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De: Alex argos (Mensaje original) |
Enviado: 09/08/2011 18:44 |
CAP. 4.- LA “DOCTRINA LUCIFERINA” Y LA INVERSIÓN SIMBÓLICA
Ya hemos visto en los dos capítulos anteriores, que el proceso de
deshumanización abarca todas las manifestaciones de lo humano, desde lo más “tosco” (es decir, el cuerpo, tal y como vimos en el segundo capítulo) hasta la manifestación más sutil que podríamos llamar la “cualidad humana” (abordado en el tercer capítulo). Todo este proceso va a cristalizar en una inversión del mismo núcleo del hombre. Explicamos esto: es el conocimiento lo que da fundamento al ser humano y la base de ese conocimiento es el principio de “verdad”. Si éste es –con propiedad- el “principio” de lo humano, ¿cuál será su final? Si el origen del ser humano es el conocimiento, la destrucción de ese ser humano conllevará una inversión de ese conocimiento, que tendrá la apariencia (sólo la apariencia) de una “doctrina”, una nueva falsa verdad, una transmisión de ignorancia contratradicional. Esa “doctrina” sin más verdad que una ilusión, sin
más conocimiento que el error, sin más esencia que lo grotesco, se mostrará
como la destrucción intelectual del ser humano. Si ya vimos como se manifiesta el cuerpo del hombre tras su destrucción a través del espectro inframaterial, ahora veremos la manifestación del residuo intelectual del humano rebajado de los límites que le son propios: “la doctrina luciferina”.
Sabemos que muchos lectores van a extrañarse con esta nomenclatura, y –con razón- van a pedirnos una explicación a la utilización de esta voz: “Lucifer”.
Entendemos las reservas que se pueden tener al utilizar este nombre. Sin entrar en complejas cuestiones sobre el término y sobre su uso (muchas veces abusivo y pocas apropiado), resumimos lo que entendemos por Lucifer: no es más que la tendencia infrahumana; y si utilizamos ese término es sencillamente porque es el que con más frecuencia utilizan los apologistas del Novus Ordo Seclorum. Son ellos mismos (altas finanzas, políticos, militares, banqueros internacionales, periodistas, directivos corporativistas…) quienes han hecho y hacen referencia explícita a Lucifer e incluso a una “doctrina luciferina”. Resulta fácil encontrar reportes que documentan estas referencias por parte de todo el espectro del Establishment. Sólo
por eso utilizamos esa nomenclatura: porque a falta de una que dé forma a lo más amorfo y monstruoso, vamos a utilizar el nombre que el mismo monstruo utiliza, sólo con un valor práctico para referirnos a algo que preferiríamos no referir y que sólo nos merece desprecio. Este desprecio da fuerza a nuestro deber de combatir a aquello que identificamos con enemigo: lo que nos rebaja como humanos. Eso es todo lo que merece la pena explicar con respecto a “lo luciferino” como palabra, y –por extensión- se puede aplicar a toda referencia que hagamos a “lo satánico”, siempre utilizando esas palabras a falta de otras mejores, y con conciencia plena de que son esas mismas las que los artífices del Novus Ordo Seclorum utilizan.
