Y cuando todo estaba resuelto y asegurado en el orden material, se comenzó la preparación espiritual mediante el canto de un salmo coreado por todos los Hermanos reunidos.
Al pie del pedestal donde descansaban las Tablas de la Ley, se había colocado una tarima de tres pies de altura y sobre ella dos taburetes de encina. Los Setenta Ancianos de Moab rodeaban en doble fila aquella tarima, y a su frente los demás Ancianos, terapeutas y peregrinos.
El Gran Servidor entró último, con Jesus y Juan, que fueron colocados en los dos taburetes.
Un leve perfume de incienso flotaba como una ola invisible por el sagrado recinto y varios laúdes ejecutaban una melodía suavísima.
En aquel serenísimo silencio podía percibirse claramente este unánime pensamiento elevado a la Divinidad:
“¡Dios Omnipotente, autor de todo cuanto existe!... Déjanos ver la grandeza de tus designios, si es que nos permites colaborar con tu Mesías en su obra de salvación humana”.
Y el pensamiento unánime elevado a la Divinidad desde el fondo de los corazones, obtuvo la respuesta deseada.
Jesus y Juan se inclinaron uno hacia el otro como si sus cabezas buscaran apoyo. Su quietud perfecta semejaba un tranquilo sueño, pero sus ojos permanecían abiertos.
De pronto los dos se irguieron sobre la tarima, como si una misma voz les hubiera mandado levantarse.
— ¿Sabes tú lo que esto significa? –preguntó Juan a Jesus.
—Sí –repuso el niño–. Esto significa que todos cuantos nos rodean saben ya que en ti está encerrado el espíritu de Elías Profeta, y en mí está Moisés el que grabó esta Ley sobre tablas de piedra.
“Tu fuego hizo arder un día ante mí la zarza de Horeb, y resplandecer como una llamarada ardiente el Monte Sinaí. Enciende ahora tu fuego sobre todas las leyes brotadas del egoísmo humano para que consumidas ellas aparezca radiante y viva Mi Ley de la hora presente”.
Un suave nimbo de luz sonrosada iba envolviendo a Jesus, y un fuego vivo convirtió a Juan como un ascua ardiente. El vívido resplandor pareció borrar todo lo que había detrás de los niños, las Tablas de la Ley, los atriles con los Libros de los Profetas, y todas las Escrituras Sagradas. Y sobre un fondo oscuro como de negro ébano, una mano luminosa escribía con un punzón de fuego y con grandes caracteres:
“Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo”.
Poseída de extraña y poderosa conmoción, toda la asamblea se había puesto de pie sin creer casi lo que sus ojos veían.
Sólo los Ancianos de blancas túnicas parecían estatuas de marfil, inmóviles como los estrados de piedra en que estaban sentados.
— ¡Juan!, –dijo Jesus con vibrante voz–. ¡Por traer al mundo esta Ley Nueva, morirás tú asesinado por los hombres, moriré yo asesinado por los hombres, y morirán tres cuartas partes de los que han presenciado esta manifestación de los designios de Dios, también asesinados por los hombres!
“¿Puedes tú contar las arenas del mar y las estrellas que pueblan el espacio infinito?...
“Tampoco podrás contar los espantosos asesinatos que cometerán los hombres ciegos e inconscientes por causa de esta Nueva Ley. No obstante, ella encierra un mandato supremo del Padre, junto con su última mirada de misericordia y su último perdón para esta humanidad delincuente. Pero, ¡ay de ella cuando esta misericordia y este perdón hayan sido acallados por la voz vibrante de su Justicia inexorable!”
Juan parecía una estatua de fuego, y sus dos manos levantadas a lo alto arrojaban un resplandor vivo, casi púrpura.
Y aquella vívida claridad diseñó en el oscuro fondo de aquel escenario intangible, escenas terribles que nadie podía precisar a qué época pertenecían.
Sobre un árido montículo lleno de guijarros y blancos huesos humanos enredados en zarzales resecos, se veía un hombre crucificado, y luego otros y otros más, hasta formar como un bosque de gruesos troncos con seres humanos pendientes de ellos.
Vióse luego un calabozo en el fondo de un oscuro torreón almenado, y allí un verdugo con el hacha mortífera y una hermosa cabeza de hombre sostenida por los cabellos, mientras el tronco palpitante aún se estremecía sobre el pavimento entre un charco de sangre. Y más allá de él, otros y otros hombres, mujeres y niños decapitados.
Y perdida casi en un fondo nebuloso, se veía una multitud ebria, fanática, enloquecida por la desenfrenada orgía en que se solazaba feliz, dichosa al compás de lúbricos cantares y de histéricas carcajadas...
Estas visiones duraron sólo poquísimos minutos, mucho menos del tiempo que tardo en escribirlo.
Jesus, como espantado él mismo de tantos horrores, tocó los brazos levantados de Juan mientras decía:
— ¡Apaga ya tu fuego, Elías, hijo de Orión, y que vuelva a nuestros corazones la Paz, la Esperanza y el Amor!
Juan cayó desplomado al suelo, como si al extinguirse el fuego de sus manos se hubiera agotado toda su fuerza y energía físicas.
Jesus se dejó caer como desfallecido sobre el taburete en que se había sentado al comenzar, y exhaló un hondo suspiro.
Los resplandores se habían extinguido súbitamente al caer Juan desplomado al pavimento, y poco a poco fueron recobrando todos, la serenidad.
Y después de llevar a ambos niños a reposar en un estrado, entre mantas y pieles, el Gran Servidor habló a la asamblea en estos términos:
—Por permisión divina, vuestros ojos han visto lo que costará en sacrificios y en sangre la redención humana terrestre.
“Mártires seremos todos los que por propia voluntad brindemos al Verbo de Dios nuestra cooperación a su obra salvadora. Acaso pasarán muchos siglos, sin que podamos recoger el fruto de la semilla de Amor fraterno que sembremos con inmensos sacrificios y dolores.
“Aún estamos a tiempo de desandar lo andado. Los caminos de la Fraternidad Esenia se bifurcan desde este solemne momento en que el Altísimo nos deja ver el precio que tiene la liberación de las almas sumidas en las tinieblas de la ignorancia y de su atraso moral y espiritual.
“Si alguno se siente débil ante la difícil jornada, olvide cuanto ha visto y oído, y vuelto a la vida ordinaria como si no conociera la vida espiritual, viva para sí mismo y para los suyos, sin compromisos ulteriores de ninguna especie. La Fraternidad Esenia acabará de cumplir su misión cuando el Cristo sea puesto en contacto con la humanidad.
“Entonces, será su palabra y su pensamiento genial los que crearán nuevas Escuelas y Fraternidades. Nosotros nos apagamos en la penumbra y el olvido, para que él resplandezca en la luz.
“No quiero vuestra respuesta en este momento de entusiasmo espiritual, en que torrentes de energía y de luz, de esperanza y de amor hacen de vosotros arpas vivas que vibran sin voluntad propia.
“Volved a vuestro ambiente habitual, meditad en todo cuanto el Altísimo quiso manifestaros; medid vuestras fuerzas y fríamente decidid vuestro camino a seguir.
“Que la Luz Divina ilumine vuestra conciencia”.
JRLA
ROGER