Una rosa puse en tus manos
y sin quererlo una espina hizo
brotar sangre y la sangre se confundió
con la rosa...
y ya no supe si era una flor roja o tu piel
lo que me rozaba,
y entonces, la rosa abrió sus pétalos
cual entrega esencial,
y yo sentí tu cuerpo
con toda su potencia
y dulzura de amor joven,
y fuiste mía ¿mujer o rosa?
y te adoré como mujer y como rosa,
deshojándote pétalo a pétalo
y músculo a músculo...
Hoy, al preguntarme si eres mujer o rosa,
con tus terciopelos y espinas,
tengo la certeza
de haberte amado siendo tú...
mujer y rosa.
© Juan José Mestre
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