Uno de esos artífices (y “artífice” aquí significa simplemente “marioneta” de una fuerza inferior inconsciente) fue Albert Pike, un infame personaje que adoptó por primera vez el término que aquí usamos: “doctrina luciferina”. No nos gusta nada detenernos en perspectivas históricas, y mucho menos, biográficas de este tipo, pero ¿quién fue Albert Pike? Nuestra respuesta: uno más de una serie de personajes que a lo largo de los tres últimos siglos trabajaron en las fases postreras de la construcción del mundo moderno, lo que desde la perspectiva de estas fuerzas se llama “nuevo mundo”, y desde la perspectiva humana se llama “último mundo”, en el sentido de que cerrará el actual manvantara. Desde el punto de vista histórico, ¿quién fue Albert Pike? Un militar, abogado y escritor norteamericano nacido en 1809 y muerto en 1891, alto iniciado en la masonería, graduado 33 del Rito Escocés, prestigioso teósofo teórico masónico, miembro de numerosas logias europeas y norteamericanas, satanista declarado, racista sin complejos, fundador del KuKluxKlan, y contacto estratégico del Priorato de Sión en
Estados Unidos. Precisamente a través de estos contactos con grupos de poder europeos, Pike mantuvo una relación estrecha con Giuseppe Mazzini, otro personajucho clave en esta trama. Sin entrar en cuestiones históricas sobre esta siniestra pareja (insistimos: no interesa), una carta que Pike escribió a Mazzini expuso con un profético estilo ditirámbico, la situación apropiada en la que la “doctrina luciferina” triunfaría. En la carta, Pike explica como “tras enconar las pasiones de las masas”, la humanidad sufriría “tres grandes guerras” que darían pie a presentar “la auténtica doctrina luciferina” que llevaría a los hombres a “niveles de salvajismo nunca antes conocidos”. Más allá de fantásticas lecturas, esta “presentación de la auténtica doctrina luciferina” hace referencia al triunfo ideológico del proceso de ordenación mundial que los grupos de poder europeos
(a los que Pike y Mazzini estaban vinculados) planearon bajo diferentes nombres:
“Novus Ordo Seclorum”, “Gran Obra de las Eras”, “Nuevo Orden Mundial”, “el nacimiento del hombre nuevo”… el término “doctrina luciferina” se volverá a usar repetidas veces por otros apologistas de este proyecto. Pero como nuestra intención es prestar la mínima atención a individualidades tan despreciables, y simplemente limitarnos a contextualizar en la medida de lo posible la terminología central de este capítulo, creemos que esta referencia a Albert Pike ya resulta excesiva… ¿Quizá cabe recordar al lector que una majestuosa estatua de este tiparraco luce actualmente la plaza judicial de la ciudad de Washington?
Por lo tanto, la “doctrina luciferina” sería la expresión del conocimiento propia de la infrahumanidad, lo cual sería en sí mismo una contradicción, pues en lo infrahumano no existe conocimiento posible. He aquí su auténtica naturaleza: la impostura. La “doctrina luciferina” no es ni puede ser una doctrina; se trata de una ilusión intelectual, una suerte de parodia grotesca del principio gnoseológico.
Si el conocimiento humano tiene la verdad como principio, en la imposición de la ignorancia es la mentira quien tiene que ejercer de centro y núcleo de la contrahechura doctrinal, aunque sea sólo a un modo imitativo. Como reflejo invertido de la verdad cualitativa, la mentira se mostrará bajo formas
cuantitativas: es la cantidad donde se apoya el error para disfrazarse de
carnavalesca verdad. Esta endiablada sustitución de principios es la que da a la “ciencia” desarrollada en los últimos cuatro siglos (de hecho, la llaman “ciencia moderna”) ese carácter experimental, utilitarista y evolucionista, que actualmente ha sido llevado al máximo extremo conocido. Por “experimental”, el moderno quiere decir que cuanta más cantidad de veces se repita una experiencia, más cerca está la experiencia de ser verdad. El científico moderno hace su ciencia:
anota la cantidad de experiencias que tenderá a repetir. Al contabilizarlas –como no puede ser de otra manera- en un parcial numérico, el número de experiencias –valoradas de antemano como verdaderas- sólo puede tender a lo indefinido, y jamás al infinito (como la ya establecida confusión de términos matemáticos podría hacernos creer). Cuando el científico moderno llega a un número de experiencias que él cree considerable y que siempre será definida por una cantidad, él “universaliza” una verdad científica. El científico moderno hace su ciencia: a la repetición experimental apoyada en una cantidad, la hace llamar “siempre”, “carácter universal”, “ley”; y a esta nueva formulación de una “ley universal” ya no sólo la identifica con la verdad, sino que nos dice con alegría que está “comprobada científicamente”, “empíricamente”, “experimentalmente”. A través de este “método científico” vemos que el principio de verdad no interesa mucho, ya que éste puede ser sustituido sin problemas por números (que serán
altísimos y fantásticos). También se puede ver que ya no sólo se prescinde de la verdad, sino que universalizando mentiras libadas por el laboratorio, se van construyendo múltiples y falsas verdades a medias (“verdades relativas”, lo harán llamar) que configuran el pensar de un hombre –el moderno- que se va a ir alejando (eso sí: científicamente) de su cualidad humana.
