprendida mirando hacia atrás, pero hay que vivirla mirando hacia delante. (Kierkegard)
De la cita anterior se desprende que el acto de comprender algo se encuentra disociado en origen: por una parte necesitamos echar mano de nuestra memoria a fin de hacer encajar lo nuevo con lo viejo. Algo que solo podemos llevar a cabo a través de las semejanzas, las similitudes, los parecidos que encontramos entre lo nuevo que acontece y lo viejo que sucedió.
¿Pero qué sucede cuando lo nuevo no puede encajarse en ningún patrón conocido?
Es entonces cuando la inteligencia, el entendimiento sale al paso para alumbrar nuestro conocimiento de algo. Pues precisamente la inteligencia es la capacidad para encontrar comprensión, entender lo nuevo, creando o inventando soluciones ex novó. La inteligencia es sobre todo inventora. De repetir ya se encarga el automatismo con el que funciona nuestra memoria.
Esto se parece a aquello, luego esto y aquello es la misma cosa. Quien recuerda una cosa de la que gozó una vez, desea poseerla en las mismas circunstancias que cuando gozó de ella por primera vez.
La memoria es por definición nostálgica..
De manera que inteligente es aquella discriminación que hacemos para reconocer un patrón nuevo y despreciar la similitud que nos promete esa especie de pensamiento mágico que encuentra semejanzas en aquello que se parece. Intermitir es discriminar.
Comprender es aquello que cae y sucede dentro del campo tridimensional que configuran la inteligencia, la experiencia y la instrucción. Comprender es un acto de interpretación.
Conocer es interpretar. Y para interpretar necesitamos de la ayuda de una herramienta simbólica: el lenguaje, sin lenguaje habría una comprensión primitiva, ligada a la supervivencia y a la detección de amenazas, pero no una comprensión de la alteridad o de un fenómeno complejo. Es a través del lenguaje como utilizamos los marcajes, las etiquetas y las guías que nos permiten comprender algo.
Pero no debemos confundir interpretar algo con recordar algo que nos aconteció en el pasado. Cuando echamos mano de nuestra experiencia a fin de interpretar algo nuevo nos encontraremos con la paradoja de creer haber comprendido algo sin haber comprendido nada.
¿Qué queremos decir cuando afirmamos que hemos comprendido algo? ¿Qué queremos decir cuando sentimos que nos comprenden?
Lo que queremos decir es que compartimos o no esa matriz triangular que configuran ciertos lugares comunes, un plano de definición. De estos lugares comunes de los que cierran el campo de la comprensión, hay dos sobrevalorados: la experiencia y la instrucción y uno infravalorado: la inteligencia.
La inteligencia es probablemente una de las funciones mentales más abandonadas por la ciencia y la psicología. Pocas personas se interesan por la inteligencia a pesar de la evidencia, intuitiva y automática que tenemos para detectar a aquellos que tienen una menor o mayor inteligencia que nosotros mismos. La decadencia del valor atribuido a la inteligencia está provocada por la preeminencia de un ideal ilustrado: el de la igualdad. Si todos somos iguales entonces la inteligencia debe ser igual para todos. Y si no es así, entonces debe ser por falta de instrucción. Es verdad que la falta de instrucción o una instrucción equivocada puede malograr una inteligencia lúcida, como también es verdad que los problemas emocionales pueden obstruirla. Los enemigos de la comprensión son fundamentalmente tres: la brecha de la inteligencia, las creencias estereotipadas y el particularismo.
La incomprensión es pues un problema de falta de inteligencia.
La inteligencia se manifiesta en la tolerancia
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