Un día como el
de hoy, pero de 1980, las fuerzas de seguridad del gobierno ultra-derechista de El Salvador, hacen explotar varias bombas que provocan el pánico entre la multitud que abarrota la plaza de la Catedral, para luego acometer a balazos contra los miles de ciudadanos que se encontraban participando de los funerales del Arzobispo Romero, asesinado días antes por un miembro de los “Escuadrones de la muerte” mientras oficiaba una misa en la capilla del Hospitalito “La Divina Providencia”. Al crímen del Monseñor y a la masacre de la Catedral, le siguirían otros actos de violencia contra una Iglesia comprometida con el pueblo salvadoreño que denunciaba a viva voz la salvaje represión desatada por los militares. Aquella mañana de Domingo, calurosa y soleada, la plaza se veía colorida, salpicada de sombrillas, pañuelos, pancartas, palmas y retratos de Oscar Arnulfo Romero, pero también se percibía la frustración, la impotencia y el dolor de toda esa gente congregada, compuesta en su mayoría por mujeres, y también por muchos niños y ancianos que junto con un buen número de campesinos querían darle su último adiós. Tras el ataque criminal, la multitud se precipitó despavorida hacia el lado contrario de donde provenían los disparos, intentando entrar a la Catedral para guarecerse de la balacera. Muchas mujeres murieron aplastadas y asfixiadas en medio del caos. Otras personas, cayeron bajo las balas asesinas disparadas desde el Palacio Nacional. El saldo de los trágicos sucesos ocurridos aquel día, fue de 40 muertos y más de 200 heridos.