La incontestable falacia del carácter “experimental” de la ciencia moderna será disimulada con la “practicidad” de las aplicaciones de dicha ciencia: la tecnología.
En palabras más claras: el científico moderno, después de hacer su ciencia, dice:
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Primer
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2 a 3 de 3
Siguiente
Último
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“Bien, no te preocupes por la verdad… Esto que he hecho tiene aplicaciones prácticas; es muy útil.” El “utilitarismo” articulado explícitamente por cierta corriente filosófica europea (más concretamente inglesa, alrededor de la figura de John Locke) sirve de argamasa para tapar las goteras de los laboratorios empíricos europeos. Si el método experimental asesinó a la verdad, los científicos europeos esconderán el cadáver a mil pies bajo tierra al mostrar los encantos “útiles” de su
actividad. ¿Verdad? El utilitarismo responde: “¡Verdad es lo que es útil, amigo mío!”. Así, la ciencia moderna declara que todo tendrá una utilidad, una finalidad, un fin... ¿Habrá que preguntarse que “fin” será ese? Pues bien:
independientemente de dónde y cuándo sitúen los modernos el “fin”, parece que para llegar a este fin, nuestras vidas tendrán que desarrollarse en un movimiento de perfeccionamiento diabólicamente teorizado que llamarán “evolucionismo”.
Aplicado a la ciencia moderna, esa “evolución” se identificará con un premio
muy cotizado a partir de ese momento: el “progreso”. De esta manera, la ciencia moderna consigue concebir el mundo como una suerte de laboratorio
experimental cósmico; y la vida del ser humano, como una siniestra gymkhana en la que sólo sobrevivirá quien consiga “adaptarse” (ya nos podemos imaginar qué precisará esa “adaptación”). Así, a través del “evolucionismo” (por cierto, teorizado por otro británico, Charles Darwin, tras interpretar sus observaciones sobre las bestias), se dará base “científica” a la “doctrina luciferina”, la cual tiene implicaciones más serias que las que se pueden entrever a través de su soporte experimental, utilitarista y evolucionista. Y este es un punto importante en esta exposición: no estamos identificando aquí a la ciencia moderna con la “doctrina luciferina”. No. No estamos enunciando una “satanización” de la ciencia, como tampoco estamos quitando su validez, pues dicha validez se basa en una utilidad que no nos interesa y que, en cualquier caso, estaría lejos del conocimiento verdadero. La ciencia moderna no es la fuerza deshumanizadora que aquí tratamos. Lo que sí decimos –bien clarito- es que la ciencia moderna es una burda mentira, en la medida en la que está desconectada del principio metafísico
que le daría validez gnoseológica. ¿Qué se entiende por mentira? La impostura malintencionada de una verdad. Al liquidar el principio de conocimiento verdadero, la “doctrina luciferina” se apoyará en la ciencia moderna como paródico fundamento de mezquina necesidad.
Por lo tanto, la ciencia moderna no será tanto el principio de la fuerza
deshumanizadora (tal y como su apariencia podría dar a entender), sino tan sólo un medio más, un útil a su vez, un pretexto para imponer el error. Tal y como todos los lectores reconocerán tras un honesto examen introspectivo, nadie conoce la verdad en el mundo moderno; es más, a la verdad ni se la tiene en cuenta como principio. Eso sí: todos los lectores también reconocerán encontrar un cómodo sustitutivo incrustado en ellos que, independientemente de ser verdadero o no, nadie osará cuestionar: la ciencia moderna. Ese intruso sucedáneo de conocimiento parasitando los corazones humanos, ejerce de verdad invertida, de error útil, de mentira central de la “doctrina luciferina” que está siendo presentada en estos mismos compases de nuestras vidas.
