
Enzia Verduchi
El bosque de la hormiga
I
(Regreso de Lisboa)
Izela en breve desembarcará proveniente de Lisboa. Querrá contarme de la juntura de las aguas, los remolinos del Tajo, los colores del herrumbre lusitano en barcos y ventanas, la suavidad del idioma en el paladar.
¿Esperabas, madre, que el conejillo de Indias, tu primogénita, heredera de mestiza sangre, cómplice de la bitácora, recibiera a su hermana cuando ya no aguardas su regreso?
Y pensar que de niñas nos llevaste de la mano de un aeropuerto a otro, conocimos la indiferencia de tantas salas de espera y, perplejas, escuchamos la soltura con la que te dirigías en lenguas extrañas.
Ahora, en la interferencia de sentimientos y palabras, entre globos y ramos de flores, ensayos de bienvenida, letreros con nombres y cofradías, intento no delatar mi orfandad, rabia contenida, en esta soledad habitada por ajenos.
¿Cómo explicar que la eternidad se quebró la tarde de un lunes?
Ahora sólo eres viento.
'Hermana, amiga mía, la saudade se encuentra en otra península distante de la fantasía de los fardos'.
II
(Informe del patólogo)
Antes de tomar el bisturí, antes de hacer el corte preciso para diseccionar el corazón
-a sabiendas que la dulzura envenenó tu sangre, lentamente calcinó los huesos y cegó de la vista las virtudes-,
el médico reconoce en los surcos del rostro la madurez de la resolana en mayo, y en las comisuras de los labios la blasfemia sabia de la locura.
III
(Letanía)
Señora de las perlas, bailadora de pasodoble, reina de las primaveras de invierno. Háblame, cosmopolita, valquiria. Que jamás los guantes de raso pierdan la forma de tus dedos; con la orla de tus vestidos de seda, acaricia el despunte de mis sueños. Alquimista de la sal y las especias, anfitriona de justos y pecadores, conversadora imprudente y diplomática, con tu rosario de cristal vela mi insomnio. Temple de Lexotan, Dama del Prozac, fiel seguidora de pastas por colores en cajita de plata, por favor, escúchame.
IV (El que se fue a la villa, perdió su silla)
Los convocados a la mesa ya no podremos lavarnos las manos: lo que fuiste, lo que eres, tus cenizas entre los puños.
Mis hermanas dicen que hurgas su aliento cada noche, transgredes el reflejo, mueves la roca que separa la memoria.
Benditas, iluminadas en la travesía del adiós, hallan en la ausencia las rutas de tu geografía.
Pero la mesa está servida: hay que retirar una silla, tan sólo.
V (Sábado de Carnaval)
Te veo cortando rosas en medio del incendio, ofrecer los tallos sin espina en las fiestas de la carne.
El malecón se enciende en una diáspora de lentejuelas y la tarde consume el barullo. Te escucho tocar la cornamusa.
¿Eres la niña en el balcón cercada por la fragilidad de las burbujas? ¿Eres la castálida anunciando la abstención de la cuaresma?
Cómo devolverte, muchacha, si la córnea no adivina el instante cuando el mar se evapora, sin vaciarse.
VI
(Ne me quitte pas)
He visto en el orgullo de la estirpe todas tus edades.
Y me encuentro hablándole a mi padre de las bondades de respirar, lo reto a tomar el paisaje con el puño, a echarle el ojo a las muchachas que se pasean -como tú lo hiciste alguna vez- en esos parques.
Estás muerta, bien muerta, nos aseguramos de convertirte en polvo, te devolvimos a la humedad de la tierra. Voy a morderme la lengua, sin zaherir ni ofrecer pena con palabra ociosa. ¿Cuánta silencio se necesita encima para no dar pie a la tristeza, cuántas paladas aguantarás para acallarte?



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