Los que sólo conceden una atención pasajera y superficial al asunto
del Ocultismo -su nombre es legión-
preguntan constantemente por qué, si existen en la vida Adeptos, no aparecen en el mundo
y muestran su poder. El que la corporación principal de estos Sabios se sepa que mora
más allá de los desiertos de los Himalayas, parece una prueba suficiente para demostra
r que son tan sólo figuras de paja. De otro modo, ¿por qué situarlos tan lejos?
Desgraciadamente, la Naturaleza ha hecho esto, y no ningún arreglo ni impulso personal.
Hay ciertos lugares en la tierra donde el avance de la "civilización" no se siente, y donde
la fiebre del siglo XX no penetra. En estos favorecidos lugares siempre hay tiempo,
siempre hay oportunidad para las realidades de la vida; no están llenas de los hechos
de una sociedad aglomerada, ansiosa de dinero y de placeres. Mientras haya Adeptos
en la tierra, ésta debe reservarles sitios retirados. Esto es un hecho en la Naturaleza, el
cual es sólo una expresión externa de un hecho profundo en la Naturaleza Superior .
La reclamación del neófito queda sin oír hasta que la voz en que se pronuncia ha perdido
todo el poder de herir. Esto es, porque la vida astral divina es lugar donde reina el orden
como reina en la vida natural. Hay siempre, por supuesto, el centro y la circunferencia
como lo hay en la Naturaleza. Muy cerca del corazón central de la vida, en cualquier plano
existe el conocimiento; allí el orden reina por completo, y el caos hace vago y confuso
el margen exterior del círculo. En resumen: la vida en todas sus formas tiene una semejanza
más o menos pronunciada a una escuela filosófica. Hay siempre los devotos del
conocimiento, que olvidan su propia vida en persecución del mismo; hay siempre la
multitud locuaz, que va y viene. De éstos dijo Epicteto, que era tan fácil enseñarles la
filosofía como comer natillas con tenedor. El mismo estado existe en la vida supra
astral; y el Adepto tiene allí una reclusión más profunda en que mirar. Este retiro está
tan fuera de peligro, tan guarecido, que ningún son discordante puede llegar a sus
oídos. ¿Por qué ha de ser esto, se preguntará, si Él es un ser de tan gran poder
como dicen los que creen en su existencia?
La contestación es patente. Él sirve a la humanidad y se identifica con el mundo
todo; Él está pronto a sacrificarse por éste en cualquier momento -viviendo, no
muriendo por él-. ¿Por qué no ha de morir por él? Porque Él vive bajo leyes de orden
que no quiere violar. Su vida no le pertenece, sino a las fuerzas que obran tras Él.
Él es la flor de la Humanidad, la florescencia que contiene la Semilla Divina. É1 es en
su propia persona un tesoro de la Naturaleza universal, el cual se guarda y se defiende
a fin de que la fructificación sea perfecta. Sólo en ciertos períodos definidos de la
historia del mundo se le permite andar entre el rebaño de hombres como su Redentor.
Pero para aquellos que tienen el poder de separarse de este rebaño, se halla Él siempre
dispuesto. y para aquellos que son bastante fuertes para conquistar los vicios de
la naturaleza personal humana, según se ha explicado
en estas cuatro reglas, se halla Él conscientemente dispuesto, fácilmente reconocido,
pronto a contestar. Pero esta conquista del yo implica la destrucción de las cualidades
que la mayor parte de los hombres consideran, no sólo como indestructibles, sino
como deseables. El "poder de herir" comprende mucho de lo que el hombre aprecia no
sólo en sí, sino en otros. El instinto de la propia defensa y conservación, es una parte
de ello, así como la idea de que uno tiene derecho o derechos, ya como ciudadano o
como hombre, o como individuo, la satisfacción que causa la conciencia del propio
respeto y de la virtud. Esto es duro para muchos; sin embargo, es verdad; pues estas
palabras que ahora escribo, y las que he escrito sobre el asunto, no son, en ningún
sentido, mías. Son sacadas de las tradiciones de la Logia, de la Gran Fraternidad, que
fue en un tiempo el esplendor secreto de Egipto. Las reglas escritas en su antecámara
eran las mismas que se hallan ahora escritas en la antecámara de Escuelas existentes.