La expresión de esta “doctrina” no sería tanto una palabra, tal y como aparece en el logos de doctrinas mediterráneas-cristianas o en el pranava en la tradición india, sino más un número. Si la cualidad se expresa con un nombre (en sánscrito, nama), la inversión utilitarista de ese nombre será una expresión puramente cuantitativa, es decir, una “cifra”, tal y como aparece en la tradición hebraica y en las fuentes apocalípticas del cristianismo y su ya famoso “666”. Va a ser el dominio estadístico-matemático quien desempeñará la expresión de negar la cualidad humana; y esta negación ya se puede evaluar actualmente al ver a todos los seres humanos numerados con identificación nacional, pasaporte, número de seguridad social, número de tarjeta de crédito y demás “identidades”. El ser humano pasa a identificarse con un dato estadístico, y con esos datos procesados por las diferentes ramas de las aplicaciones científicas, se determinará la vida de aquel individuo valorado como dato. El lector encontrará infinidad de ejemplos en su día a día cotidianos: “El 80% de la población vive por debajo del umbral (numérico) de la pobreza”, “Existen 5.000.000 de parados en ese o aquel estado”, “Más de 1.000 muertos llevan contabilizándose tras el más importante terremoto (8.1 en la escala) de los últimos 200 años”, “las autoridades demográficas consideran que existe una superpoblación del 60%”… La “doctrina luciferina” valora la cualidad humana negándola a través de parciales numéricos; y esa valoración no se conforma con ser una falacia, sino que ella se presentará como pretexto para llevar a cabo acciones (ellos dirán: “tomar medidas”).
Por muy cotidiana que sea (incluso por muy acostumbrados que estemos a ella), resulta sumamente sencillo identificar la actividad esquizofrénica basada en la “doctrina luciferina”. El esquema de funcionamiento de esta actividad es a grosso modo como sigue: el ser humano es un número; ese número con otros números forman un dato; esos datos junto a otros datos son interpretados (con más rigor, “procesados”); esa interpretación no se ajusta a los objetivos esperados; para llegar a ese objetivo numérico se toman “medidas” (que etimológicamente resulta ser otra “cantidad”). Este esquema se repite en todas las áreas de la actividad luciferina. Se verá que toda esta enrevesada locura buscaría simple y llanamente “que salgan los números”… Pero, ¿Qué números serían esos? Esa es una buena pregunta porque todos esos resultados numéricos se valoran con respecto a una ambigua noción de “progreso” del cual poco cierto se puede decir salvo que - como toda progresión numérica- sólo puede tender a lo indefinido. Por lo tanto, la locura de la “doctrina luciferina” del Establishment no sólo acaba con la cualidad humana, sino que –con una certeza matemática difícil de digerir- ella parecería no tener fin.
Pero vamos a evitar asomarnos a tan horripilante abismo. Vamos a circunscribir nuestro interés a aquello que amenaza inmediatamente a nuestras vidas, es decir, las susodichas “medidas” que se toman contra la humanidad. Los seres humanos tiemblan de miedo (temblor perfectamente comprensible) cuando el Establishment habla de “problemas” (la crisis económica, un conflicto bélico, la epidemia de turno… o lo que sea). El temblor se convierte en terror cuando el mismo Establishment responde a ese problema con una solución en forma de “medidas”.
