2. El Dios del Evangelio. El cristianismo, desde el primer momento (antes de que a los seguidores de Jesús se les llamara “cristianos”: Hech 11, 26), tuvo el atrevimiento de proclamar su fe en un “Dios crucificado”. Como es lógico, en una cultura en que la muerte en cruz era el “servile supplicium”, del que habla Tácito (Hit. 4, 11), el tormento que arrancaba el honor y la dignidad del “ciudadano romano”, como explica Cicerón en su diatriba contra Verres (In Verrem, II, 5, 64), porque era la más degradante de acabar con esclavos, extranjeros y subversivos contra el Imperio, evidentemente unir la palabra “Dios” con la muerte, y con la muerte en “cruz”, representaba una locura y una burla. Por eso nada tiene de extraño que la primera imagen de un crucifijo, de la que se ha podido tener noticia, es de hacia el año 200 (d. C.).
Y es una imagen blasfema. Porque se trata de un dibujo con graffiti, que se encontró (en 1856) en una de las dependencias de la servidumbre imperial en el Palatino de Roma. El tosco esbozo allí pintado representa a un hombre crucificado y con cabeza de burro. Debajo escribieron: Alesamenos sébete theom: “Alejandro adora a Dios”. Y es que, en tiempos del Imperio, un “Dios crucificado” era una burla tan impresentable, que sólo se podía representar como la adoración de un asno. Esto era tanto como afirmar la inversión total de la Religión.
Pues bien, estando así las cosas y en una cultura que podía unir de esa forma a Dios con la cruz, se comprende que san Pablo, en la primera carta a los corintios, explique a Jesucristo crucificado hablando de la “locura (morós) de Dios” y de la “debilidad (asthenés) de Dios” (1 Cor 1, 25), evidentemente no es el Dios “todopoderoso” (pantokrátor) al que confesamos en el Credo, según la conocida fórmula del concilio de Nicea (DH 125). Un Dios “débil” y “loco” no tiene sitio en nuestro sistema cultural, ni en nuestra escala de valores, ni en lo más elemental de nuestras convicciones religiosas. Por la sencilla razón de que hablar de esa manera de Dios, desde los criterios que conforman a una Religión, sea la que sea, es no sólo la mayor falta de respeto en que podemos incurrir, sino algo mucho más radical: eso equivale a negar a Dios y a burlarse de la Religión.
Por eso, seguramente, la mayor dificultad que tenemos los cristianos, para entender el cristianismo, es precisamente la Religión. Lo he dicho antes. Y tengo que insistir ahora en ello. Nosotros estamos familiarizados con la imagen de Cristo crucificado. Es más, no sólo estamos familiarizados con esa imagen. El problema está en que, además de familiaridad, ante Jesús crucificado, se movilizan en nosotros los sentimientos más nobles y más profundos: respeto, admiración, devoción, piedad, generosidad, esperanza. Y todo eso, por supuesto, es perfectamente comprensible.
Pero es comprensible porque siempre nos han dicho que un crucifijo es una “imagen religiosa”, cuando, en realidad, Jesús colgado en una cruz, fuera de las puertas de la “ciudad santa”, fue históricamente algo que no tuvo que ver absolutamente nada con la Religión. Peor aún, si los sumos sacerdotes tuvieron tanto empeño en que no bastaba matarlo, sino que era necesario crucificarlo (Jn 19, 6. 15-16; Mt 27, 22-26 par), eso sucedió así porque los sacerdotes vieron que el rechazo más radical, que la Religión podía hacer del Evangelio, se realizaba precisamente colgando a Jesús de una cruz. No hemos entendido la cruz porque no hemos entendido el Evangelio. Lo que, en último término significa que, en realidad, lo que no hemos entendido es el Dios del Evangelio, el Padre de Jesús.
Pero aún queda lo más importante por decir. En el conocido himno de la carta a los filipenses, san Pablo dice que Jesús, “a pesar de su condición divina, no se aferró a su categoría de Dios; al contrario, se vació de su rango y tomó la condición de esclavo, haciéndose uno de tantos” (Fil 2, 6-7). Pablo utiliza aquí la palabra griega kenos, que significa “vacío”, ya que el verbo kenoô significa “vaciar”. Pablo afirma, por tanto, que el Dios de los cristianos es un “Dios kenótico”, un Dios “vaciado de Sí mismo”. Tengamos en cuenta que, en Jesús, quien se despoja de su rango y se vacía de sí mismo, es Dios. Esto no quiere decir, no puede decir, que Dios, durante la vida terrena de Jesús, dejó de ser Dios. Lo que Pablo quiere decir es que la morphé Theoú se cambio en morphé douloú (Fil 2, 6-7).
La palabra griega morphé significa “forma” o “manifestación visible” (W. Pölmann). Por tanto, Pablo nos viene a decir que el Dios, que se nos da a conocer en Jesús, sólo se hace presente en “forma de esclavo”. Lo cual nos lleva derechamente e inevitablemente a la conclusión siguiente: Dios ha renunciado a toda grandeza, a toda majestad, a toda expresión de poder. Porque un esclavo es la negación total de todo lo que sea grandeza, majestad o poder. Y advierto que aquí es decisivo comprender que la exaltación de la que habla Pablo, al final del himno (Fil 2, 9-11), no es la anulación de la kenosis, para que todo quede como estaba antes de la existencia terrena de Jesús.
Sigue parte 7
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