En todos los tiempos los Sabios han vivido aparte de la masa. y hasta cuando algún
propósito u objeto temporal induce a Uno de Ellos a venir en medio de la humana
vida, su reclusión y seguridad son conservadas tan completamente como siempre.
Es una parte de su herencia, parte de su posición, tiene derecho efectivo a ello,
y no puede desecharla, así como el Duque de Westminster no puede decir que no
quiere ser Duque de Westminster. En todas las grandes ciudades del mundo vive
un Adepto un corto tiempo de vez en cuando, o quizás sólo pasa por ella; pero todas
son en ocasiones ayudadas por el poder efectivo y la presencia de uno de estos
Hombres. Aquí en Londres, lo mismo que en París y en Petrogrado, hay hombres de
elevarlo desarrollo. Pero sólo se les conoce como místicos por aquellos que tienen
el poder de conocer; poder obtenido por la conquista del yo. De otro modo ¿cómo
podrían ellos existir, ni aun una hora, en semejante atmósfera mental y psíquica como
la creada por la confusión y desorden de una ciudad? A menos de estar protegidos y
seguros, su crecimiento sería impedido, su obra perjudicada. El neófito puede
encontrar un Adepto en la carne, puede vivir en la misma casa que É1, y sin embargo,
estar imposibilitado de reconocerle y de hacer que oiga su voz. Porque ninguna
proximidad de espacio, ninguna intimidad de relaciones puede hacer desaparecer
las leyes inexorables que dan al Adepto su reclusión. Ninguna voz penetra en su oído
interno hasta que ha llegado a ser una voz divina, una voz que no tiene palabras para
los gritos del yo. Cualquier llamada inferior sería tan inútil, un gasto de fuerza y de
poder tan superfluo, como el que un profesor de filología enseñase el alfabeto a los
niños. Hasta que el hombre no llegue a ser en su corazón y espíritu un discípulo,
no existe para aquellos que son Maestros de discípulos. Y se llega a ser esto sólo por
un medio: la renuncia de la humanidad personal. Para que la voz llegue a ser incapaz
de herir, tiene el hombre que haber alcanzado aquel punto en donde se ve solamente
como uno de tantos entre la vasta multitud que vive: uno de los granos de arena
arrastrados de aquí para allí por el mar de la existencia vibratoria. Se dice que cada grano
de arena en el lecho del Océano es arrastrado por turno a la orilla, y permanece por un
momento a la claridad del sol. Así sucede con los seres humanos; son arrastrados de
aquí para allí por una gran fuerza, y cada uno a su vez siente los rayos del sol. Cuando
un hombre es capaz de considerar, de este modo, su propia vida como parte de un todo,
no seguirá luchando para obtener algo para sí. Ésta es la renuncia de los derechos
personales. El hombre ordinario espera, no el participar de igual fortuna que el resto
del mundo, sino salir mejor librado que los demás en todo lo que le interesa. El
discípulo no espera esto. Por tanto aunque sea un esclavo encadenado como Epicteto,
nada tiene que decir. Sabe que la rueda de la vida da vueltas incesantemente. Burne
Jones lo ha demostrado en un maravilloso cuadro; la rueda da vueltas, ya ella están
atados los pobres y los ricos, los grandes y los pequeños; cada uno tiene su momento
de buena suerte, cuando la rueda la lleva a lo más alto; el rey se eleva y cae, el poeta
es festejado y olvidado, el esclavo es dichoso y después abandonado. Cada cual es
a su vez aplastado a medida que la rueda da vueltas. El discípulo sabe que esto es así;
y aunque su deber es sacar el mayor partido posible de la vida que es suya, ni se
queja ni se engríe por ello, así como tampoco se queja de la mejor suerte de otros.