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En ese proceso, la única variación se limita al dominio estadístico (por ejemplo, “el paro ha bajado 2% y ya hay 300.000 parados menos”, “se han vacunado a 200.000 personas”, “el ejército domina el 70% del país ocupado”…) Por supuesto, estas “medidas” se traducen en vivencias reales que son sufridas por seres humanos vivos. Por cierto, muchos de esos seres vivos no sólo no identificarán el problema que el Establishment anteriormente había presentado, sino que muchos dudarán –con muchísima razón- que ese problema exista en realidad. Así, el Establishment ejerce sus políticas militares (por ejemplo, invadir un país o masacrar a un pueblo), políticas económicas (cobrar un impuesto nuevo o “sanear” a las entidades bancarias que han creado una crisis económica), políticas medioambientales (ocupar una región para “protegerla” o prohibir la pesca tradicional), políticas sanitarias (legalizar o ilegalizar una droga, vacunar en masa a la población…) El poder ejerce sus “políticas” con el pretexto que ya hemos visto como centro de la “doctrina luciferina”: la mentira. ¿Qué mentira concreta es en este caso? Una bien identificable y denunciable: las políticas dicen dar soluciones a problemas humanos cuando –en verdad- están ahogando al hombre moderno en su único y gravísimo problema: la deshumanización. Las aplicaciones de las políticas van acotando al hombre en límites que no le son propios, ofreciendo para sus presuntos “problemas”, “soluciones” que generan innumerables conflictos y desarmonías. Esa es la función de la política moderna, y teniendo en cuenta esto, ¿A través de qué legitimación se permite la aplicación de semejantes monstruosidades? A través de una definición de sinvergüencería:
se utiliza otro número estadístico expresado esta vez como aceptación parcial de la masa registrada como participantes electorales, es decir, lo que vulgarmente se llama “democracia”. El hombre reducido a su valor como ente numérico “vota” en un proceso que justifica la actividad de aquel sujeto que organizó dicho proceso. ¿Se puede imaginar una locura tan absurda y destructiva como la que actualmente gobierna el mundo de los hombres? La población expresada como número tiene un problema como número, que es solucionado a través de un número justificado por el mismo número que expresa la población. Ya veremos con más detalle la estructura dualista de la “democracia” en otros trabajos futuros. Sin embargo, no es necesario ir más allá para comprobar que la “democracia” –esa vaca sagrada de la modernidad que se venera con una ciega apología fundamentalista- no es más que la expresión política de una misma mentira. Esa expresión servirá a su vez como pretexto para invadir países, proclamar guerras, torturar presos, masacrar a gente inocente… “Defender la democracia” suele ser (está siendo en estos mismos momentos que escribimos) el pretexto eufemístico para atacar la vida del ser humano. Basta que el lector eche un vistazo a cualquier periódico oficial para comprobar esta máxima moderna.
Mientras estas mentiras se van intercambiando (ayer la “independencia”, hoy la “democracia”, mañana el “medioambiente”…), el ser humano en su camino hacia su límite inferior, se irá cargando con más y más estructuras intrusas que lo condicionarán muchísimo más allá de su condición natural, la propia condición humana. Esta desvinculación entre la naturaleza y las estructuras que el Establishment crea en contra del ser humano, tienen como modelo ejemplar uno de los estudios científicos preferidos de la “doctrina luciferina”: la economía.
Según la autoridad máxima de la lengua que aquí manejamos la economía sería “la ciencia que estudia los métodos más eficaces para satisfacer las necesidades humanas materiales mediante el empleo de bienes escasos”. Resulta revelador que sea explícitamente la “escasez” con lo que se define la economía; y no podemos evitar preguntar a los honorables académicos si la economía como ciencia dejaría de tener validez si se demostrara que los bienes son abundantes y no escasos.
