Un día como el de hoy, pero del año 1767, Carlos III, decret
a la expulsión de los jesuitas de todos sus reinos, así como la incautación de sus bienes. Era una medida propia de un gobierno absolutista contra una organización contraria al regalismo político existente. Los jesuitas intentaban implantar un modelo evangelizador, alternativo al de la predicación colonizadora y castellanizante. La decisión de Carlos III, juzgada como nefasta por la Historia, dejó un vacío que nadie pudo llenar. Debido a la decisión monárquica, todo fue caos y confusión en aquellos lugares donde había prevalecido el orden. Los terrenos agrícolas y ganaderos de las misiones, que eran propiedad comunal de los indígenas, comenzaron a caer en manos de blancos y mestizos. Los jesuitas habían proclamado la necesidad de construir una sociedad paralela a la de las colonias, sin supeditación e intervención de ellas. Mientras que los europeos ambicionaban para su propio desarrollo económico la mano de obra de los naturales, los jesuitas, mediante sus misiones, evitaban la explotación de los originarios por parte de aquellos. Es que el proyecto social de los jesuitas excluía el sometimiento por la fuerza. Ellos no solo pretendían enseñar la palabra de Dios, también se habían propuesto establecer un régimen social “distinto” (utópico), basado en los valores solidarios y comunitarios. Las misiones fueron un proyecto de república, basadas en un cristianismo primitivo. Su sentido humanista era la clave de una prosperidad que terminó resultando intolerable para la codicia de los colonizadores.