Todos igualmente, como él sabe muy bien, no hacen más que aprender una lección;
y se sonríe ante el socialista y el reformador que tratan de reorganizar por la mera fuerza
las circunstancias que surgen de las fuerzas de la misma naturaleza humana. Esto es
dar coses contra el aguijón, un gasto inútil de vida y de energía.
Al penetrarse de esto el hombre renuncia a sus imaginarios derechos individuales de
cualquier clase que sean. Esto hace desaparecer un agudo aguijón que es común a
todo hombre ordinario. Cuando el discípulo ha reconocido por completo que hasta
el pensamiento mismo de los derechos individuales es sólo la expresión de la venenosa
cualidad que en él reside, que es el silbido de la serpiente del yo, que envenena con su
mordedura su propia vida y la vida de los que lo rodean, entonces se encuentra pronto a
tomar parte en una ceremonia anual que está abierta a todos los neófitos que están
preparados para ella. Todas las almas defensivas y ofensivas son desechada;: todas las
armas de la mente y del corazón, del cerebro y del espíritu. Ya no podrá considerar a
otro hombre como a persona a quien haya de criticar o condenar; ya no podrá el
neófito levantar su voz para excusa o defensa propias. Desde esta ceremonia vuelve
al mundo tan desamparado, tan indefenso como un recién nacido.
Esto, en verdad, es lo que él es. Ha principiado a nacer de nuevo en el plano superior
de vida, esa llanura bien alumbrada y barrida por la brisa, desde donde los ojos distinguen
inteligentemente y miran al mundo con una nueva percepción.
He dicho, un poco antes, que después de abandonar el sentido de los derechos
individuales, el discípulo tiene también que desprenderse del sentido propio del
respeto y de la virtud. Esto puede parecer una doctrina terrible, pero es un hecho.
Aquel que se cree más santo que los demás; aquel que siente algún orgullo por estar
exento de vicios y de locuras; aquel que se cree sabio o en algún modo superior a
sus semejantes, es incapaz de ser un buen discípulo. El hombre tiene que convertirse
en niño antes de entrar en el reino de los cielos.
La virtud y la sabiduría son cosas sublimes, pero si pueden crear orgullo y conciencia
de separatividad del resto de los humanos en la mente del hombre, entonces no son
más que la serpiente del yo reapareciendo en una forma más sutil. En cualquier
momento puede revestir su forma más grosera, y morder con tanta rabia, como si
inspirase la acción de un asesino que mata por lucro o por odio, o la de un político
que sacrifica la masa por su propio interés o el de su partido.
En resumen: el ser incapaz de herir implica que la serpiente, no sólo está inutilizada, sino
muerta. Cuando sólo está sumida en estupor o adormecida, vuelve a despertar, y
entonces el discípulo emplea su conocimiento y su poder en fines propios, y es un
discípulo de los muchos maestros del Arte Negro, pues el camino hacia la destrucción
es muy ancho y fácil, y puede encontrarse a ciegas. Que es el camino hacia la
destrucción, es evidente; pues cuando un hombre principia a vivir para el yo, estrecha
constantemente su horizonte, hasta que por fin la fiera corriente hacia dentro no le
deja sino el espacio de una cabeza de alfiler en que morar. Todos hemos visto este
fenómeno ocurrir en la vida ordinaria. El hombre que se hace egoísta se aísla, se
vuelve menos interesante y menos agradable a los demás. El espectáculo es
espantoso, y las gentes se apartan finalmente de una persona muy egoísta
como de una fiera. ¡Cuánto más terrible es esto cuando ocurre en un plano más
avanzado de la vida, con la añadidura de los poderes del conocimiento y a través
del remolino de sucesivas encarnaciones! Por tanto, digo, deteneos y pensad bien
en el vestíbulo. Porque si la reclamación del neófito se hace sin la purificación
completa, no penetrará en el retiro del Adepto divino, sino quo evocará las terribles
fuerzas que esperan en el lado sombrío de nuestra humana naturaleza.