Siento que no hago nada bien, hay algo en mí que no me deja encontrar lo que me gusta, no puedo avanzar, ojala pudiera quedarme siempre en casa y vivir sin tener que hacer lo que me da miedo", llora Mariana. "No tengo ganas de nada, es como si un tren me hubiera pasado por encima", susurra Ana. Desprecios, dudas, autodestrucción, desconfianza en sí mismo... Marina y Ana comparten idénticos síntomas y un mismo problema, la baja autoestima.
Cada día, lectores de Psychologies confiesan un mismo dolor: no saben, no pueden quererse, un problema que, en la era del individualismo, se ha convertido en universal. No tratamos tan mal a nadie como a nosotros mismos. Del "amarás a tu prójimo como a ti mismo", de los Evangelios, o el "importa mucho más lo que tú piensas de ti mismo que lo que opinen de ti", de Séneca, hemos pasado a convertir el amor propio en algo pretencioso. "Una persona que piensa en ella se la considera egoísta -alerta Isabel Vaquerizo, psicóloga-, y si se halaga, se la considera presuntuosa. Es un error de aprendizaje que no han transmitido a través de generaciones, nos han educado en la falsa modestia, en no decir lo que valemos. Pero si yo hago una cosa porque la deseo, ¿por qué tienen que pensar que es egoísta y no que si yo estoy bien va a redundar en beneficio de los que me rodean?".
Pese a su poca popularidad, la autoestima, la valoración que nos damos, funciona como un motor en nuestra vida: habla de nosotros, de cómo nos percibimos y comportamos y de lo que esperamos del otro. De ahí que cuando la baja autoestima se instala puede afectar seriamente al día a día de las personas. Su ausencia "erosiona la calidad de vida de quien la sufre -señala Raimon Gaja, psicólogo.- Cree que no merece las cosas buenas que le pueden pasar, se etiqueta de fracasado y tiene miedo de ser rechazado. Posterga las cosas y no quiere afrontar nuevas situaciones". No quererse a uno mismo provoca, en definitiva, bajo rendimiento, una visión distorsionada de uno mismo y de los demás, sentimientos de culpabilidad, inseguridad y timidez e inhibición de los sentimientos por miedo a no ser correspondidos. El perfeccionismo y el deseo exagerado por complacer pueden llevar, incluso, a una personalidad agresiva o sumisa.
Cometemos errores, ¿y qué?
La manera en que nos tratan los demás es el fiel reflejo de cómo nos tratamos; de ahí que tomar conciencia de nuestra existencia y de nuestros derechos sea un deber que nos coloca, además, en un lugar de privilegios. La idea es, desde luego, tentadora, pero ¿cómo querernos cuando sólo vemos nuestros fallos? La solución, aunque resulte contradictoria, no implica dejar de ver esos fallos. Como señala Isabel Vaquerizo, la autoestima es "tener un buen autoconcepto, para lo que es fundamental ser realista, porque deben verse los defectos y las virtudes. Una persona no puede pretender que todo el mundo la quiera o la apruebe. Somos seres humanos y podemos equivocarnos. Para que crezca la autoestima es fundamental aceptar la realidad y ser racionales a la hora de interpretar el mundo; conocer nuestros límites, ser tolerantes a la frustración y saber que hay cosas que nos pueden salir mal y aceptarlo, pero eso no significa que las dejemos de hacer". Nuestra vida transcurre entre éxitos y fracasos y, teniendo plena seguridad de nuestras capacidades, aceptaremos unos y otros. Conscientes de nuestros fallos, podremos cuestionarnos y adaptarnos a nosotros, a los demás y a las situaciones. Muy lejos del popular "ser el ombligo del mundo" que algunos quieren imponer, es fundamental valorarse, pero por lo que se es. Y, partiendo de ese punto, darse permiso para estar bien con uno mismo y con los demás.
Nuestra actitud con nosotros es la base. Como decía el escritor Charles Swindoll, "la vida es 10 por ciento lo que me sucede y 90 por ciento cómo reacciono a ello. La actitud es más importante que las circunstancias, los fracasos y los éxitos, lo que otra gente piensa, dice o hace. No puedo cambiar el pasado, controlar el futuro o cómo actuará otra persona, sólo puedo controlar mi propia actitud; todo depende de mí, porque yo estoy a cargo de mi actitud".
ROSARIO REY