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Matilde Alba Swann
He de irme...
He de irme, dejando, mi ruego de piedad por los rincones, con mi pobre voz quebrándose y con mi cansancio, en alguna noche en que la luna llena se vuelque por mi cuarto. Silenciosamente y con la brisa última que aliente de mis labios, apagaré mi lumbre y saldré despacio, dispersando en el aire los besos que me queden para tanta criatura que no ha besado nadie. Saldré sin despedirme, acariciando... He de rogarle al viento que me preste su mano y rozaré los árboles dormidos a mi paso. Partiré con un cielo tan azul y tan diáfano que parezca increíble. Y cantaré al espacio con la voz imposible de mis venas sin sangre, para todos los niños que se duermen sin madre. Por encima del árbol, más allá de los pájaros, al borde de las nubes se extenderá mi abrazo. Desvanecida en luna penetraré en el rayo que ilumine la almohada de los que quiero tanto. Y volveré en la lágrima de los niños que sufren, y volveré en un beso sobre su pie descalzo. He de irme dejando mi ruego de piedad por los rincones en la hora increíble, acariciando...

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