Existe una vieja y grave desactualización no sólo en los diccionarios, sino también en la noción general del término “economía”. Otra definición reveladora sería la “clásica” que ofreció Friedrich Engels: “Economía es la ciencia que estudia las leyes que rigen la producción, la distribución y la circulación de los recursos naturales.” Esta definición es a la que se adhiere la gran mayoría que piensa que existe una correspondencia entre la economía y los recursos materiales que la naturaleza ofrece. Para esa mayoría, informamos –muy tarde, a nuestro parecer- que actualmente no existe esa correspondencia de ninguna de las maneras. Esa “economía” como ciencia es una patraña ya desde su misma definición. No son los recursos naturales, ni los bienes materiales, ni las necesidades humanas, los objetos de esa economía. Lo que la economía estudia –eso sí- son las leyes que rigen la producción, la distribución y la circulación del “dinero”. ¿Y qué es eso del dinero? ¿Cuál es la expresión de la economía? ¿Adivina el lector qué puede ser la base de la ciencia social moderna más importante? En efecto: una cantidad, una ley matemática, un valor numérico despojado de cualquier correspondencia con algo verdadero. El dinero resulta ser la unidad artificial y arbitraria en la que se basa un sistema –el monetario-, el cual no expresaría más que una cantidad
vacía de valor cualitativo. Es cierto que en un pasado relativamente reciente, la moneda poseía un valor dado por una riqueza natural, generalmente el oro o la plata. Esa correspondencia es la que daría algún sentido a una definición como la de Engels, que hoy en día –y desde ya hace un tiempo- está completamente obsoleta. El patrón oro de la moneda se fue desintegrando paulatinamente a medida que los grupos bancarios europeos fueron ganando poder suficiente para establecer el sistema monetario tal y como ahora lo conocemos. Pero, ¿se conoce verdaderamente ese sistema? Si no es el oro, la plata, u otra riqueza natural, ¿Qué da valor al dinero? Una mentira. De nuevo, una ciencia moderna (en este caso, la economía) tiene como fundamento una mentira expresada numéricamente. La moneda patrón oro fue transformada estratégicamente por “reservas fraccionadas”, las cuales son las unidades con las que opera el sistema bancario internacional. En otras palabras: esa “nueva moneda” no resulta ser una moneda física, sino una especie de contrato que establecen los estados con las instituciones bancarias internacionales. ¿En que consiste ese contrato? Los bancos crean el dinero y se lo “venden” a los estados a cambio de más dinero.
¿Contradictorio? Lo es, pero también resulta ser un timo rentable para que los grupos financieros aseguren su hegemonía. Se puede resumir así: el dinero es creado por los bancos sin correspondencia con riqueza material alguna; el dinero es utilizado por los estados a cambio de una deuda aplicada con interés; el “nuevo dinero” creado adquiere valor con el “viejo dinero” ya existente que deberá forzosamente someterse a inflación; la población hace frente al pago de esa deuda trabajando en las corporaciones que –ellas sí- explotarán los recursos naturales sin que estos intervengan en la creación monetaria. El resultado de todo esto es que mientras la deuda, la inflación y la esclavitud humana quedan garantizadas indefinidamente, todas las riquezas se van concentrando en el reducidísimo círculo que ha planeado esta estafa, es decir, los grupos financieros internacionales. Estos grupos proyectan a su vez el mundo corporativista que a su vez dan sentido y razón de ser a la clase política que se encargará de aprobar leyes, declarar guerras, y –en definitiva- “tomar las medidas” que dan perpetuación al Establishment. Por su parte, fuera de este monstruoso trinomio, la población se verá así forzada a trabajar para sobrevivir en un mundo en el que - con una certeza matemática- no tendrá ningún futuro. La deuda cada vez será mayor, la inflación cada vez será más necesaria, y la concentración de riquezas será cada día más obscena. Para desviar la atención de esta inexorable tendencia suicida, a la población se le ofrecerá la ilusión de la posibilidad de acceder a la infrahumana élite que da cuerpo al Establishment. ¿Con qué se engaña a la gente en la trampa del dinero? ¡Con más dinero! La posibilidad de un “poder adquisitivo” hace que la población firme el contrato con el sistema monetario sin saber que está ante su sentencia de muerte (agónica, dolorosa y prolongada). Con miras a este engaño, se adoctrinará a la población en la “competitividad”, la cual –tal y como dijo el infame Adam Smith en su obra “La riqueza de las naciones”- “crea un incentivo para que la gente persevere”. Y así, perseverando, perseverando y perseverando, en la búsqueda de una cantidad sin ningún tipo de valor verdadero (el dinero), el ser humano se va hundiendo en la infrahumanidad que, al fin y al cabo, es el objetivo de toda esta trama.
CONTINUARÁ...
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